Obama, el gran seductor.

Por Mario Diament.

Hay victorias que no consisten en ganar, sino en posibilitar un nuevo ordenamiento, en el que cada participante se sienta socio y no vasallo.

En este sentido, el presidente norteamericano, Barack Obama, emergió victorioso de la cumbre del G-20 en Londres.

El mundo ha estado esperando mucho tiempo a un presidente norteamericano que admitiera que la era de la prepotencia ha llegado a su fin, que pronunciara frases como "Yo no compro la idea de que Estados Unidos no puede seguir liderando el mundo, pero creo que tenemos que hacerlo creando alianzas, no dictando soluciones".

Tal vez sea un poco prematuro creer, como el primer ministro británico Gordon Brown, que el Consenso de Washington ha muerto. La referencia alude a las recetas elaboradas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial a fines de la década de 1980 para ayudar a los paí­ses latinoamericanos a capear las crisis económicas, y que terminaron por representar la definición del capitalismo salvaje.

Pero prematuro no significa utópico, y lo que los 22 mandatarios acordaron anteayer inicia el camino hacia una reforma del sistema económico mundial que puede comenzar por diluir la hegemoní­a norteamericana en beneficio de un sistema multipolar, seguir por regular el movimiento de capitales y terminar por reemplazar el patrón dólar.

Arquitecto

Nadie esperaba, en verdad, que la reunión concluyera con un acento tan positivo. Las posiciones de Estados Unidos y de Gran Bretaña, por un lado; las de Francia y Alemania, por el otro; las aprensiones de China y Rusia, y el recelo en Asia y América latina no pronosticaban un resultado demasiado alentador. Pero si lo hubo, el gran arquitecto de la concertación fue Obama.

No lo fue tanto por lo que hizo, sino por lo que no hizo. No se propuso imponer, sino negociar, convencido de que la perspectiva de un mundo unido hará más por rescatar la economí­a internacional de la profunda recesión en que se encuentra que un compromiso arrancado por la fuerza.

Obama comprendía que Estados Unidos debí­a reincorporarse al mundo, después de ocho años de ostracismo provocado por las polí­ticas de su antecesor, George W. Bush, pero que para hacerlo era necesario mostrar humildad, reconocer la responsabilidad que ha tenido y tiene en la presente crisis y aceptar que la era unipolar o bipolar terminó.

Lo expuso en Londres con una gracia que desarmó la rivalidad y aquietó las ansiedades de Nicolas Sarkozy, Angela Merkel, Dimitri Medvedev y Hu Jintao. Y hasta asumió un papel de itinerante intermediario cuando las posiciones de Francia y China parecí­an ir a la colisión a raí­z de la exigencia del presidente francés de terminar con los refugios impositivos, a lo que China se oponí­a por obvias razones: Macao y Hong Kong podí­an terminar cayendo en esa categorí­a.

Habilidades

En Londres, Obama se reencontró con sus habilidades de gran seductor, condición que en el plano interno habí­a comenzado a empañarse bajo el aluvión de indicadores económicos negativos (a los que ayer se sumó otra cifra alarmante de desempleo) y los ataques desde la derecha y la izquierda, incluidos los de los premios Nobel de economía Paul Krugman y Joseph Stiglitz.

El aplauso entusiasta con que lo despidieron los periodistas extranjeros que participaron de su conferencia de prensa y la ovación con que fue recibido ayer en la ciudad francesa de Estrasburgo para participar de la cumbre de la OTAN son prueba de la necesidad que el mundo tiene de reconciliarse con Estados Unidos y la sensibilidad que Obama ha tenido para reconocerla y facilitarla.

Como suele ocurrir con los divorcios, el de Estados Unidos con el resto del mundo, particularmente el occidental, ha sido igualmente penoso para ambas partes. Esta dicotomía entre la admiración por la cultura norteamericana, aun en sus expresiones más banales y consumistas, y el resentimiento por su polí­tica y su arrogancia, tení­a que terminar alguna vez.

El mundo actual no puede prescindir de Estados Unidos ni de su poder económico ni de su poder militar, como no puede prescindir de Hollywood, de Broadway, de la música, de los iPod ni del Viagra.

La cultura norteamericana ha definido la última mitad del siglo XX y posiblemente defina la primera mitad del XXI. Pero cada vez se hací­a más difí­cil conciliar lo brillante con lo repugnante, los Soprano con Abu Ghraib.

Obama se ha convertido en el vehí­culo de esta reconciliación. El paí­s que lidera ha sido empujado a la modestia por el desbarajuste económico, pero no ha caí­do ni en el resentimiento ni en la autocompasión. Entiende que el mundo ha cambiado y que es necesario cambiar con él.

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