Obama: la excepcionalidad, el deseo y un poco de alivio

Por: Oscar Raúl Cardoso

Al cúmulo de tareas que le aguardan al nuevo presidente demócrata en los EE.UU. se agrega el escaso margen de maniobra que le deja la administración saliente.

Casi toda la retórica previa a la asunción, el próximo martes, de Barack Obama como 44º presidente de Estados Unidos está impregnada de un optimismo asombroso para un tiempo de crisis como el presente. El inicio de su período es presentado ya como el segundo intento de transformar a Washington en la mítica Camelot -la ciudad-fortaleza del rey Arturo-, una forma de equiparar la llegada de Obama a su predecesor John F. Kennedy en los años 60, con quien primero se empleó esta metáfora sobre un lugar tan maravilloso que puede estar en cualquier lado, sin necesidad de estar en alguno.

Es difícil separar con nitidez la fuerza de este optimismo, pero lo que es seguro es que se alimenta en, por lo menos, tres realidades: la excepcionalidad de un afroamericano gobernando un país que hace poco más de un siglo aun sostenía un sistema de esclavitud, el deseo de una sociedad de creer que mejores tiempos están en el futuro y, no hay que subestimarlo, el alivio que produce saber que en 72 horas George W. Bush habrá dejado de gobernarla. La opinión pública estadounidense aparece ahora intoxicada de la fórmula ideológica conservadora a la que Bush se adhirió como el metal a un poderoso imán y solo uno de cada cuatro ciudadanos cree que su gobierno es aceptable.

Es razonable aguardar que se le conceda a Obama al menos el beneficio de la esperanza ya que se le niega toda otra ventaja. Se espera que revierta la peor crisis económica en 80 años, que haga retroceder los abusos contra las libertades individuales y colectivas que implementó Bush en sus ocho años, que extraiga al país de dos amargos (y hoy se sabe evitables) conflictos bélicos -Irak y Afganistán-, detenga la crisis militar y humanitaria en Gaza y evite otro drama similar entre la India y Paquistán.

Y todo esto para empezar, apenas, porque si se siguen enumerando las tareas del nuevo gobierno, se puede recorrer un espectro tan amplio que va desde la protección del medio ambiente hasta el reconocimiento en los hechos de una amarga realidad: Estados Unidos, aun siendo la nación más poderosa del planeta no es ya la hiperpotencia como la bautizara en los 90, tras el colapso comunista, el ex canciller francés Hubert Vedrine.

Es interesante notar que aun en la retirada los hombres del gobierno republicano están empeñados en impedir a los que llegan la revisión de lo hecho bajo Bush. Ya se trate de la economía o del blindaje político que Estados Unidos le ha ofrecido a Israel, la consigna de los últimos días republicanos es: coloquemos cuanto obstáculo podamos.

Ayer mismo hubo un ejemplo: Condoleezza Rice recibió a su colega israelí Tzipi Livni, con la que firmó un acuerdo para asistir a Jerusalén en el control del flujo de armas a Hamas en Gaza y Cisjordania y a Hezbolá en el Líbano. La idea de evitar ese tráfico puede ser apropiada, pero no es éste, en realidad, el único objetivo de las partes.

De lo que se trata es de dejar tan condicionado a Obama como para que cualquier iniciativa de la nueva administración tenga escaso margen de maniobra, a sabiendas que la exclusión de Estados Unidos de cualquier rol en un eventual cese de fuego es uno de las demandas de Hamas.

Pero hay algo más en esto que la preservación de un modelo. Hay que contabilizar también el deseo de auto-preservación de los que dejan el poder. Una cuota de la expectativa popular está puesta en la posibilidad que Obama quiebre la tradición de impunidad que existe en Estados Unidos para con quienes abusaron o malversaron el poder.

Un ejemplo histórico nítido -aunque no único- de ese vicio institucional está simbolizado por Richard Nixon, único presidente estadounidenses que, hasta ahora, renunció a su cargo en 1974. Con aquella dimisión evitó el juicio político en el que debería haber enfrentado acusaciones que iban desde maniobras económicas fraudulentas hasta el espionaje ilegal de ciudadanos y organizaciones que se le oponían.

Nixon zafó de todo riesgo y vivió lo suficiente -dos décadas más- como para volver a presentarse al público como un anciano estadista. Hay una corriente de respaldo a Obama que lo empuja ahora a no dejar que persista la tautología de la impunidad.

El premio Nobel de Economía Paul Krugman -uno de los críticos más duros de la administración Bush- acaba de publicar una columna en la que reclamó a Obama investigar las prácticas políticas y económicas de estos últimos años, incluyendo las mentiras con las que el presidente republicano saliente justificó la invasión a Irak del 2003 o la aplicación de torturas a los detenidos después del 11/S.

No hacerlo, sugirió, equivaldría a violar la Constitución. Es una posición que tiene miga; Eric H. Holder el nominado secretario de Justicia de Obama aseguró ayer ante el Senado que la práctica del "submarino" -hundir repetidamente en agua la cabeza de un detenido durante un interrogatorio- era una violación de la ley.

¿Cómo es posible entonces que un nuevo gobierno no denuncie el quiebre de las leyes?

Elizabeth Holman, una ex congresista por Nueva York y autora de un libro que promovió el juicio a Bush construyó una propuesta aun más radical. "No es suficiente -escribió- cesar los abusos de poder y criminalidad aparente que marcaron los más altos niveles del gobierno de Bush, tratarlos como una aberración y esperar que no se repitan. Deben ser confrontados".

Al menos uno de los funcionarios de Obama piensa igual. Dawn Johnson -jurista elegido para ser el nuevo titular del equipo de asesoramiento jurídico de la Casa Blanca- sostiene que "debemos evitar cualquier tentación de, simplemente, seguir hacia delante. En cambio debemos ser honestos con nosotros cuando condenamos las pasadas transgresiones de nuestra nación".

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