Obama y la educación

Por Guillermo Jaim Etcheverry

Como era previsible, el primer discurso que pronunció el presidente Obama ante el Congreso de los Estados Unidos de América, el 25 de febrero pasado, estuvo centrado en la crisis que afecta al mundo. Dirigiéndose a los ciudadanos de su país, "los que nos enviaron a todos aquí", destacó: "No necesitan escuchar una nueva lista de estadísticas para saber que la economía está en crisis, porque la están viviendo cada día.

Es la preocupación con la que despiertan y la causa de noches insomnes. Es el trabajo en el que pensaban jubilarse y que acaban de perder, el negocio sobre el que construyeron sus sueños y que hoy pende de un hilo, la carta de la universidad para aceptar a sus hijos que ellos mismos han debido volver a guardar en el sobre".

Si bien el planteo de los graves problemas que confrontan su país y el mundo fue crudo y realista, el tono de las palabras presidenciales traducía un cauto optimismo, y hasta un cierto orgullo ante el desafío que representa el verse obligado a asumir la responsabilidad por el futuro. Apostó por el poder de reacción y la creatividad de la gente. Dijo, por ejemplo: "Somos una nación que ha sabido ver promesas en el peligro y advertir oportunidades cuando fue sometida a prueba. Debemos volver a ser esa nación." La que concibe a la crisis como una instancia de expansión de las aspiraciones sociales, y no de horizontes que se cierran.

Al anticipar que realizaría profundos cortes en numerosos programas estatales que considera innecesarios, anunció que someterá a consideración del Congreso un presupuesto que invertirá de manera prioritaria en tres áreas que estima absolutamente críticas para el sostenimiento y la prosperidad del país en el largo plazo: energía, salud pública y educación. Porque, como dijo, en épocas de crisis no es posible permitirse gobernar desde la ira o subordinado a la política del momento.

Resulta oportuno glosar algunas de las expresiones de Obama a propósito de la educación, porque la prensa se ha centrado, como es lógico, en los aspectos vinculados con la estabilidad financiera y el empleo, dejando en un segundo plano las que Obama considera las bases de la recuperación.

Generalizar la promesa de la educación en los Estados Unidos es, dijo, una de las necesidades más urgentes, ya que en la economía mundial, en la que la habilidad más valiosa que se puede comerciar es el conocimiento de cada uno, una buena educación no es ya es un modo de encaminarse hacia la oportunidad, sino el requisito básico para que ésta se concrete.

Planteó luego algunas de las muy conocidas deficiencias del sistema educativo estadounidense: el escaso número de personas con educación media completa y el alto porcentaje de abandono de ese nivel educativo, así como de la educación superior. Estos indicadores, afirmó, constituyen la receta para una segura declinación económica, "porque sabemos que los países que hoy educan mejor que nosotros, mañana también nos superarán en la competencia". En todo caso, agregó Obama, abandonar la educación media no es abandonarse uno mismo: es abandonar a un país que requiere y valora los talentos de cada ciudadano. Dijo, entonces, que cada niño debe tener acceso a una educación completa y competitiva, desde su nacimiento hasta que termine su carrera. Señaló que cada ciudadano hoy necesita contar con más que una educación media completa, y mencionó algunas alternativas. Para 2020, fijó el objetivo de volver a ser el país con la proporción más alta de graduados universitarios en el mundo.

Luego de enumerar las inversiones históricas que su plan de recuperación económica destinará a la educación, destacó que las escuelas necesitan no sólo mayores recursos, sino mayores reformas. En ese sentido, la atención se pondrá en los docentes para mejorar su formación y garantizarles una carrera digna.

Resumió su visión sobre la educación al señalar que la política educativa puede abrir las puertas de la oportunidad para los niños, pero que la responsabilidad de lograr que ellos las atraviesen es enteramente nuestra. En última instancia, no hay programa o política que pueda reemplazar a un padre o una madre que se interesen por la tarea que sus hijos realizan en la escuela, que los asistan en el trabajo que hacen en el hogar, que apaguen el televisor, que les hagan dejar a un lado los videojuegos y que les lean a sus hijos. "Les hablo -dijo- no sólo como presidente, sino como padre cuando afirmo que la responsabilidad de la educación de nuestros hijos debe comenzar en nuestros hogares. Y esto no es una cuestión de demócratas o de republicanos. Es de los estadounidenses."

Resulta aleccionador advertir que, en los momentos de crisis profunda, cuando los tiempos difíciles demandan visiones audaces, se vuelve la mirada a la educación y se la estimula como herramienta indispensable para superar la adversidad. Y además que, al hacerlo, más allá de lo que puedan y deban aportar los gobiernos, en última instancia, el destino de cada uno y el de la sociedad en su conjunto se juega en la atención que los padres dediquen a formar a sus hijos, a desarrollar su curiosidad e inquietud, a transmitirles conocimientos y valores. Sobre todo, ejemplos, que son los que constituyen el factor más importante, el decisivo, en la tarea de educar.

Aun en un país tecnológicamente avanzado, como los EE.UU., la fórmula es sencilla: controlar la tarea escolar, evitar el exceso de televisión y los medios electrónicos de entretenimiento, volver a la lectura. Hace algunos años, el entonces secretario de Educación de los EE.UU. apareció por televisión y, dirigiéndose a los padres, en nombre del gobierno federal, les pidió un sacrificio por su país. Les dijo que, como un deber patriótico, les leyeran a sus hijos media hora cada día.

El presidente Obama persigue ese mismo objetivo porque sabe que la adquisición de las herramientas intelectuales básicas por parte de cada ciudadano es lo que hace progresar no sólo a esa persona, sino a una democracia. Una democracia en la que cada uno logre ver en quien no comparte sus ideas no a un enemigo, sino a un conciudadano igualmente comprometido con el destino de su país. Lo dejó en claro cuando, al concluir el discurso y dirigiéndose a sus adversarios políticos, dijo: "Sé que hasta ahora no hemos coincidido en todas las cuestiones. Habrá, sin dudas, en el futuro, ocasiones en las que nuestros caminos serán divergentes. Pero también sé que cada estadounidense que está aquí sentado esta noche ama a este país y desea su éxito. Lo sé. Ese debe ser el punto de comienzo de cada debate que mantengamos en los meses por venir y a él retornaremos cuando éstos se agoten. Esa es la piedra fundamental sobre la que nuestro pueblo espera que construyamos la empresa común".

Ideas, políticas y, sobre todo, actitudes, que, en un momento de crisis como el que atravesamos, pueden inspirarnos en la tarea de construir nuestra propia empresa común: la Argentina.

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