Obama decide la guerra de Afganistán en los próximos 18 meses

Continuidades estratégicas. Lo que EE.UU. mantiene en pie no es sólo la lucha contrainsurgente sino una pretensión más ambiciosa de construcción nacional.

Por: Jorge Castro

Fuente: ANALISTA

Barack Obama resolvió el envío de otros 30.000 soldados a Afganistán, que se desplegarán en los próximos 12 meses. Sumados a los 68.000 ya existentes, 100.000 soldados, marines e integrantes de la Fuerza Aérea estadounidense combatirán en 2010 contra los Talibán y sus aliados de Al Qaeda, sobre todo en las fronteras Sur y Oeste, al borde de Pakistán.

Más importante que el refuerzo militar es el cambio de estrategia. El tiempo corre en contra de las fuerzas estadounidenses. Los Talibán han tomado la iniciativa con el ímpetu de un objeto en movimiento, mientras el gobierno de Kabul controla un tercio del territorio y se distancia cada vez más de la población, que rechaza su impotencia y su corrupción. El general Stanley McChrystal, comandante norteamericano y de la OTAN, señaló el 30 de agosto: "La situación general se deteriora y crece la insurgencia. Hay una crisis de confianza en el pueblo afgano, que potencia la percepción de una carencia de voluntad y decisión en los EE. UU.". El fundamento de la nueva estrategia es una redefinición de la naturaleza de la guerra en Afganistán. "Este es un tipo diferente de guerra (...) No se trata de controlar el terreno o de destruir fuerzas insurgentes, sino de lograr el respaldo de la población", dice McChrystal.

Todo depende de la voluntad del pueblo afgano. Por eso, el objetivo prioritario de las operaciones estadounidenses no puede ser la protección de sus propias fuerzas, sino otorgar seguridad a la población de Afganistán.

Ningún ejército extranjero puede derrotar a una insurgencia nacional. La estrategia de los Talibán es impedir la gobernabilidad del país y hacerlo mientras se agota el respaldo internacional, en primer lugar en los EE. UU. Para los Talibán, triunfar es frustrar. Por eso su principal línea de acción no es militar, sino que consiste en establecer una estructura de gobierno propia, en las sombras. Es una guerra silenciosa, que rechaza todo intento de lucha simétrica.

La guerra en Afganistán se decide en los próximos 18 meses (julio 2011), no porque las fuerzas estadounidenses puedan triunfar en ese período, sino porque se trata de cambiar cualitativamente el sentido del conflicto -en el que hay un notorio ascenso de los Talibán- o de perder en el largo plazo. El plan de Obama es una política de contrainsurgencia, dentro de una política mayor de construcción de una nación.

Al fijar la diferencia entre corto y largo plazo, entre contrainsurgencia y construcción nacional, Obama definió los objetivos estratégicos en Afganistán. Es una tarea que sólo puede realizar el Jefe de Estado, no los mandos militares, que son un instrumento. Es una misión tan importante como que esos objetivos sean acertados.

Los 30.000 soldados estadounidenses se desplegarán en pequeñas unidades en las provincias con mayor poder en las sombras de los Talibán; y utilizarán el mínimo de fuerza y en lo posible ninguna. El objetivo es la presencia permanente -en grupos de 3 a 5 hombres- junto a la población. Estos profesionales aumentarán deliberadamente el riesgo y se instalarán solos en aldeas y villorrios. Actuarán sobre la premisa de que su principal escudo no son los chalecos blindados, sino su prestigio frente a la población. Obama presume que los incesantes cambios tecnológicos y demográficos, que constituyen el núcleo de la globalización, aseguran un mundo cada vez más conflictivo, en que las crisis dejan de ser la excepción, para convertirse en fenómenos crónicos y hasta normales.

Emerge una era de guerras irregulares, persistentes, en que la supremacía convencional de EE. UU. es impotente. Para enfrentar las guerras asimétricas, el poder militar de EE. UU. también debe serlo. Su ejército se ve obligado a aprender de los Talibán.

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