Nunca es triste la verdad

Por Reynaldo Sietecase.

Lo que no tiene es remedio. Eso canta un catalán. El gobierno no saldrá de la encerrona en que lo ubicó la derrota electoral, si no comienza por responder la única pregunta que puede habilitarle una salida: ¿por qué perdió?

Lo que no tiene es remedio. Eso canta un catalán. Y es tan cierto como difícil de aceptar. El gobierno nacional no saldrá de la encerrona en que lo ubicó la derrota electoral del domingo pasado, si no comienza por responder la única pregunta que puede habilitarle una salida: ¿por qué perdió?

Nunca antes un dirigente dilapidó tanto capital político en tan poco tiempo. En la elección de 2007 la Presidenta obtuvo el 48% de los votos en la provincia de Buenos Aires. El domingo pasado sólo el 32% de los bonaerenses la acompañaron. Néstor Kirchner dejó el poder con la mayor imagen positiva que se recuerde de un presidente con mandato cumplido. Dos años después, siete de cada diez argentinos prefirieron votar a candidatos opositores. ¿Qué pasó? Nada. Para el Gobierno no pasó nada. Para los intelectuales, que acompañan al oficialismo acríticamente, para los alcahuetes a sueldo, no ocurrió nada. No hubo errores ni planteos equivocados. Sólo se trató de una exitosa operación de la derecha.

En la madrugada del lunes pasado, cuando Néstor Kirchner reconoció la derrota –con un discurso racional y mesurado, por cierto–, un periodista le preguntó por qué creía que había perdido. Kirchner evadió la respuesta. Después de apelar a la candidatura del gobernador Daniel Scioli y a la de cuarenta intendentes, aseguró: "Hemos perdido por poquito". Al día siguiente renunció a la presidencia del Partido Justicialista.

Cristina Fernández fue más allá. Para explicar la derrota en Santa Cruz, habló de problemas de gestión (del gobernador Daniel Peralta), defecto que no aceptó en el ámbito nacional y rescató el triunfo del oficialismo en El Calafate. Las causas de la debacle electoral del oficialismo son diversas y no se agotan en esta enumeración:

- Néstor Kirchner abandonó el programa progresista de 2003 y terminó pactando con los caciques del conurbano. La mayoría de los intendentes aceptó las candidaturas testimoniales, pero jugó a dos puntas. De 90 intendentes, 72 ganaron la elección y sólo en 23 municipios se impuso la fórmula Kirchner-Scioli.

- Archivó su idea de construir una fuerza de centroizquierda con eje en el peronismo. No pudo contener a dirigentes muy cercanos como Martín Sabbatella, quien en la última elección obtuvo dos diputados y más del 40% de los votos en Morón, su distrito.

- Tampoco pudo retener a Felipe Solá, quien había sido su aliado en la elección de 2007 y estaba a favor de las retenciones móviles, pero no como el Gobierno las planteaba.

- Kirchner fue el ideólogo de la madre de todos los errores: el interminable conflicto con las entidades del campo. El ahora diputado electo jugó a todo o nada el gobierno de su esposa por una medida de política económica. No escuchó a nadie. No aceptó segmentar las retenciones móviles, ni quiso separar a los grandes productores de los chicos, como le sugerían propios y extraños. Eso lo enfrentó con sus propios votantes del interior de la provincia de Buenos Aires y con los del resto del país. Además, como ocurrió antes con la CTA, ubicó a la Federación Agraria como su enemigo principal. En gran parte de las localidades de la zona rural de Buenos Aires el Frente para la Victoria quedó tercero. En Córdoba y en Santa Fe, dos provincias agrícolas, sus candidatos no llegaron a un dígito.

- La falta de vocación para el diálogo con otros sectores políticos. El primer escalón en ese camino del aislamiento fue la modificación del Consejo de la Magistratura. Radicales, socialistas, el Partido Nuevo de Luis Juez y otras fuerzas acordaban con la reforma pero discutían detalles. El oficialismo se negó a negociar y llevó adelante su proyecto. Otro ejemplo reciente fue la estatización de las AFJP, en la que tanto el radicalismo como el socialismo apoyaban la decisión pero pedían más controles. El Gobierno no aceptó modificaciones al proyecto original.

- La utilización del miedo como argumento. "Hay un intento destituyente", fue la muletilla durante el conflicto con el campo y, aunque enfrente tuvo golpistas de toda calaña, el dato era falso. Hace algunas semanas la frase elegida fue: "Si perdemos explota todo". Perdieron y no pasó nada. No hay proyecto político que se sustente en el tiempo sin apelar a la esperanza.

- Hay que reconocer también que las decisiones correctas que tomó el Gobierno también generaron resistencia, pero en este caso de sectores que ratificaban el buen rumbo de las medidas. La política de derechos humanos, la revalorización del rol del Estado y el proyecto de ley de radiodifusión, entre otras cuestiones.

Pero un fracaso político se explica por los errores y no por los aciertos. Y aquí hubo una sucesión inexplicable y todos tienen nombre y apellido. Pero la responsabilidad mayor de Néstor Kirchner es haber hecho naufragar un proyecto político progresista que se había planteado un país más justo y solidario. Complementariamente darles aire a opciones de centroderecha dentro del peronismo y fuera de él.

¿Qué hacer? Cuando se está en el fondo, sólo cabe ir mejorando. Uno de los afiches de campaña de Agustín Rossi, un dirigente kirchnerista que hizo de la lealtad su bandera política, rezaba: "Debatir, cambiar, avanzar". Es un buen consejo.

Comentá la nota