El Año Nuevo y las diferencias

Por Sandra Russo

Feliz Año Nuevo, dicen, decimos. Muchas veces. Felicidades, decimos y nos dicen también. En estos días del año, los últimos, así nos saludamos. Con Feliz Año Nuevo o Felicidades reemplazamos el buen día o el buenas noches. En esta semana de pasaje, todos andamos con el presente y el futuro encimados. Esta semana es la de las expectativas y poco podemos hacer por evitarlo.

Aunque mucha gente quizá disfrute pero también padezca a su familia y esté muy lejos de querer saludar a todos los que los conocen por TN, en esta semana la soledad se vuelve un estado de situación personal amenazante. Los que están juntos, antes de juntarse, compadecen al que la pasará solo. Pasar un fin de año completamente solo es, la mayoría de las veces, más que algo inevitable. Es una emperrada afirmación de la soledad. Una vez se me ocurrió hacerlo. Todo iba bien hasta las doce menos cuarto, cuando empecé a intentar descorchar la botella de champán con la que tenía pensado emborracharme sanamente. Ese intento de redundancia autocompasiva fue abortado por mi incapacidad para descorchar una botella. No había pensado en eso. Me agarraron las doce tironeando del corcho. Estuve a punto de ir a tocarle el timbre de los vecinos. Imagínense estar brindando con la familia justo a las doce de la noche del 31 y que les toque el timbre una mujer con el rimel corrido y una botella de champán en la mano que se les larga a llorar en el hombro. Lo descarté enseguida. Así que me tomé un vaso de soda y me fui a dormir, en una de esas Noches Patéticas que lamentablemente nunca se olvidan.

La doble faz de estos días es increíblemente narrativa. Los narradores suelen buscar esa doble faz que subyace en lo que se ve y se dice, y los mejores de ellos encuentran el modo de transmitirnos qué es lo que está pasando cuando parece que pasa otra cosa o que no pasa nada. Si se pudieran grabar, desgrabar y leer las conversaciones familiares de las cenas de Año Nuevo, nos haríamos un festival con los subtextos, las indirectas, los matices en los tonos de voz. Esa es la doble faz de la familia que promueven estos días: la de una familia con mamá y papá y abuelos y tíos y cuñados y consuegros y primos y cónyuges que forman una coreografía ambientada con ensalada rusa, matambre y tomates cherry. Una familia, además, por encima de la línea de pobreza, esto es: una familia con copas. En esa familia imaginaria que, sin embargo, funciona como el molde en el que muchos no encajan, hubo casamientos como Dios manda. Heterosexuales y con fiesta en un salón. Me viene a la cabeza la propaganda de los saborizadores Alicante. Esa nuera insegura que llama a la suegra para preguntarle cómo le tiene que hacer las milanesas al marido. “¡Probé de todo, pero tu hijo dice que las mejores milanesas son las tuyas!”, le grita por teléfono. “Polvo saborizador Alicante de albahaca y ajo en el pan rallado. ¡Eso es todo!”, le contesta una señora orgullosa de haber hecho las cosas como es debido.

El problema con ese tipo de familia es que existe, y en abundancia. Pero existen también muchísimos otros tipos de familias que no salen en las publicidades de desodorizantes de ambientes ni de jabón en polvo. Hay cantidad de madres que disfrutan de que sus hijos sean los que usan las medias más blancas. Y hay cantidad de madres a las que jamás se les pasó por la cabeza qué tan limpias deben estar las medias de sus hijos como para que ellas se sientan “verdaderas” madres. Y el problema con estas fechas es que, en materia de afectos, la que se impone es la norma y sus menúes habilitados de vínculos. Quiero decir: son días en los que mucha gente siente que es diferente y días en los que mucha gente vive esa diferencia como un déficit.

Como fuere, es inútil sustraerse a algo que tenemos grabado ancestralmente cada vez que termina un ciclo y empieza otro. Frente a estos acontecimientos volvemos a ser adoradores de señales, buscadores de las buenas estrellas, criaturas que comen uvas o ubican el muérdago en lugares energéticos para protegerse del azar. Esta semana es la de dar vuelta la página, soñar con empezar de nuevo, ponerse metas, hacer balances o planes, tener deseos para uno mismo y para los otros. Y si uno logra perforar esta escena plastificada en la que sólo circulan frases hechas y pecetos agridulces, si uno logra encontrar un eje en el que esos deseos emerjan de alguna fuente genuina, de algún país emancipado dentro nuestro, esta semana tiene eso de bueno: es el tiempo propicio para desear, un buen deseo es siempre actuar en consecuencia a los deseos.

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