Un nuevo conflicto ficticio que sólo suma desconcierto

Por: Marcelo A. Moreno

A la notable diversidad de adversidades que debe soportar la sociedad argentina, en los últimos años se ha sumado la del desconcierto.

El divorcio entre las necesidades y las preocupaciones de esa sociedad y quienes han sido elegidos para administrarla parece ahondarse según pasan los años, de manera cada vez más alarmante.

Ahora el Parlamento entero, con la consecuente repercusión en la opinión pública, está abocado al tratamiento del proyecto de ley de Radiodifusión. Y el Gobierno da esa pelea como si fuera la fundamental y la única, con uñas y dientes, en batalla campal, sin reglas ni tregua.

Sin embargo, las prioridades de la sociedad argentina resultan ser otras. Son las mismas que hace larguísimos años, simplemente porque los problemas que expresan no se resuelven. Y la misión del Gobierno consiste -por suprema lógica- en solucionar esas aflicciones. Pero no ocurre.

Estas preocupaciones son -con variaciones de orden, según la cronología de las encuestas- la inseguridad, la pobreza, la desocupación, la inflación, los bajos salarios, la corrupción y los gravísimos déficits en materia de Salud y Educación. Si se toman los ítems segundo, tercero, cuarto y quinto, se notará que se relacionan con la economía. Y el primero puede ser interpretado como una consecuencia de todos ellos. ¿No será la economía,...?

No obstante, el año pasado el Gobierno se metió en una inusitada y asombrosa pelea a matar o morir contra la producción agropecuaria -cuando podía haber negociado más o menos amigablemente-, tratando de imponerle retenciones arbitrarias e inexplicables, de la cual salió completamente escaldado. Por cierto, los impuestos a la producción agropecuaria no figuran entre las preocupaciones sociales. Pero sí en la política concebida como el simple arte de "hacer caja".

Quizá para huir de esa profunda derrota -y también de la tormenta de la crisis económica internacional-, la administración forzó adelantar las elecciones legislativas, con la esperanza de un triunfo que borrara sus infortunios. Pero volvió a perder: el 70% de la ciudadanía prefirió a otros candidatos.

Cualquiera podía imaginar -con suprema lógica- que, luego de dos descalabros de esa magnitud llegaría la hora de la autocrítica y los cambios en el Gobierno.

Pero no. La lectura que hicieron los cerebros gobernantes fue que la elección la habían perdido no por el cúmulo de desaciertos en su gestión y su casi frívola despreocupación respecto de los problemas argentinos, sino por culpa del grupo Clarín.

Según la descabellada interpretación, los periodistas de los diversos medios de este grupo nos habríamos mancomunado para desprestigiar al oficialismo y llevarlo a la derrota (ni se les pasó por la cabezas, por ejemplo, que las infamantes estadísticas del INDEC, que ofenden la inteligencia de los argentinos, del Vaticano y del FMI, entre otros, tuvieron algo que ver la paliza electoral).

Por lo cual -siempre distraídos de fenómenos hasta mortales como la epidemia de dengue o la de gripe A-, la respuesta consistió en quitarle la transmisión de los partidos de fútbol a una empresa del grupo y monopolizarla en manos del Estado a costo de oferta: en principio, 600 millones de pesos al año. Como si ver fútbol por TV figurara entre los desvelos ciudadanos.

Y el segundo paso en su furibunda ofensiva fue el lanzamiento, con bombos y platillos, del proyecto de ley de Radiodifusión. Como si entre las urgencias de los argentinos figurara el cambio en las programaciones de radio y televisión.

Así, hoy todo el aparato legislativo está abocado afiebradamente a estudiar a tiempo récord -porque el Gobierno no necesita una legislación sino una victoria- una intrincada trama que, en resumidas y clarísimas cuentas, busca entregarle al Estado (gobierno de turno) los resortes para digitar quiénes pueden detentar el uso de las señales radiales y televisivas. Al fin, un simple y puro despojo a manos del poder para quien se atreva a expresar una mirada crítica.

Así estamos, mientras la pobreza, la indigencia, la desocupación y la inseguridad -los Cuatro Jinetes del Apocalipsis de la Argentina del Bicentenario- galopan sin cesar por estas anchas, ahora secas y tristes Pampas.

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