De nuevo, las apariencias engañan

Por: Eduardo Van der Kooy

Está aflorando el diálogo en muchos ámbitos del Gobierno. Políticos y económicos. Pero no se advierte todavía en los Kirchner un objetivo claro sobre esa estrategia. Cristina cree en correcciones menores. Su marido intenta, desesperado, que la oposición no le limite el poder.

Ahora Néstor Kirchner ha empezado a creer que Daniel Scioli fue también un factor gravitante en su derrota electoral en Buenos Aires. ¿Cómo es eso? El ex presidente no sólo se siente víctima de la vieja política, como afirmó con cara pétrea en la visita a Puerto Madryn. Además, supone que la floja gestión del gobernador, sobre todo en el área social, lo perjudicó. Parece convencido de que ambas cuestiones resultaron decisivas para volcar la elección. Parece convencido, en suma, de que las culpas y las responsabilidades del derrumbe fueron de los otros.

Cristina Fernández no habría sido ganada aún, del todo, por esa conjetura. Pero algunas opiniones suyas, públicas y privadas, evidenciarían también distancias e impotencias frente a la nueva y complicada realidad. Es probable, como rezongó, que sea inconducente comparar a los muertos por la Gripe A en la Argentina con los de otros países. No parecería inconducente, en cambio, concluir que es alta la cifra de víctimas en relación con la cantidad conocida de infectados. Algo no ha funcionado y no está funcionando bien.

Los invitados -empresarios, banqueros y sindicalistas- que compartieron con ella el martes pasado un largo café en la Casa Rosada salieron preocupados, justamente, por la percepción de la actualidad que Cristina desgranó delante de ellos. Una visión que en el calendario político se hubiera ajustado más a las vísperas de la derrota electoral. ¿Acaso no sucedió nada? Admitió la necesidad de ciertas correcciones, pero se explayó sobre los padecimientos de Europa y Estados Unidos por la crisis económica y los contrapuso con la supuesta bonanza argentina.

El desconcierto de los comensales creció porque el encuentro tuvo dos momentos bien marcados. La cena había transcurrido con las presencias del jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, y del ministro de Planificación, Julio De Vido. Los dos habían hecho consultas entre los invitados, tomado nota de reclamos y asentido algunas de las críticas. El intercambio casi cesó cuando se incorporó la Presidenta. El único sin inhibiciones pareció Hugo Moyano quien aprovechó un latigazo de Cristina a la oposición para hacer un añadido que incomodó a todos, incluso a la mandataria. "La oposición habla pero no tiene idea de lo que significa gobernar. ¿Se imaginan cuánto podría durar Cobos (Julio) de Presidente?", disparó con brutalidad.

La desorientación de los empresarios y banqueros luego del contacto con Cristina no fue distinta a la de un importante dirigente del justicialismo que recorrió el espinel del poder. Observó a un Kirchner calmo y reflexivo que atendió cada una de las sugerencias. "Vamos a tener que hacer algo con el INDEC", le oyó decir. La misma música sonó cuando se enfrentó con Cristina, enfática en la necesidad de avanzar con la reforma política. Aquel dirigente casi salió empalagado de su diálogo con Amado Boudou.

El nuevo ministro de Economía le esbozó una solución para el dilema de las estadísticas destruidas y la inflación disfrazada: "Un consejo de especialistas y técnicos que supervise todo", se atrevió.

El importante dirigente peronista, después de lo sucedido la semana que pasó, creyó sufrir alucinaciones. Cuando el médico lo disuadió de cualquier patología empezó a presumir otra cosa: que habría una brecha demasiado ancha entre lo que los Kirchner dicen y después hacen y que el nuevo ministro de Economía no tiene bien sintonizada todavía su función. De hecho, no intervino en aquella comida con empresarios y banqueros. No termina nunca de estructurar su equipo. Se hundió en un silencio sugestivo, que sólo quebró para respaldar a Guillermo Moreno.

El divorcio entre las palabras y los hechos está a la vista. La última semana se conocieron dos designaciones en sillones clave del INDEC. Ambas fueron digitadas por Moreno. El secretario de Comercio se llevó otra cucarda: el fracaso de las negociaciones con una empresa de autopartes de Santa Fe, concluyó en otra estatización a su cargo. Como ocurrió con una papelera de Quilmes que regentea el mismo funcionario.

Esos desacoples evidentes de los Kirchner son los que tienden a empalidecer algunos reflejos auspiciosos de la política. ¿La convocatoria al diálogo es para ampliar el abanico de opiniones y obrar en consecuencia o sólo para envolver la formalidad de un reclamo social que quedó estampado en las urnas?

La pregunta adquiere relevancia, en especial para la oposición, si se repara de nuevo en aquel encuentro de la Presidenta con empresarios, banqueros y sindicalistas. Esas reuniones formaban parte de una vieja rutina de De Vido y se celebraban siempre en domicilios particulares, rodeadas de discreción. El matrimonio presidencial ordenó trasladarla a la Casa Rosada. La puesta en escena resultó novedosa pero el contenido, mientras participó Cristina, no.

¿Tendrá, al final, el mismo destino el diálogo político? No parece ser esa la pretensión de Florencio Randazzo. También los Kirchner manifiestan estar entusiasmados con la ley de internas abiertas y obligatorias para los partidos, que ellos mismos se ocuparon antes de archivar.

El problema empezará cuando la oposición insista con la discusión de las cuestiones económicas y sociales. Así se explicaría el pedido de ingreso al Consejo Económico y Social. Por ese motivo el ministro del Interior suplicó tiempo a los opositores que conversaron con él.

¿Tiempo para qué? Para intentar, tal vez, convencer a los Kirchner de que el diálogo irremediablemente naufragará si queda limitado a la reforma política. La falta de calidad institucional es, sin dudas, un antiguo problema. Pero la Argentina requeriría de debates y búsqueda de soluciones más o menos inmediatas que permitan luego abordar pacientemente aquella reforma.

Esa no constituye la mirada aislada de la dirigencia política. La Asociación Empresaria Argentina (AEA) subrayó, con matices, un punto de vista similar en el documento más sustancial que haya elaborado en el ciclo kirchnerista.

La entidad alentó que, superada la crisis financiera, "el mundo nos dará otra oportunidad". Fundamenta la posibilidad del futuro sobre varios ejes: el diálogo entre la dirigencia política y la empresarial; la construcción de consensos y la conciliación en forma ordenada; la capacidad de gestión del Estado y la previsibilidad en las reglas de juego. Un tópico especial le dedicó a la estabilidad macroeconómica, la inflación y la urgencia de estadísticas confiables.

El peronismo no está circulando ahora mismo fuera de esa órbita. Es cierto que la oposición será en el Congreso por seis meses, hasta que asuman los nuevos legisladores, una fuerza sin equivalencias con el resultado electoral. Pero los números no siempre son reflejo de todas las cosas. Hay una realidad política nueva que igual se hará sentir. Esa realidad va dejando huellas en el oficialismo. Un racimo de diputados del PJ que fueron hasta el 28 de junio incondicionales a los Kirchner atenderán, por lo menos, varias sugerencias que está apuntado la oposición y el universo empresario.

Agustín Rossi, el jefe del bloque oficialista, conoce esa situación como a su barrio. Habilitó sin vallas -entre varios temas- el futuro tratamiento de los superpoderes, las retenciones y la delegación de facultades del Congreso al Poder Ejecutivo. Más valdría prevenir: el peronismo estaría ahora, hasta diciembre, en una posición negociadora que menguará cuando asuman los diputados electos.

Nadie sabe, de verdad, si esa lógica política de Rossi es también la de los Kirchner. Aunque existen indicios inquietantes: el jefe de los diputados oficiales habría recibido el jueves un reproche de parte de la Presidenta por aquella generosidad. "No es posible cerrar los ojos", repite el diputado. No cerrar los ojos, a su entender, sería ablandar quizá la actual defensa irrestricta del INDEC o también abrir los oídos a opiniones distintas sobre el Consejo de la Magistratura.

Julio Alak piensa casi con exactitud lo mismo. Pero parece no haberle ido muy bien en su debut con aquel pensamiento. Tampoco con haber meneado la cuestión delante de la Corte Suprema. Kirchner criticó al nuevo ministro de Justicia y le hizo llegar una advertencia: nada de lo que se haga deberá afectar a los diputados Carlos Kunkel y Diana Conti, sus espadas en el Consejo. Ambos rechazan cualquier modificación.

El ex presidente va diciendo y haciendo por lo bajo demasiadas cosas que desdibujan el suave paisaje de apertura política que se esfuerza en exhibir el Gobierno. No quiere que se toquen las retenciones al campo porque le teme a la falta de abundancia de la caja. Se bambolea entre un peronismo que lo reconoce muy poco y una transversalidad que figura sólo en folletos de la historia.

Está sustituyendo a Scioli, en sus afectos políticos, por José Alperovich. El tucumano fue uno de los primeros en desairar el llamado del gobernador de Buenos Aires como ordenador del PJ. Y entregó a Juan Manzur, su vice, para el Ministerio de Salud. El ex presidente tiene también casi acorralado a Daniel Peralta, el gobernador de Santa Cruz. Sus legisladores provinciales le bloquearon un plan de endeudamiento para afrontar el grueso déficit.

Cristina amaga abrir los brazos en público. Kirchner no ceja desde su escondite con ningún combate. Tampoco con el que mantiene, encarnizado, contra su pesada sombra.

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