Nuevas geografías socioeconómicas

Por Juan J. Llach

"En 2011 va a ganar el candidato que proponga un futuro productivo claro para el país", me dijo hace poco Osvaldo Vottero, intendente de Oncativo, una ciudad de unos 15.000 habitantes, sobre la ruta 9, a mitad de camino entre Córdoba y Villa María, y uno de los cientos o miles de casos de la Argentina oculta que pugna por manifestarse.

Vottero lo dice desde una localidad de fuerte origen inmigratorio y productora de bienes exportables. No sólo soja, maíz, sorgo y trigo, sino también manufacturas de calidad, entre las que sobresalen dos fábricas de maquinarias para la higiene urbana, el trabajo con el salame a lo largo de toda su cadena de valor hasta llegar a un producto premium y, algo realmente notable, subproductos de la soja de mayor calidad nutritiva que los fabricados a granel por las aceiteras.

Oncativo vale no sólo por sí misma, que es mucho, sino por simbolizar una de las caras de la nueva geografía económica y social que, silenciosa pero firmemente, se está configurando en la Argentina, la cara de la modernización. La otra geografía que también crece y duele es la geografía de la pobreza. La topografía modernizante se muestra desigualmente a lo largo y a lo ancho de la Argentina. Su signo distintivo es una nueva etapa de integración al mundo, algo habitual para la Pampa Húmeda y la Patagonia, pero nuevo para nuestro interior mediterráneo, al que no le ocurría de tal modo desde los últimos destellos de su integración con el Alto Perú. Las oportunidades que se abren a todas nuestras economías regionales son, en verdad, inéditas. Ellas vienen dadas por el dinamismo de Asia y de los países emergentes, cuya demanda de productos beneficiará cada vez más a todo el país siempre y cuando, claro está, sepamos aprovechar estas oportunidades de desarrollo en vez de limitarlas como ha ocurrido últimamente.

Una clave central del alcance de esta etapa surge al comparar nuestra clientela potencial con la de fines del siglo XIX, en tiempos de la integración de la Argentina al comercio mundial. Mientras la población de Europa era por entonces de 360 millones de habitantes, la de Africa y Asia (sin Japón) es hoy de 4900 millones. Y mientras los productos demandados por entonces eran sólo los de la Pampa Húmeda, hoy lo son los de todo el país, desde el petróleo y el gas de la Patagonia, hasta el algodón y las maderas del NEA o los vinos de Cuyo, y, por supuesto, también el turismo.

Ya hemos analizado antes esta cuestión, pero lo que ahora quiero destacar son las consecuencias de estos procesos productivos en cuanto a la formación de nuevos actores sociales y, probablemente, también políticos. Lo que está ocurriendo, ya desde la década del noventa, es un amplio desarrollo de clases medias de variado cuño, que incorporan también sectores populares nuevos y variados, a partir de producciones cada vez más integradas al mundo y del acceso a consumos modernos, a las nuevas tecnologías y, a pesar de sus grises, también a la educación secundaria y terciaria.

Se trata, por cierto, de un proceso geográficamente muy desigual, mayoritario en las provincias centrales y en la Patagonia y minoritario en el norte del país y en los cordones externos del Gran Buenos Aires, donde los empleos dignos escasean y la desoladora pobreza aumenta cíclicamente, como ahora mismo, por la inflación y por la pérdida de empleos, lo que crea un cuadro de flagrante dualismo social. Haría falta un nuevo Juan Bialet Massé que radiografiara, como hizo en 1904, "el estado de las clases obreras", no desde los fríos y falseados números en los que hoy naufraga todo debate serio, sino desde el acercamiento humano y cordial, la indagación hasta el último detalle de sus condiciones de vida y, claro está, la propuesta de soluciones. Bien harían el Poder Ejecutivo o el Congreso encarando un estudio de esta índole.

La cara modernizante de estas nuevas geografías socioeconómicas se manifestó con claridad en el conflicto del campo, en 2008, y en las elecciones de 2009. En el primer caso, se hizo evidente que las producciones de la Pampa Húmeda se extienden ahora mucho más allá de sus viejas fronteras, hasta Formosa, San Luis o Neuquén, y que sus actores configuran una amplísima red no sólo de propietarios y trabajadores rurales, sino de contratistas, industrias, comercios y servicios de todo tipo, vinculados directa o indirectamente al agro, pero aunados a él en su vecindad. Lo que estuvo y está en juego no era pues tan sólo "el campo", sino un conjunto mucho mayor, y ello no fue entendido por el Gobierno ni, a mi juicio, por algunos de sus protagonistas, que no desarrollaron discursos y proyectos suficientemente abarcadores.

Vottero sí lo entiende, y por eso dice que en 2011 ganará quien muestre un futuro productivo claro para el país y, agrego, sea capaz de aunar esta alianza social. Ella se manifestó también en las elecciones de junio pasado y fue causa principal de las contundentes derrotas electorales del oficialismo, algunas sin precedente, en toda la franja central de país. Se trata, por ahora, sólo de una alianza de hecho y su expresión política está lejos de ser clara. Compiten por sus votos partidos y candidatos diferentes, cuyo principal rasgo es hoy la fragmentación, mientras sus potenciales electores miran cada vez más lo que pasa en Brasil, en Chile o en Uruguay y quieren algo similar para la Argentina. Por ahora están solos y esperan, sin que se enoje Scalabrini, porque tal será una de las matrices que parirán el futuro del país, si es que ha de ser próspero e integrador.

Pero ni la historia ni la geografía terminan en este proyecto modernizante. Están mucho más solos y esperan los millones de pobres que se concentran sobre todo en el norte del país y en el Gran Buenos Aires, ciertamente hermanados no sólo en sus carencias, ya que los de aquí han venido sobre todo de allá. Ha habido muchos y variados intentos, pero ninguno ha dado en el clavo para empezar a revertir sostenidamente su pobreza.

Bien podría ocurrir que el triunfo electoral de 2011 se consiguiera apoyándose sobre todo en el bloque modernizante central. Pero no sería lo deseable, en tanto daría lugar a que el dualismo económico y social alcanzara también a la política. Además de ser injusto, la estabilidad y el éxito de un gobierno de esta índole serían dudosos.

Por ello, da la impresión de que falta un largo trecho por recorrer hasta lograr, por un lado, que la alianza modernizante de hecho entienda que su propio progreso quedará limitado si el país no logra encaminarse firmemente en dejar atrás la pobreza y, por otro lado, hasta que también las fuerzas políticas y sus principales líderes lo entiendan así. Por ello, es formidable y apasionante la tarea de construcción política con mayúsculas, necesaria para gestar el nuevo país que en su desarrollo albergue a todos.

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