La nueva esclavitud a la mendocina

La nueva esclavitud a la mendocina
Los golondrinas están siempre. Viven en condiciones pésimas, cual postal miserable en zonas prósperas de Mendoza. Si no querés mirar para otro lado, entrá a esta nota.
Vi las carpas ni bien se instalaron: era imposible no verlas. El pensamiento rápido fue que en pocas horas o tal vez, un par de días, las levantarían, porque justamente en esa próspera zona "nadie" admite que la gente viva en esas condiciones. Además, pensé, los ocupantes serían hombres que los fines de semana regresarían a sus hogares con el sustento para las familias. Me equivoqué.

Varios días después, las carpas continuaron en el lugar y noté con asombro, que en ellas vivían familias: hombres, mujeres y niños pequeños. La imagen más repetida fue la de alambres con ropitas de niños colgadas, mujeres lavando en pequeños fuentones o cocinando en fogones en el frente de las carpas y, niños en cochecitos o en improvisados corralitos hechos en algún cajón de verduras, a veces riendo; otras, llorando.

El campamento no estaba en un sitio oculto o lejano. Las carpas estaban en la calle Combes, una arteria asfaltada a un kilómetro del centro de La Consulta, y por donde transita muchísima gente "bien". Como es un ramal del Corredor Productivo, muchos productores y empresarios utilizan esa vía, que conecta con grandes emprendimientos de bodegas y viñedos que se han establecido en la región. También, la calle forma parte de un circuito turístico, es el acceso a un club de fútbol y, por su arbolado, belleza y cercanía con el radio urbano es el circuito elegido para paseos y caminatas saludables y deportivas.

En una finca de esa calle estaban las carpas, y no fui la única en verlas: algunos se preguntaron, cómo era posible que la gente viviera en esas condiciones, mientras otros, mencionaron la mala imagen que daba al departamento de San Carlos.

"Les gusta vivir así"

Al final de la semana, cuando el frío arreció indefectiblemente y después de los días nublados se anunciaron las primeras heladas, me llamó un concejal de apellido Pannocchia y me preguntó por esa gente, porque había escuchado que yo estaba siguiendo el tema. En realidad, lo mío, hasta el momento solo había sido una observación de la situación y un proceso de expectación para ver cómo se comportaba la sociedad, y especialmente, los funcionarios con injerencia (o cualquiera, al fin) para buscar una solución.

La llamada del concejal me vino justa: le dije que fuéramos juntos a ver a esa gente y averiguar cómo y porqué estaban ahí. Yo había tomado un par de fotos días atrás, pero la verdad, no me animaba a entrar a preguntar, no tanto por la gente de las carpas sino más bien, porque seguramente mi presencia iba a molestar a algunos con más poder o prepotencia.

Cuando llegamos, había una mujer afuera. La única respuesta que dio a nuestras preguntas fue "el encargado no está". Entonces comprendimos que además de la pobreza en las carpas, lo que allí reina es el sometimiento, principalmente, por miedo a perder la única opción que esa gente tiene entre comer o no hacerlo.

Mientras estábamos con la mujer llegó el dueño de la finca. Se mostró "preocupado" por la situación que, según él, era total responsabilidad del cuadrillero y de la empresa que compró la producción de zanahorias. Dijo haberles ofrecido una casa pero que "a esta gente, le gusta vivir así", que había pedido baños químicos pero que ellos "prefieren" la letrina inmunda cerrada con bolsas, y que a pesar de "sus esfuerzos" esa gente estaba ahí por responsabilidad de otros y por gusto propio y que, en unas horas iban a dejar el lugar.

Hasta aquí, el concejal y yo no sabíamos si habíamos avanzado en algo, porque si por un lado buscábamos a los responsables de la situación de pobreza, inseguridad, hacinamiento, insalubridad e indignidad en la que estaba esta gente, hasta ahora nadie tenía la responsabilidad, salvo los propios habitantes de las carpas a los que "les gusta y están acostumbrados a vivir así". Por otro lado, el asentamiento se iba a levantar en unas horas, pero se iría a otro lugar (tal vez sin periodistas o concejales metidos), pero conservando seguramente las mismas condiciones de miseria.

¿Quién fiscaliza o controla estas situaciones? Fuimos a la delegación de la Subsecretaría de Trabajo en La Consulta. El delegado dijo que se había enterado de la situación, que en esos casos, los inspectores llegan hasta la finca, emplazan a los responsables y que en unas horas todo debe resolverse buscando un lugar adecuado para la gente y, que si no se hace, se multa a las empresas o propietarios responsables. "¿Eso ya se hizo en el caso de las carpas que están en la calle Combes?", le pregunté. "No lo hemos hecho porque no tenemos movilidad para llegar hasta el lugar", respondió el delegado.

Mientras tanto, el concejal se comunicó con el intendente de San Carlos, quien dijo que movilizaría al personal de Inspección General municipal y que además, pondría una movilidad para los inspectores de la delegación de la Subsecretaría de Trabajo.

En un par de horas, el asentamiento de carpas ya no estaba.

Se pasan la pelota la comuna y la provincia

Llamé a Jorge Gabutti, subsecretario de Trabajo de la provincia. El funcionario también mostró preocupación por la situación de las personas y me pidió la dirección donde estaba el asentamiento. A diferencia de lo que había mencionado el delegado de San Carlos, Gabutti dijo que la Subsecretaría no tiene injerencia directa sobre las condiciones en las que viven esas personas y que no controla ni carpas ni viviendas: el rol de la cartera a su cargo es la del control de las condiciones de trabajo y, aunque el asentamiento estaba en la misma finca, no es función específica del organismo reglamentar las condiciones de habitabilidad.

Según el funcionario, la injerencia directa sobre la habitabilidad, higiene y seguridad en las viviendas es de la municipalidad. Sin embargo, explicó que desde la Subsecretaría se trabaja como mediador e intermediario para que los empresarios mejoren las condiciones de habitabilidad de los obreros- Al respecto, mencionó el otorgamiento de créditos blandos desde el Fondo de la Transformación. Gabutti también desmintió lo dicho por el delegado de la Subsecretaría en San Carlos, sobre la falta de movilidad para hacer las inspecciones y dijo, que se controlaba en forma permanente, y en los últimos tiempos, muy especialmente en esta zona.

También hablé con el Director de Inspección General del municipio de San Carlos, Miguel Antequera, quien, a diferencia de lo que había dicho el subsecretario de Trabajo, manifestó que la injerencia y responsabilidad sobre el control de estos asentamientos de obreros migrantes es de la cartera provincial que dirige Gabutti. El funcionario municipal dijo que las carpas ya no estaban, que se había movilizado con algunos concejales para solucionar esa situación y que estaba muy atento a que no se repitiera un hecho similar, que en este caso solo "duró un par de días".

En síntesis, me contó "su" versión de la historia, sin percatarse que yo también era parte de la película y conocía el guión mejor que todos ellos.

Un final abierto

Mientras los funcionarios se atribuían responsabilidades mutuamente y las carpas se fueron de la calle Combes de La Consulta, la pregunta de dónde y cómo se fue esa gente seguía más presente que nunca y, más preocupante aún, saber si no habían perdido el trabajo.

Cuando hablé con el subsecretario de Trabajo le comenté mi preocupación, sabiendo que esa gente no elige vivir así, sino que es su única opción de supervivencia y, que además, nada quedaba resuelto si la gente se iba de San Carlos pero continuaba en las mismas (o peores) condiciones en otro lugar.

Gabutti, que se manifestó totalmente de acuerdo, me contactó con la directora de Empleo de la provincia, Dora Balada, quien reconoció las condiciones laborales en las que se encuentra la mayoría y mencionó algunas de las acciones que se llevan adelante para ir solucionándolas.

Lo más interesante fue poder acordar con Gabutti y Balada un seguimiento funcionario– periodístico para ver en qué condiciones continuaba la gente en otros lugares. El compromiso fue para las próximas semanas.

Por otro lado, desde el municipio también se manifestaron comprometidos con vigilar y controlar estas situaciones, solicitando "la colaboración periodística ante cualquier situación detectada, para darle una solución inmediata".

"Felizmente", todo bajo control, después de una situación atípica en el departamento y que perduró varios días, según parece, porque no se la detectó y además, porque "a esa gente le gusta vivir así".

Nadie se hace cargo

Como se habrá notado, al parecer no hay un responsable directo sobre este tipo de situaciones, pero además, según los funcionarios, la problemática no se resolvió antes porque no se la detectó.

Sin embargo, un par de detalles llevarían a pensar diferente. Primero: el delegado de la Subsecretaría de Trabajo en San Carlos tiene una finca a doscientos metros de donde estaban las carpas, es inevitable que pase por el lugar. Segundo: el director de Inspección General municipal también tiene una finca a un par de kilómetros. Diariamente transita por la calle Combes (donde estaba el asentamiento) para dirigirse a su propiedad.

No obstante, dijeron que no vieron o no pudieron hacer nada hasta que la prensa y un concejal (opositor, por cierto), llegaron al lugar.

Desde los organismos oficiales dicen que no existe otra situación similar en el departamento, o que por lo menos no se la ha detectado. No es así: en Cápiz, sobre el camino principal, existe otro asentamiento de obreros migrantes, también viviendo en carpas.

Lo que es real, es que parece que nadie lo ha visto, a pesar de que por el lugar transitan diariamente todos los camiones con basura de los tres departamentos. Pero no, nadie parece haber visto ni las carpas, ni la miseria, ni las condiciones lamentables de trabajo y vivienda que sufren, sin opción, esas personas: ni siquiera, los tres intendentes que la semana pasada se reunieron en el lugar para solucionar un tema del camino (en el que coincidentemente, están las carpas).

Ser "golondrina"

Julia es una mujer que vive en las carpas que se mueven y se instalan donde está el trabajo. Nadie puede adivinar sus 25 años detrás de un rostro sufrido, su voz baja y sus ojos negros y esquivos. Estaba con un niño en brazos y otra nena que se asomaba por los pliegos de la carpa.

Me acerqué con la intención de tomarles una foto, para mostrar más de cerca las condiciones en las que vive. Conversamos un rato, me mostró "su hogar" donde había una cama, un televisor, algunas cajas con ropa y mercaderías y una cocina vieja donde hervía una ollita con buen aroma. Me contó que tenía dos hijos más, pero que estaban con su mamá, porque iban a la escuela y no podía llevarlos con ella.

Su marido estaba trabajando con la cuadrilla. Con pesadumbre, dijo que este era el único trabajo que conseguía y que no tenían otra opción para mantener a la familia. "Y qué es lo que más les hace falta" le pregunté estúpidamente. "Una casita", me dijo Julia. Sonrió tímidamente y noté que a sus 25 años les faltaba casi toda la dentadura.

"Pero no podemos entrar en ningún barrio, porque con los 100 o 120 pesos que gana mi marido por semana no nos alcanza". Jugué un rato con el gordito que me sonreía desde su cochecito mientras Julia iba metiendo cosas en unas cajas. "Tenemos que levantar todo, en un rato nos vamos" me explicó. "¿Y adónde los llevan?", le pregunté mientras recogía una mediecita que se había caído del improvisado tendedero de ropa. "Eso no lo sabemos" me respondió esquiva y con un tono de resignación.

Las decisiones, en el caso de Julia y su familia, son tomadas por otros.

Me fui avergonzada por todas las veces que me quejo por las situaciones de la vida. No le tomé ninguna foto, ni de ella, ni de los niños, ni de "su hogar". Pensé que, demasiados maltratos reciben cada día, para que yo venga a seguir humillándolos, mostrando toda la miseria y las necesidades con las que indefectiblemente les toca convivir.

Mendoza en el Tercer Milenio

Es vergonzoso, lamentable, inmoral. Es escandaloso y obsceno que sigan ocurriendo estas situaciones en la Mendoza del Tercer Milenio. Que el empresario tiene la culpa, que el Estado tiene la responsabilidad, que la provincia, que el municipio, todos se cruzan acusaciones y pretextos, mientras la gente sigue viviendo en forma paupérrima, en condiciones de higiene y seguridad nulas, con frío, heladas, calor, sin agua y sin expectativas de que nada mejore.

Mientras se anuncian obras millonarias, tanto en lo público como en lo privado, mientras Mendoza aparece segunda en el país en intención de inversión de capitales, mientras se construyen hoteles de más categoría y los vinos del Valle siguen ganando medallas, mientras la campaña política se acelera, mientras unos hablan de recesión y otros de reactivación, los obreros migrantes siguen la única opción de supervivencia que tienen, casi ajenos a todo lo demás, porque en realidad, todo lo que pueda suceder, poco o nada les cambiará la vida, o siquiera, les dará una oportunidad de mejorarla.

Así como Julia, cientos, quizás miles de mujeres y familias, algunas en peores condiciones andan por allí. Seguramente, cuando Julia vaya a parir, el médico la va a retar por no hacerse los controles, la enfermera la regañará porque no se bañó, la señora que le regaló unas ropas viejas le recriminará por quedarse "otra vez embarazada". Pero poco se entenderá de cuánto le cuesta a Julia levantarse cada mañana después de pasar toda una noche con frío o caminar hasta el centro de salud con unas zapatillas viejas y rotas. O cuidar a uno de sus hijos enfermo, sin remedios y sin leche y también sin agua, sin baño y, sin educación.

Ni Julia ni su marido, que trabaja "al tanto" y no tiene ni aportes, ni obra social, se van a quejar. Ellos no cortan rutas, ni hacen manifestaciones, ni piquetes, ni paros, ni siquiera levantan la voz, porque eso puede significar que pierdan lo único que tienen.

Las condiciones en que viven muchos obreros migrantes podrían mejorarse sustancialmente sin empobrecer a los empresarios que los contratan y sin cargar de gastos a los organismos oficiales encargados de regular este tipo de actividades.

Sin embargo, esto no ocurre y, en verdad, a veces da vergüenza comprobar lo que somos como pueblo, como personas al fin, iguales a las que viven en las carpas mendocinas, en esta Mendoza modelo 2009.

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