Una nueva clase de candidatos: los delegantes

Por Félix V. Lonigro

En las primeras clases de instrucción cívica que recibe cualquier alumno de las escuelas medias, aprende que la democracia es un sistema de gobierno en el que el pueblo elige a las autoridades que, en su nombre, conducirán los destinos del conjunto. También aprenden que el instrumento a través del cual el pueblo transfiere el poder de mando o confiere la representación, es el voto. De allí la indisoluble unión entre el sufragio y la democracia.

La pureza del sistema es mayor cuanto más alto es el nivel de educación de los pueblos, ya que ninguna elección puede generar resultados positivos si quienes deben elegir son ignorantes. En efecto, la ciudadanía cívicamente culta entiende cuáles son sus derechos y cuáles las obligaciones de los gobernantes, y por lo tanto cuando los candidatos a ocupar cargos públicos no conocen las normas que limitarán su gestión ni son capaces de explicar adecuadamente sus proyectos, es muy difícil que obtengan el favor popular.

No es fácil que a un pueblo cívicamente culto le agrade votar candidatos que, después de un tiempo de asumido el cargo para el que fueron elegidos, decidan renunciar para ocupar otro, sea o no producto de la elección popular. Es que a los ciudadanos preparados para vivir en democracia, la seriedad, el compromiso y el cumplimiento responsable de sus obligaciones por parte de quienes recibieron el mandato para representarlos, son valores fundamentales que todo candidato y gobernante debe tener si aspira a ejercer la representación del conjunto.

Ni hablar acerca del malestar que ha de causar en una población culta la actitud de un electo legislador que, luego de haber sido votado, decide cambiar de bloque o bancada dentro del Congreso en el que debe ejercer su mandato.

Lo que probablemente nunca haya imaginado cualquier hombre o mujer que vive en democracia, es que alguna vez se le presentaría la situación de tener que optar entre candidatos que luego no ocuparían el cargo para el que se postulan. Es que ha nacido en la Argentina una nueva clase de candidatos: los delegantes; es decir, aquellos que piden votos para luego delegárselos a otros, que serían los efectivamente ocuparían el cargo para el que aquellos fueron votados.

Si bien en apariencia se configuraría una suerte de estafa en la representación, la circunstancia, en sí misma, no puede ser considerada tan nefasta, sobre todo teniendo en cuenta que, en última instancia, es el pueblo mismo el que tiene que decidir si es sano para la calidad democrática del país, votar por candidatos virtuales. No hay que exagerar los aspectos negativos de esta extraña situación preelectoral, primero porque los candidatos en cuestión lo avisan anticipadamente, y segundo porque cualquier deformación en las candidaturas o en las propuestas que se presentan a consideración del pueblo, terminan siendo corregidas por éste mismo a la hora de votar. Es esta una gran virtud del sistema: permitirle a sus protagonistas enderezar sus desvíos.

No debe subestimarse a quien, en definitiva, en democracia, es el verdadero titular del poder, el verdadero soberano; pero no debe subestimárselo cuando se lo sabe cívicamente educado. De lo contrario no habrá más alternativa que lamentar al daño que estas vivencias públicas generan para el sistema.

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