Nubes de humo

Por S. Santamarina.

Mientras el progresismo argentino se entrampa en las fantasías antimonopólicas que le vende el kirchnerismo para impulsar su ley de medios, Brasil trabaja para recibirse de potencia global indiscutida, y los uruguayos planifican otra megapastera sobre el río Uruguay.

En Brasil, siguen con notable interés la pelea institucional del gobierno argentino contra las grandes empresas nacionales de medios de comunicación. Mientras la gestión del presidente de origen laborista Lula da Silva anuncia día tras día el crecimiento de los negocios de gigantes corporativos brasileños, su socio cantado del Mercosur destruye negocios consolidados nacionales y atomiza mercados en nombre de la ideología desmonopolizadora. En abstracto, una ley que dispara contra monopolios y oligopolios mediáticos suena simpática; tanto que muchos intelectuales progresistas de renombre local han declarado que apoyaban la Ley de Medios K, sin importarles las intenciones personales –políticas y comerciales– que sugiere la urgencia del matrimonio Kirchner para su aprobación. Así fue como se discutió la rapi- Ley de Medios en la Argentina: un tiroteo de opiniones ideologizadas sobre cómo debería ser, en un mundo ideal, el reparto de la propiedad de los medios de comunicación masiva. El gran dato que faltó en el debate es, precisamente, el resto del planeta, es decir, el escenario globalizado en el que se despliega la suerte económica de nuestro país, de cualquier país. El mundo real, el capitalismo, el mercado, la puja eterna por la torta planetaria. Aunque a muchos pensadores nacionales los deprima, se trata de la vida misma, con todos sus grises.

Las intervenciones de los diputados progresistas supuestamente independientes de la cadena de mandos kirchnerista apuntaron a criticar con resentimiento las mañas nocivas del periodismo nacional, y a festejar que ahora, gracias a la avanzada oficial contra los medios, la opinión pública discuta sobre los negocios involucrados en la actividad de las empresas periodísticas. El problema es el bajo nivel de esa discusión, no por falta de información concreta (las cifras de facturación y las cláusulas contractuales inundan la prensa de todos los colores en estos días), sino por una idiosincrasia nacional que explica con triste claridad por qué estamos donde estamos. Sencillamente, el éxito relativo del discurso K en las autodenominadas filas "nacionales y populares" refleja la indiferencia de muchos argentinos a la lógica realista de un modelo de país productivo, con vocación de crecimiento. Lejos de la fantasía romántica y bastante hipócrita de los anuncios gubernamentales sobre sus proyectos de país, las chances de que la Argentina crezca de manera profunda y sostenida sólo pueden calcularse seriamente si se las compara con lo que está haciendo el resto de los países, en especial sus vecinos. Y lo que está haciendo Brasil, con un gobierno nacido mucho más a la izquierda que el de los Kirchner, es atender la durísima pulseada global por las economías de escala. Es decir, Brasil es cada vez más grande porque alimenta y protege su grandeza, y eso implica fomentar o al menos respetar el tamaño monstruoso de sus empresas clave. ¿Eso suena lindo? No, porque seguramente, las empresas grandes se desarrollan siempre al límite –o pasando el límite– de las regulaciones biempensantes –correctas, justas y necesarias– sobre monopolios y oligopolios. Incluso sus empresas de medios. Pero ésa es la discusión decisiva que siempre queda pendiente en la Argentina: la economía globalizada es de gran escala, y para ganar lugares el país precisa lo que los legisladores K llaman "grupos económicos", que por su tamaño deben ser regulados para proteger al resto de los argentinos, siempre y cuando esa "regulación" no sea un ajusticiamiento encubierto. Y no se trata de plantear una guerra de privado versus estatal. Sin ir más lejos, en el negocio de los medios, hay ejemplos de megaempresas públicas de comunicación que lideran la actividad de su país y a nivel regional. Es el caso de la Unión Europea, donde la BBC y la Deutsche Welle son ejemplos de monstruos mediáticos capaces de hacer grandes cosas, precisamente porque son grandes. Canal 7 podría ser un embrión de este tipo de holdings mediáticos públicos y de calidad, pero para eso debería gozar de una autonomía del poder político que el kirchnerismo –tampoco sus antecesores– nunca le ha garantizado, más bien todo lo contrario.

Tampoco la expropiación del contrato de fútbol a la empresa privada TyC le dará escala global a Canal 7, dado que el negocio de la transmisión se está tercerizando a los amigos K, en lugar de alimentar el know how técnico y comercial del canal estatal.

Mientras envidiamos la vocación y el ejercicio de grandeza de los dirigentes brasileños, acá seguimos debatiendo en términos anacrónicos sobre los privilegios de las grandes empresas locales. ¿Y las ventajas de las grandes empresas extranjeras de medios de comunicación sobre las argentinas? Los franceses, por citar un ejemplo, saben bien lo duro que es aguantar el embate de los gigantes audiovisuales norteamericanos sobre el ecosistema cultural francés, al que no hay legislación proteccionista que alcance para preservarlo de una erosión crónica. Es lindo pensar en radios independientes, diarios locales, señales de TV comunitarias, etc. El problema son los números del negocio. La diversificación creciente de las tecnologías de comunicación complica cada vez más la consolidación de una audiencia mínima y una cuota de pauta publicitaria genuina que permita sostener pymes mediáticas económicamente viables. La variante es armar cadenas de valor en torno a grupos multimediáticos que hagan rentable la oferta diversificada de contenidos. Pero eso se parece mucho a un escenario oligopólico. Lo contrario, el sueño imposible que el kirchnerismo le vende al progresismo para armar sus verdaderos planes, sólo se sostiene con recursos estatales que pesarán cada vez más en el presupuesto nacional contra urgencias tan demoradas como la ejecución de un plan Hambre Cero, un proyecto de salto cualitativo en Educación, etc. Eso sin contar la nula garantía de imparcialidad por parte del Gobierno en la adjudicación de las nuevas e incontables licencias de explotación a cooperativas, sindicatos y ONG. Tanta diversidad aparente corre el peligro de esconder la uniformidad autoritaria de un solo prestamista de última instancia: el Estado benefactor de prensa amiga.

Brasil no es el único vecino que nos mira con perplejidad. La cíclica esgrima verbal con los dirigentes uruguayos también revela la falta de sincronización estratégica del modelo de negocios entre los vecinos del Mercosur. En medio de la polémica por los exabruptos antiargentinos del candidato izquierdista Pepe Mujica, y en pleno diferendo rioplatense por las papeleras, el otro candidato, Luis Lacalle, emitió un mensaje cifrado que por ahora pasó inadvertido para los argentinos distraídos y aturdidos por el estruendo de la revolución mediática kirchnerista. Lacalle anticipó que, como presidente, apoyaría la instalación de otra pastera sobre el río Uruguay. Habría que preguntarle al candidato si habló de una hipótesis ideal o si se trata de un proyecto concreto en marcha para levantar una pastera vecina a Botnia, para lo cual la multinacional interesada ya sondeó a los candidatos políticos uruguayos en secreto. Mientras la realidad del capitalismo global sucede alrededor, los argentinos duermen el sueño de la revolución kirchnerista.

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