El novelista de Hitler

Por Tomás Eloy Martínez

Tal vez el mejor vehículo para entender los delirios del poder autoritario sean las ficciones que nacen al amparo de los dictadores o de sus cómplices letrados. La Italia de Mussolini prohijó al enorme poeta Ezra Pound. La Francia ocupada de Laval y del mariscal Pétain tuvo en Pierre Drieu La Rochelle a un predicador sincero de sus glorias racistas.

El ínfimo dictador José Félix Uriburu desdeñó el apoyo espontáneo de otro poeta grande: Leopoldo Lugones. Hitler y Goebbels confiaron su posteridad a la arquitectura y al cine. Albert Speer y la épica Leni Riefenstahl no los defraudaron. Ambos eran heraldos de la belleza aria y sus obras exponen con eficacia el credo de la superioridad racial.

Aunque Hitler contaba también con la servidumbre de un músico de genio, Richard Strauss, necesitaba un narrador que lo glorificara. Ninguno lo satisfizo hasta que leyó algunos cuentos de Hanns Heinz Ewers. Hanns Ewers (así, con doble ene) fue un escritor olvidado durante muchos años y todavía lo es, aunque algunos editores europeos empiezan a rescatarlo, al amparo de ese frenesí arqueológico que ahora sirve para desempolvar tanto a viejos servidores del fascismo como a creadores censurados por la paranoia de Stalin o perdidos en las ruinas del viejo imperio austro-húngaro.

Ewers dejó de escribir hace ya setenta años y murió cinco años después, el 12 de junio de 1943. Su resurrección actual no se entendería si las ficciones que compuso no ayudaran a descifrar la misteriosa entrega de Alemania en los brazos del nazismo y la fascinación que el Mal sigue ejerciendo sobre artistas mayúsculos, como Francis Bacon, Diane Arbus y Philip Roth, ya no para confundirse con él, sino para exorcizarlo.

Ewers perteneció a esa raza de idealistas enfermos que creyeron en la razón de los fuertes y en la salvación nacida de la espada. Como Pound y como Céline, fue también un apátrida: se llamó a sí mismo "ciudadano del mundo" y vivió en casi todas las latitudes. Desde que nació, el 3 de noviembre de 1871, paseó por las tres Américas, Asia y las islas del Pacífico. Entre 1903 y 1904, logró conservar una casa y una biblioteca en Capri, donde compuso los cuentos de Das Grauen ("Lo horroroso"). Entre 1916 y 1918, vagó, nervioso, por Iquitos y por Belo Horizonte, a la espera de que lo repatriaran. La derrota de Alemania en la Gran Guerra lo sorprendió mientras regresaba en un barco de carga. Desde entonces, empezó a segregar un delirante orgullo patriótico que lo arrastró al nazismo.

Sus biógrafos admiten dos explicaciones para el fanatismo de Ewers: en 1923, el Partido Nacional Socialista -todavía embrionario- imaginó un programa que parecía saciar todos los sueños de reivindicación patriótica alimentados por el escritor; luego, a fines de la década, el Orden Negro de Hitler y el renacimiento del paganismo alemán expresaron a la perfección la filosofía esotérica en la que Ewers había creído y sobre la que, por otra parte, estaban basadas sus dos obras maestras: La Mandrágora ( Alzaune , 1910), y El aprendiz de brujo ( Der Zauberlehrling , 1911).

La Mandrágora refiere una historia que finge ser inofensiva. Sucede en una comunidad de intelectuales burgueses, universitarios, abogados y médicos que aman el vino, las palabras y los duelos. Debajo del aburrimiento, el mal asume sus más astutas formas, aun las de la ingenuidad. La intriga es precaria, casi inexistente. El profesor Bronken, investigador científico que sacrifica a niños en sus experimentos, es persuadido por su sobrino Frank Braun de crear una criatura infernal. La fórmula de que se vale es precursora de los delirios de Josef Mengele. Consiste en inyectar en el útero de una "prostituta vocacional" el esperma de un condenado a muerte.

De la fecundación nace una hembra maligna, la Mandrágora, que ya en el parto destroza las vísceras de la madre. Ese es su primer crimen. Adoptada por el viejo Bronken, quien se enriquece gracias a los consejos de su pupila, la satánica niña va convirtiéndose en una mujer de encantos letales. Los que se enamoran de Mandrágora sucumben. La excepción es Frank Braun, quien logra seducirla y provocar su muerte. Una noche de luna llena, en un acceso de sonambulismo, Mandrágora se desploma desde un tejado invocando a Frank.

Contar sólo la intriga de esta novela es traicionarla, porque pone al descubierto la ingenuidad y la torpeza del narrador, mientras escamotea sus lujos verbales y la eficacia con que cristaliza la atmósfera de cada situación en una sola frase perfecta. Quien se detenga sólo en la defectuosa trama puede distraerse luego ante hallazgos descriptivos como la visión de Mandrágora montando desnuda una burra blanca en un campo de claveles o la sensualidad de su baño en las fuentes barrocas del viejo Brinken, junto con tritones que escupen agua por los mofletes. La descripción en la que Ewers pone lo mejor de su talento es el baile de gala al que Mandrágora llega vestida de caballero mientras su enamorado prefiere un disfraz de doncella. Es un fragmento digno de Proust o de Henry James.

Cuando Hitler tomó el poder, Ewers creyó que la Alemania mitológica de Sigfrido y del Walhalla había llegado finalmente. Si bien no se afilió al partido nazi, participó en los desfiles de antorchas de los SA (Tropa de Asalto) y en las fiestas paganas de su caudillo Ernst Röhm.

Desde que el escritor se sometió a la disciplina militar de las SA, abandonó las creaciones fantásticas. Entre 1922 y 1932, compuso apenas un puñado de textos que aspiraban a ser históricos, pero que eran sólo ramplona propaganda de las liturgias de las SA. El más célebre fue Reiter in Deutscher Nacht ("Jinetes en la noche alemana"), que enumera las hazañas raciales del Führer. Goebbels lo convirtió en su escritor de cabecera y lo expuso a una fama que en esos tiempos era peligrosa. Fue el principio del fin.

El 3 de noviembre de 1933, Hitler lo invitó a la residencia oficial de Berghof, en los Alpes bávaros. Faltaban siete meses para la desenfrenada matanza que acabó con Röhm y con las SA, la célebre "noche de los cuchillos largos" que tan bien ha narrado Luchino Visconi en El crepúsculo de los dioses .

Louis Pauwels -fuente no siempre digna de confianza- afirma que "el Führer sentía por Ewers una sincera amistad. El y Albert Speer eran los únicos intelectuales a los que toleraba. Impregnadas de sangre y de tinieblas, las palabras de Ewers ejercían una atracción intensa sobre el espíritu atormentado del dictador autodidacta". Ninguna de esas noticias puede probarse. Speer no menciona a Ewers en su minucioso Diario, pese a que Hitler tuvo otras dos entrevistas con el escritor.

Aquel 3 de noviembre de 1933, Ewers salió del Berghof con el mandato de crear un modelo para los SA y para la juventud alemana, un mártir de perfil heroico. En los archivos de los diarios berlineses, creyó encontrar lo que necesitaba. Su mártir era Horst Wessel, un rufián que había organizado en 1925 las fuerzas de choque nazis y que un año más tarde fue abatido en un combate callejero con los comunistas.

El personaje no era convincente, pero Ewers no se arredró y se aplicó encarnizadamente al cumplimiento de lo que él llamaba "mi querido deber". Escribió una apasionada biografía de Horst Wessel que se publicó en 1933 con un éxito clamoroso. Goebbels ordenó de inmediato una adaptación cinematográfica. Pero casi todos los santos cruzados a los que el autor veneraba en ese libro cayeron asesinados durante la sangrienta purga de los SA. Cuando Hitler y Goebbels asistieron a la proyección privada de Horst Wessel, el 13 de diciembre de 1934, vetaron el film por incurrir en presuntas falsedades históricas. El estreno quedó anulado y el nombre de Ewers se convirtió en peste. El personaje heroico que imaginó sobrevivió, sin embargo, a todas las desgracias. Cuando los rusos entraron en el devastado búnker de Hitler, en Berlín, los dos himnos patrióticos que aún se oían eran Deutschland über Alles y el Horst Wessel Lied .

A partir de 1935, todas las obras de Ewers fueron prohibidas en el Reich, con excepción de Jinetes... , pero aun ésta era de venta limitada. A comienzos de 1936, también se le impidió escribir y salir de su refugio bávaro. Para un viajero como Ewers, la inmovilidad equivalía a la muerte. Un cáncer lo abatió en Munich. Kurt Desch, su editor, ordenó que sobre la tumba se inscribiera la última frase de La Mandrágora , en la cual cabe entero el destino de Ewers: "Quiero entrar en mí. Me espera mi madre".

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