La novela de la ideología

Por Beatriz Sarlo

El gobierno de los Kirchner ha tenido la virtud de introducir temas en el debate público. Sólo los bien informados sabían hasta hace dos semanas que el Banco Central era una institución diferente de, digamos, el Banco de la Nación. Probablemente se pensara a los dos como "bancos oficiales" o "bancos del Estado". Sólo los bien informados tendrían idea de los cambios que se introdujeron, a lo largo del tiempo, en las normas que hoy rigen el Banco Central. Pero, con la pedagógica intervención de los Kirchner, esa institución resplandece como si hubiera surgido en los albores de la patria y estuviera por celebrar dos siglos de vida.

Los Kirchner convierten todo en palpitante carne fresca, que sirve tanto para el informativo de medianoche como para los móviles radiales de las seis de la mañana. Esto mismo ya había sucedido con la resolución 125. De repente, hombres, mujeres y niños que no hubiéramos podido mejorar las explicaciones botánicas proporcionadas por la presidenta Cristina Kirchner en su recordado discurso sobre el yuyo de la soja, que crece por cualquier parte sin que lo rieguen y sin dar trabajo a nadie, esos mismos distraídos habitantes de ciudad, convertidos en expertos, descubrimos que nuestro alimento no era un producto químico preparado en la trastienda de los supermercados sino el resultado de una larga cadena de trabajo y de valor (como le gusta decir a la Presidenta).

Es dudoso que todo esto mejore la calidad de la discusión pública. La mayoría de nosotros sigue sin tener ideas aceptablemente precisas sobre la producción agraria ni sobre los bancos centrales que, bueno sería aclararlo, no son idénticos en todos los países del mundo. Sucedió con la soja y ahora con el Banco Central lo que hace unos años con el odio suscitado por el sistema electoral que propicia las listas sábana, sin que esa antipatía profunda lograra fundamentarse en mejores alternativas a la frase "se esconden los impresentables detrás del cabeza de lista". Como el "que se vayan todos", las listas sábana eran un enemigo claro, aunque, en realidad, no se lo conociera.

Estos debates mal llevados indican pobreza y desconcierto, cuyos responsables son, en primer lugar, los mismos que los hacen caer, como granizo, sobre la cabeza de los ciudadanos que un día se enteran de la existencia de retenciones y otro día son sucintamente informados de que el Poder Ejecutivo va a disponer de una porción de las reservas federales sin cumplir los trámites indispensables. La cuestión misma en debate es complicada. Pero esos ciudadanos súbitamente enfrentados con la necesidad de pronunciarse realizan un desplazamiento: más que en la sustancia de una medida conflictiva se fijan en el modo en que esa medida ha sido tomada.

Las formalidades institucionales, por este camino lleno de vueltas, se colocan en un primer plano que no ocupan cuando esos mismos ciudadanos critican el garantismo o piden mano dura policial en oscuras reminiscencias de una sociedad vengativa.

Esto sucede, entre otros motivos, porque los Kirchner usan la ideología de manera instrumental, lo cual quiere decir que revisten de motivaciones elevadas y frases extraídas de discursos nacionalpopulares a medidas de gobierno que tiene un carácter menos ideológico y más anclado en la pedestre conservación del control sobre los recursos indispensables para mantener el poder, por lo menos hasta el fin de su mandato.

La conversión de la ideología en instrumento de políticas que no responden necesariamente a ella es uno de los rasgos más característicos del gobierno de Cristina Kirchner.

Durante el conflicto con el campo, tanto la Presidenta como su marido fueron variando el destino de los miles de millones que llegarían al erario si se subían las retenciones; hablaron del "hambre del pueblo" y de la "mesa de los argentinos", prometieron hospitales y obras públicas, improvisaron cambiando el destino de esos miles de millones cada vez que fue necesario asegurar la lealtad de sus seguidores (sobre todo, de aquellos que se piensan como la izquierda del kirchnerismo aunque no se presenten con esa frase desacreditada).

Sin embargo, una mayoría siguió desconfiando de este uso instrumental de la ideología, porque las bellas promesas no compensaban la concentración de poder y el desdén por el diálogo con que se las enunciaba en todos los palcos. Los intelectuales de Carta Abierta argumentan, por supuesto, mejor que los Kirchner, y dan explicaciones que vinculan la ideología instrumental con la ideología profunda; buscan razones enterradas en la arqueología de los estilos políticos populares, que serían menos afectos a las formas institucionales.

Sin embargo, el uso instrumental de la ideología es un arma más venenosa que la violación de alguna norma institucional, cuyo resguardo puede confiarse a la Justicia o al Parlamento. El uso instrumental de la ideología implica la implantación de políticas tacticistas y sin principios, cuya paradoja es, justamente, que destruyen un sustrato simbólico, afirmando, al mismo tiempo, que lo hacen para defenderlo. Un paisaje político desierto puede resultar de esta manipulación de las ideas en función de cualquier medida de gobierno. Por eso, los Kirchner juegan con un fuego en el que terminan consumiéndose los fundamentos mismos de su legitimidad simbólica. Son políticos de vendetta y de revancha; con esos gustos, es difícil que sean, al mismo tiempo, políticos de grandes ideas.

Son, por otra parte, personajes belicosos. Tiene razón Cristina Kirchner: nadie puede exigir que un presidente sea simpático; pero sí puede exigir que dialogue con la oposición no en un tinglado poselectoral, armado a las corridas, después del 28 de junio, en la carpa de un ministro del Interior que no podía contestar ni que sí ni que no, y que estaba allí sólo para mostrar el acto mismo del diálogo, como una performance fotografiada para la prensa.

La triste novela escrita alrededor de un presidente atrincherado en el Banco Central bajo la protección de la Justicia y la conversión de ese personaje técnico en un paladín institucional son consecuencias bien torpes, que los políticos de la oposición deberían ser los primeros en tomar como tema de reflexión: la ciega Fortuna golpea la puerta del menos pensado, pero no es obligación ser ciego ante sus dones.

Algo similar sucedió con el vicepresidente Julio Cobos. No es menos anómala su permanencia en un cargo desde el que ensaya su perfil de candidato opositor al gobierno con el que fue elegido. El tacticismo, que también existe en la oposición, podría responder: "Y bueno, menos mal que lo tenemos a Cobos en el Senado". La respuesta es tan cortoplacista como las tácticas de los Kirchner y tiene algo de cínico. La persistencia de Cobos como vicepresidente también tuerce los límites entre lo aceptable y lo inaceptable, aunque tales adjetivos no figuren en la Constitución. En realidad, una república democrática se sostiene tanto en las instituciones como en las costumbres, en la ley y en la ética.

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