Noticias

Por Martín Caparrós.

La noticia parecía innecesaria, tirando a la pavada. Se titulaba “Un pie congelado 12 años atrás”, y empezaba diciendo que “Doce años estuvo helado el pie de un montañista que la expedición de los austríacos encontró, hace pocos días, casi en la cima del Aconcagua”.

La noticia parecía perfectamente innecesaria, tirando a la pavada. Se titulaba “Un pie congelado 12 años atrás”, y empezaba diciendo que “Doce años estuvo helado el pie de un montañista que la expedición de los austríacos encontró, hace pocos días, casi en la cima del Aconcagua”. La nota ofrecía más detalles, y en algún momento aclaraba que “la pierna, calzada con bota de montaña, que los miembros del club Alpino de Viena encontraron el pasado lunes 11, cuando descendían de la cumbre, pertenece al escalador mexicano Oscar Arizpe Manrique, que murió en febrero de 1962, al fracasar, por pocos metros, en su intento de llegar al techo de América”.

–¿Y esto a quién corno le importa, Caparrós?

–A nadie, faltaba más, a nadie.

Supongo yo, y ustedes acordarán y alguno, incluso, inquieto, hará la cuenta: ¿1962 más 12 años? Es verdad: la historia apareció el domingo 17 de febrero de 1974 en un diario que se llamaba Noticias, y si ahora la recuerdo es sólo porque fue la primera que escribí en mi vida. O sea que me van a disculpar el egotrip, pero me estoy festejando un aniversario espeluznante: esta semana cumplo 35 años de trabajo.

–Ah, ya decía que se lo ve arruinado, pobre hombre...

Yo nunca había imaginado que sería periodista. En esos días tenía 16 años y no me pensaba demasiados futuros –salvo la patria socialista–, pero a veces, cuando me preguntaba qué hacer, quería ser fotógrafo. Noticias había aparecido poco antes, el 20 de noviembre de 1973, porque los Montoneros pensaron que les serviría para pelear el espacio público que venían perdiendo. Cuando me hablaron de la posibilidad de trabajar ahí no lo podía creer: sería el lugar perfecto, un empleo que, al mismo tiempo, fuera una militancia. Así que ese diciembre, cuando el director, Miguel Bonasso, me dijo que me podría incorporar al laboratorio fotográfico en marzo y me preguntó qué prefería hacer mientras, si esperar en casa o trabajar de cadete, le dije que empezaba al día siguiente.

–¡Che, pibe, hace media hora que te pedí esa cocacola!

Noticias era un proyecto político pero era, al mismo tiempo, una apuesta periodística potente: además del director Bonasso lo manejaban el subdirector –y responsable montonero– Paco Urondo, el jefe de redacción Juan Gelman, el secretario de redacción Pablo Giussani, el jefe de información general y policiales Rodolfo Walsh, el de política Horacio Verbitsky, y otros tantos. El diario tenía 24 páginas, un aspecto innovador de fotos grandes, títulos potentes, ninguna firma y cierto prejuicio de que, como quería ser popular, debía escribirse corto y sin adornos.

–Ya va, maestro, ya se la llevo.

Fui un cadete serio. Durante un par de meses manché a media redacción con cafés mal servidos y repartí –¡qué antigüedad!– “cables de agencia”, esos papeles mal cortados que traían la información en esos tiempos. Hasta esa tarde de sábado y febrero, caliente, chata, la redacción vacía, en que un viejo –debía tener como 40 años– periodista uruguayo, Luis Rico, me dijo que lo habían dejado solo con dos páginas, si me animaba a redactarle algo. Yo le dije que claro, y él me pasó –sin siquiera reírse, un caballero– los cables para que armara esa notita.

Que está –debo decirlo, ahora que la releo en un raro ejemplar del diario guardado en la Biblioteca Nacional– bastante mal escrita, y ocupa un espacio algo desproporcionado en el tercio inferior de una página, junto a la foto de una autobomba accidentada, la detención de un ex bombero incendiario y el ataque de un chimpancé a un muchacho en el zoológico de Córdoba. El resto del diario de ese día era menos amable: su título de tapa informaba que “Medio país está bajo las aguas”, por unas lluvias torrenciales que habían dejado, hasta ese momento, 60 muertos, 200 desaparecidos, 100.000 evacuados, cosechas perdidas, una invasión de víboras y la sensación de que nunca había pasado nada igual. Las páginas políticas se ocupaban de un supuesto complot contra la vida del presidente Juan Domingo Perón, que la derecha peronista había denunciado dos días antes, involucrando a Héctor Cámpora; también anunciaban que el jefe de policía de Córdoba, teniente coronel Navarro, “preparaba un golpe de Estado provincial” –que terminó dando días más tarde–, y que varios militantes de la Juventud Peronista había sido secuestrados en Mar del Plata, Buenos Aires, Bahía Blanca. En Montevideo el gobierno militar había metido preso al gran Onetti, en Israel una refinería de petróleo volaba por un bombazo de la OLP, en Chile moría torturado un dirigente del MIR, en Camboya la capital estaba a punto de caer en manos de los jemeres rojos y en Estados Unidos nuevas cintas sobre el Watergate parecían “complicar al presidente Nixon”. El clima general era confuso, retorcido. Y mi nota terminaba explicando que el mexicano había sido rescatado en 1962, un mes después de su muerte, pero sin esa pierna seguramente arrancada por un cóndor. Y que la pierna se había petrificado y que la encontraron esos austríacos cuando transportaban el cadáver del andinista japonés Masao Uji, muerto un año antes –pero que tampoco pudieron terminar su transporte: lo abandonaron para socorrer a unos americanos moribundos. Por ese muerto niponés –explicaba el artículo– se había producido la primera confusión informativa: ciertos medios dijeron que la pierna encontrada era suya pero después lo desmintieron por una razón incuestionable: el cadáver nipón tenía sus dos piernas. El artículo –se ve– no escatimaba detalles decisivos.

–¿Usted escribió esto, pollo?

–Sí, yo lo escribí.

–¿Y dónde dice qué pierna era, la izquierda o la derecha?

No decía, pero al día siguiente me pidieron otra notita, y otra, y otra, y en algún momento se confirmó que había pasado de cadete a cronista. Hasta fines de agosto de ese año, cuando el jefe de la Federal vino a la redacción “a darse el gusto” –dijo– de cerrar el diario:

–Yo sé que ustedes tienen un ataúd con mi nombre, pero yo tengo un cajón para cada uno de ustedes.

Dijo el comisario general Villar, y clausuró. Nos pasamos unos días de asambleas y peleas hasta que tuvimos que reconocer que habíamos perdido. Entonces nos dispersamos, muchos siguieron trabajando en otros medios, algunos no, varios murieron en los años siguientes; las piernas empezaron a aparecer por todas partes. Pero aún así, en mi recuerdo, trabajar en Noticias fue un placer como he tenido pocos: eran jornadas interminables, era el peligro de emboscadas y atentados, era la incertidumbre permanente, pero era también la sensación de empezar un oficio envidiable, de aprender de los mejores todo el tiempo, de contar historias y descubrir enigmas y pensar sentidos, de poder hacer algo por los demás, por un proyecto –y que, además, a fin de mes me pagaran un sueldo, mi primer sueldo. Creo que por eso me volví periodista: porque pensé que sería siempre más o menos así. Y creo que, con sus más y sus menos, muchos tumbos, fue así durante todos estos años. Yo detesto la superficialidad del periodismo, su suficiencia idiota, su pavada insistente; detesto la vacuidad, la vanidad, la vaguedad del periodismo. Y lo practico desde hace 35 años y no quiero ni pensar cuánto menos me gustaría mi vida si hubiera hecho otra cosa: si aquel día, en aquella redacción, el pie del andinista mexicano hubiese encontrado quien supiera contarlo.

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