¡Pum!

La renuncia de Miguel Ángel Ortiz Pellegrini como legislador de Córdoba puede interpretarse como una caída, como el desenlace inevitable. También como una explosión que daña seriamente un carrera política.
Desde hace más de una década, este dirigente nacido y criado como tal en el radicalismo soñaba con ser intendente de Córdoba. Su meta fue transitar los pasillos del Palacio 6 de Julio con chapa de jefe máximo.

La idea comenzó a gestarla en sus años de diputado nacional y las raíces crecieron cuando el entonces gobernador Ramón Mestre lo convirtió en fiscal General de la Provincia.

A partir de ese momento, el camino se metió en algunos recovecos pero, de buenas a primeras, encontró una avenida ancha: su pase al juecismo.

Si bien Ortiz Pellegrini tuvo, tiene y tendrá un único líder que se llama Miguel Ortiz Pellegrini, el hombre subió al tren del juecismo. Pareció un guerrero de la primera línea. Pero, en el fondo, él y Luis Juez sabían a ciencia cierta que se trataba de una alianza, no de la incorporación de un mero espadachín de verbo ácido y movimientos pícaros.

El buen resultado electoral de Juez en 2007 en Córdoba llevó al ex fiscal General a la Legislatura; a partir de ese momento, llegar a la jefatura del bloque del principal partido de la oposición fue un trámite.

El ex radical se puso al hombro el bloque del partido que enarboló desde su creación la bandera de la transparencia y la honestidad. Y puso en aprietos al oficialismo con denuncias ingeniosas la mayoría de las veces, exageradas otras. Pero justamente a él, a quien Juez confió portar esa bandera de la transparencia, los peronistas le encontraron una mancha en el saco de la ética.

Litigó contra el Estado, lo cual está prohibido. Y lo hizo por una paga (sus honorarios son, en muchos casos, más que apetecibles para cualquier ciudadano de a pie). Fue acorralado, encerrado y Juez, esta vez con delicadeza y sin alaridos, le soltó la mano. Su salida se da para no ensombrecer el camino de Juez, quien se prepara para 2011.

Ortiz se convenció, o tal vez lo convencieron, de que la mancha en su solapa puede contagiar. Y se fue. Sabe que su carrera política prácticamente estalló. Al caer, trató de arrastrar al legislador peronista Domingo Carbonetti, también sospechado de haber utilizado su profesión de abogado mientras integra el tribunal que juzga a los jueces.

Atacó duro Ortiz. Y Juez también. La estrategia es que el peronismo asuma algún costo. Pero hay una diferencia: Carbonetti tiene un capital extra, cual es guardar valiosos secretos de poder, atesorados durante esta década de administraciones peronistas. Por eso es improbable que el peronismo lo arroje a las llamas. Hay un solo hecho que podría modificar las cosas: que Carbonetti decida por su propia voluntad dar un paso al costado y comenzar a disfrutar de su fortuna; algo que, hoy por hoy, parece una quimera.

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