Nostalgias de Moncloa

Por Abel Posse

Se nos viene encima el Bicentenario y no tenemos nada que mostrar. La Argentina actual es como un palacio maravilloso, saqueado. Ningún país cayó como el nuestro, de tan alto. Tanto, que a veces sentimos que el pasado que tuvimos sería el mejor futuro que podríamos tener. Somos como una llamarada de entusiasmo vital y creadora que se empezó a extinguir, quizás después de las Malvinas, si quiere buscarse un hito aproximativo, puramente referencial. (¿Cuándo empieza una esclerosis múltiple, una tisis?)

En esta misma columna conté que un amigo ausente un par de décadas de la Argentina me preguntó cómo estábamos, y no se me ocurrió más que usar un lugar común de las páginas policiales: "Estamos en avanzado estado de descomposición".

Lo que nos pasa trasciende lo político y lo económico. Ya invade lo cultural gravemente. ¿Qué cantidad de poder tendrá que tener nuestro futuro presidente para corregir un país desmadrado, desbrochado que se suicida a pinchazos de alfiler? Indisciplina escolar, un millón de chicos y adolescentes a la deriva, sin colegio, sin padre, entre el paco, la nada o las trifulcas de bailanta. Un ejército degradado, sumergido y silencioso como el ejército de terracota que uno visita en Xian. ¡Un país donde para vengarse de los soldados del 70, se niega la defensa nacional cuarenta años después! Subcultura audiovisual, imbecilización rockera, la corrupción como el camino más rápido de enriquecimiento. Y ahora, la destrucción productiva, única fuente de recomposición económica nacional. (Hasta los sindicalistas y ministros que compraron recientemente su estancia, deberían ver la catástrofe que están provocando los K. Cuando todo cae, también pierden los ladrones.)

Si reencuentro a mi amigo, le diría lo mismo: la Argentina es hoy un país en avanzado estado de descomposición.

Esta realidad de degradación nos obliga a aprovechar la coyuntura favorable con un sentido positivo para encender este país detenido. El voto del 28 de junio debe ser aprovechado por la melancólica oposición para ocupar su lugar y para satisfacer la ansiedad de esa mayoría nacional que no ve respuestas y se siente apretada entre el descaro kirchnerista y los susurros de dirigentes vencedores que parecen tener todo el tiempo del mundo para consolidar su camino hacia la presidencia. Por eso resuena una y otra vez la palabra Moncloa como la posibilidad de un programa de resurgimiento nacional como el que logró plasmar España después de la muerte de Franco en 1975. Supieron aprovechar el punto de inflexión de ese hecho notorio para consensuar las bases de la organización democrática del país, la opción europeísta y ciertas políticas de Estado imprescindibles. Los españoles sintieron que se abría una gran oportunidad para reubicar a España en el orden europeo y la cogieron. Parecía increíble ese minué republicano después del millón de muertos. Areilza, Fraga Iribarne, Suárez; y por el otro lado Carrillo y la Pasionaria recién llegada de Moscú. Pero tenían en común dos cosas: todos estaban hartos de su pasado inicuo y tenían al rey como referencia de permanencia del Estado.

Nuestro Moncloa es probable, pero más difícil por nuestro espíritu anárquico y porque nunca pagamos mucho por nuestra estupidez política (diez mil muertos en un siglo es una cifra insignificante en la antigua Europa, es la cifra de gente que fusiló Queipo de Llano en la toma de Extremadura, en tres días)

Nuestra estupidez es más recalcitrante que el odio. Los Acuerdos del Bicentenario como creo que los bautizó Duhalde, sería un título brillante si pudiésemos llenarlos del contenido de un verdadero renacimiento y de punto final a la agonía espasmódica del kirchnerismo. Ya hay encuentros entre dirigentes. Pero todos los importantes deberían suspender sus egoísmos de presidenciables y crear un marco básico: Reutemann, Cobos, Carrió, Solanas (como cabeza de una izquierda moderna y democrática), Macri, Solá, De Narváez, Binner, Duhalde, Rodríguez Saá, los Menem, Stolbizer, Romero, Bustos, Puerta; con los gobernadores, jefes de organizaciones agrarias e industriales, representantes sindicales, la Iglesia, la Universidad, intelectuales y periodistas. Sería el acuerdo de San Nicolás para renacer. Y sería la oportunidad de que la Presidenta tenga la sensatez de escapar del búnker y tratar de expresarse en diálogo refundador.

Esta lógica elemental parece utopía en un país donde ya lo lógico resulta una improbable aventura. Los políticos argentinos se creen caudillos. Creen llevar el cetro de presidente en la mochila. Se excluyen por instinto, como familias de gansos en el estanque.

La crisis del campo desde 2008 recreó la noción federal y los dirigentes alcanzaron algunos acuerdos de políticas básicas en el marco del Congreso. Estas opiniones convergentes están vivas Y podrían ser el ladrillo fundacional de los Acuerdos del Bicentenario. Apenas con lo ya acordado podríamos arrancar y ahorrarle al decepcionado pueblo argentino la frustración de sentirse impotentes ante la degradación. Por lo menos hay cuatro puntos de consenso ya expresado:

* Lucha concentrada contra la pobreza y la exclusión como mayor expresión del fracaso administrativo plurigubernamental argentino.

* Democratización republicana con reconstitución constitucional del equilibrio de poderes y plena autonomía del Poder Judicial invadido desde el Ejecutivo.

* Retrovertir la agonía del agro y de la economía en general, en base a las exportaciones y a la reconquista de mercados perdidos. Esto conlleva regularizar nuestra participación en los foros financieros internacionales.

* Iniciar urgentes políticas energéticas a corto y mediano plazo

.

A partir de estos acuerdos ya podríamos crecer hacia la definición de políticas permanentes de Estado. (Lo que no hicimos desde Frondizi, hace ya medio siglo: políticas estratégicas de defensa, en relación a Brasil, la Unión Sudamericana y el Atlántico Sur, incluyendo Malvinas y la agresión depredadora de nuestros intereses por la descarada extensión británica de su presunta "zona").

Los acuerdos no pueden ser meras alianzas electorales, tienen que tener el aliento de patriotismo trascendente de lo sectorial para consensuar las líneas de los intereses básicos de esta nación poderosa en mano generalmente de mediocres carentes de dimensión poética y espiritual.

Todavía estaríamos a tiempo de superar el avanzado estado de descomposición, siempre que los cisnes puedan tener un mínimo de sentido común.

Comentá la nota