Nostalgia y recuerdos, en un museo que recrea la vida en la Alemania comunista

Frank Arndt perdió el país donde creció arrasado por la historia pero decidió, casi por casualidad, no enterrar su memoria identitaria. Sin demasiadas opciones, recreó en 12 metros su vida cotidiana en Alemania del Este, en un esfuerzo que va más allá de la nostalgia.
Cuando el Muro de Berlín cayó, Alemania se reunificó y su RDA (Alemania Oriental) se esfumó, su trabajo en una empresa de construcción comenzó a extinguirse lentamente en un mundo hipercapitalista. Primero él había sido ingeniero del Palacio de la República, el parlamento de Alemania del Este, y en 1998, su puesto en la empresa de construcción de 10.000 empleados se esfumó en el vendaval democrático, al no poder competir con el desarrollado Oeste. Desocupado y melancólico, tres años atrás comenzó a coleccionar los objetos cotidianos de la vida que había dejado atrás. Un pasado que exhibe en un abigarrado local de Friedrichshain, una callecita gris y triste de Berlín Oriental. "Der Vorwende Laden" es única y especial: una boutique de íntimos recuerdos de la Alemania Oriental antes de la reunificación con Alemania Occidental.

Entre cajas y más cajas aparecen las tazas blancas de té del Palacio de la República, su gran orgullo. El era allí, el responsable de la calefacción, de la ventilación, y ayudó a construirlo. Cuando su vida cambió para siempre, su idea fue crear el Café de la República en Berlín Occidental pero no le alcanzaron los marcos de entonces. La boutique surgió de la necesidad y se ha transformado en su pasión y su identidad, aunque le da pérdidas. En una ciudad con el Muro de Berlín reducido a unos pocos kilómetros simbólicos, el local de Frank permite palpar un pasado con las raíces desaparecidas.

"Yo no extraño el Muro pero hay cosas en el capitalismo que no puedo aceptar. Yo he querido preservar algunos pedazos de la historia contemporánea para que la gente que entre aquí olvide que han pasado 20 años", explica este gigante de pelo blanco y maciza contextura.

Frank se niega a admitir que su colección representa la "Ostalgie" o nostalgia de los "ossis", alemanes orientales. "Los míos no son clichés", se defiende y esgrime su argumento político: "La gente creía que íbamos a hacer un país a partir de las dos Alemanias pero no pasó eso. La RDA fue completamente arrasada, nada de lo que era la RDA ha sido preservado y no hemos construido una nueva Alemania. Por eso este es un lugar de reencuentro, donde la gente viene a hablar".

En otros estantes de esas dos habitaciones cargadas pero ordenadas germánicamente están las botellas de vidrio de la dulzona Vitacola, los libros escolares que se usaban como texto en la Alemania comunista, los libros de cuentos, los juguetes de madera y esas típicas hueveras en forma de gallinita de plástico, con la que todos las mañanas los "ossi" tomaban su desayuno en el Este. Los alemanes del Oeste traen a sus hijos y les explican "la importancia del pasado", como en una lección de historia. Los del Este vienen en busca de sus libros de infancia para mostrárselos a los nietos o leerles cuentos con emoción.

"Es que en Alemania nosotros construíamos cosas sólidas, no necesariamente lindas. Pero que duraban 30 años", explica con candor, exhibiendo un modelo de cafetera 1950.

Frank es crítico de la forma en que la Alemania reunificada ha decidido recordar su pasado. "Nosotros hemos sido reducidos a ser víctimas de la Stassi o conductores de Trabis, (el auto producido en Alemania del Este). El museo que nos recuerda es un fondo de comercio. Ni un solo de los guías de esos museos tienen nada que ver con la RDA. ¿Cómo quieren que los turistas aprendan algo sobre nosotros?" se pregunta.

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