Noche joven, patovicas y demás

Por: Osvaldo Pepe

Hace tiempo ya que la llamada noche joven no es sólo un espacio legítimo de diversión. Se ha convertido en una trampa, una oferta obscena de desmesuras que en su versión más radicalizada puede terminar en tragedia. Esos peligros impactan en los chicos, pero son responsabilidades de los adultos: exceso de alcohol, circulación de estimulantes, oferta de drogas, laxitud en los controles, padres desentendidos de la conducta de sus hijos. Un coctel demoledor.

La noche joven, claro, es también un negocio, donde la cadena de clandestinidades entre empresarios truchos, policías "distraídos" y un poder político sin la convicción de controlar y orientar funciona con una cotidianeidad alarmante. No fue sólo Comañón, hay miles de potenciales Cromañones cada fin de semana, en donde los únicos rostros visibles y más expuestos de las tareas de control y regulación son los patovicas (ver: Los patovicas de los boliches siguen trabajando sin control), dueños de rutinas fronterizas con el maltrato y el matonismo, una saga de prepotencias y discriminaciones, esas violencias del espíritu, que son apenas la punta del iceberg. Si hay patovicas violentos que tratan a los chicos como objetos descartables es porque hay una organización que se los permite. Y hasta los vuelve "necesarios".

La conducta de estos gendarmes de la noche está regulada por la Ley 26.370. Sancionada el año pasado ante los permanentes episodios de violencia que los involucra, establece que hagan cursos de derechos humanos y técnicas de mediación. También obliga a que se los anote en un registro único. Pero como es una Ley sin reglamentación, casi nadie la aplica.

Esta semana termina el juicio oral a un patovica, ex boxeador, por el asesinato de Martín Castelucci, de 20 años, en la puerta de un boliche en Lanús. Un hombre en el banquillo, y un sistema de impunidades libre y sin castigo.

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