El Nobel de Medicina, para un avance en la lucha contra el cáncer

Premian el hallazgo de un engranaje central de esa enfermedad y un secreto del envejecimiento
Elizabeth Blackburn se había graduado en la Universidad de Melbourne y se fue a trabajar a los Estados Unidos. En 1980, después de haber pasado por la Universidad de Yale, se cruzó durante una conferencia con Jack Szostak, de Harvard, y decidieron trabajar juntos en el tema que la apasionaba: cómo se preserva la "identidad" de los cromosomas durante la replicación de las células.

Cuatro años más tarde, una de sus estudiantes graduadas, Carol Greider, se sumó a las investigaciones. Juntos concretaron uno de los grandes avances de la biología de las últimas décadas: descubrieron piezas del rompecabezas celular que desempeñan un papel protagónico en el cáncer y el envejecimiento.

Ayer, los tres recibieron la célebre llamada de la Academia Sueca de Ciencias, que les anunció que habían sido los elegidos para el Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2009 por sus descubrimientos, que alumbran uno de los engranajes fundamentales de la vida.

Blackburn y sus colegas, todos multipremiados, eran nombres "cantados" para el Nobel. A fines de los setenta y principios de los ochenta, cartografiaron la estructura de los extremos de los cromosomas, llamados telómeros; demostraron que estos estaban presentes en las células de plantas y animales; mostraron cómo funcionan y descubrieron una enzima que permite reconstruirlos: la telomerasa. Todos, elementos fundamentales en el proceso de división celular.

"Antes de que una célula eucariota [que son todas, menos las bacterias] se divida, su ADN tiene que duplicarse totalmente -explica Alberto Korblihtt, de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA y el Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias del Conicet-. Pero el mecanismo tiene una especie de falla que hace que la duplicación no sea perfecta. Cada vez que ocurre, las puntas de los cromosomas [los telómeros, que garantizan que los cromosomas mantengan su individualidad] se van acortando. La telomerasa se encarga de alargarlos fabricando nuevo ADN que los extiende y contrarresta el acortamiento."

Pero, según explica el científico, esta enzima no siempre está activa: "Sí lo está en el embrión, en el que las células se dividen aceleradamente, en tejidos como la médula ósea, que origina las células de la sangre, y en ciertas células de los tejidos adultos que se encargan de reponer las que se van muriendo. Pero como en los adultos el ritmo de duplicación es bajo, la telomerasa está «apagada». Es lo que ocurre, por ejemplo, en una neurona que ya se formó y no se divide más".

Células inmortales

Cuando una célula no tiene activa la telomerasa, se divide unas veinte veces, y el consiguiente acortamiento de los telómeros gatilla una señal que hace que entre en apoptosis (muerte celular programada).

"Las células tienen un límite -cuenta Kornblihtt-. En las células embrionarias, ese límite se sobrepasa. Y en las cancerosas prácticamente no existe, porque su telomerasa está activa. Hace que se dividan indefinidamente y por eso se las llama «inmortales». Que la telomerasa esté activa es un prerrequisito para la transformación cancerosa."

Todo esto era ignorado cuando Blackburn, Greider y Szostak decidieron lanzarse a investigar. Como afirmó Greider, que descubrió la primera evidencia de la telomerasa el día de Navidad de 1984: "Fue sumergirse en lo desconocido".

Pronto, los hallazgos sobre la dinámica de los telómeros y la telomerasa, y la revelación de que estaba involucrada en la biología del cáncer llevaron a los científicos a sugerir que podría intentarse un nuevo enfoque terapéutico bloqueando la telomerosa, para así impedir la replicación indefinida de las células tumorales. Sin embargo, la puesta en práctica de esa hipótesis resultó complicada.

"El descubrimiento es sensacional, pero su puesta en práctica todavía está lejana" -dice el doctor Alberto Baldi, del Instituto de Biología y Medicina Experimental del Conicet-. Y enseguida aclara: "Aunque en ciencia nunca se puede decir que no..."

Kornblihtt coincide: "Uno podría atacar un tumor con inhibidores de la telomerasa, pero también estaría atacando a las células en las que necesita que la telomerasa esté activa".

Baldi, que durante muchos años estudió los telómeros y la telomerasa, dice que a medida que uno envejece los telómeros se hacen más cortos hasta que llegan a tocar genes importantes para la vida y empiezan a aparecer alteraciones funcionales importantes. Sin embargo, después de estos trabajos pioneros que merecieron el Nobel, los hallazgos de otros autores confirmaron que el cáncer es más complejo de lo que puede imaginarse.

"Hay tantos mecanismos que juegan un papel -afirma-, que si uno le pregunta a un virólogo, va a poner el acento en las partículas virales; si me preguntan a mí, en la angiogénesis [generación de vasos sanguíneos que alimentan al tumor]; si le preguntan a otro, en los radicales libres... y todos vamos a tener razón. Depende de tantos factores."

Lo que queda por delante

En todo caso, este nuevo Nobel vuelve a mostrar que en ciencia los avances surgen del diálogo interdisciplinario y del trabajo en conjunto, y que en medicina cada vez están más atados a la ciencia básica, que investiga los intrincados caminos de la naturaleza.

"Este fue un trabajo totalmente básico y, sin embargo, para nuestra sorpresa, resultó tener importantes aplicaciones médicas", dijo Szostak, que actualmente es un experto en reproducir las condiciones del origen posible de la vida en el tubo de ensayo.

Como suele suceder, el camino abierto plantea nuevas preguntas para el futuro.

"Todavía hay grandes interrogantes sin respuesta -dijo Greider ayer-. Algunos tienen que ver con la bioquímica precisa de la telomerasa, cómo funciona y cómo es regulada para alargar los telómeros. (...) Uno suele inclinarse por la visión popular de que hay que mantenerlos en un largo suficiente para proteger el cromosoma. Pero supongo que hay un equilibrio, porque lo contrario también puede ser dañino."

Blackburn y su equipo, por su parte, están dedicados a estudiar la asociación entre el stress y el largo de los telómeros. "Hemos descubierto en mujeres que tienen que cuidar de un niño enfermo o de un marido con demencia, que sus telómeros son más cortos y que el stress crónico parece ser la causa."

Quién sabe, el que resuelva estos problemas tal vez sea galardonado con un próximo Nobel...

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