Ninguna casualidad

Quizá sea una sorpresa para muchos lectores. Otros lectores, tanto de este medio como del diario El Atlántico u oyentes de la 99.9 ya conocen el episodio del ataque cobarde que me propinaron Gerardo Gómez Muñoz y su hijo Gerardo Esteban Gómez Muñoz (a) “Yayi”. La agresión, perpetrada a plena luz del día en la vereda de la librería-café Alejandría ante numerosos testigos, difícilmente pueda explicarse por los artículos que con mi firma se publicaron en este medio, cuando hice público el rápido ascenso de los hijos de Gómez Muñoz en distintas áreas del municipio.
La publicación de la información que supuestamente provocó el incidente data de la edición 560, por lo que mal puede decirse que esa embestida vil haya sido el efecto de una emoción del momento. Como quedó firmemente establecido en la denuncia, mientras Yayi Gómez Muñoz me tomaba por la espalda para inmovilizarme, su padre se abalanzó sobre mí buscando darme puñetazos en la cara con el claro objetivo de hacerme daño. Mi resistencia y el arremolinamiento de gente, sumados a la aparición de una persona en uniforme reclamando que detuviéramos la pelea –no había tal- provocaron la huida de ambos, padre e hijo, hacia la peatonal, en tanto yo quedaba sangrando por los rasguños y los golpes.

No fue un ataque de ira, sino de odio. Odio que alimentan a diario sus patrones, Florencio Aldrey Iglesias, a sueldo de quien escribe una columna en el diario La Capital, y Gustavo Arnaldo Pulti, quien se refiere a Gómez Muñoz como “mi amigo”. Lo ocurrido es una clara señal del odio que me profesan quien se cree dueño de la ciudad y su fiel servidor, el actual intendente.

El viernes, un día antes del ataque, una fuente muy confiable me señaló que en una charla mantenida por un funcionario de primera línea de Pulti con el ex secretario legal y técnico Alejandro Vicente, el funcionario le comentó a Vicente que Pulti está enfurecido con mi persona, y que ya dice que la única manera de callarme será cagarme bien a trompadas (sic).

Por la misma hora en que la dupla Gómez Muñoz promovía la encerrona, Florencio Aldrey Iglesias trataba de “concejal idiota” a Fernando Rizzi, al tiempo que repartía improperios a los concejales de Acción Marplatense por no defender debidamente la barda con la que cercó la playa Bristol frente al Hotel Provincial.

Hay mucho nervio, mucha impunidad, a caballo de este enorme negocio que son los gastos para la Davis. Solamente el vallado perimetral que rodeara la zona del Polideportivo está en $ 400.000, una cifra increíble. El comité de control es una risa, una risotada propia del “Guasón”: todo se ha contratado de manera directa, sin siquiera una comparativa de precios, y a mil porque sino no se llegaba.

Una provincia que tiene tantas asignaturas pendientes, como la de los hospitales, que están en un estado desastroso sin precedentes; donde hay escuelas técnicas que funcionan en galpones, emplea nueve millones de dólares para un evento privado que no pone un peso, para una fiesta que a lo mejor permite que diez mil personas vean la puesta cuando esta ciudad, cada fin de semana, recibe entre 22 y 24.000 turistas sin mayor esfuerzo en materia de inversión de ninguna especie.

Se me ocurren muchos cierres, pero me quedo con éste: un funcionario policial de alto rango, que me llamó para solidarizarse, me dijo: “no te hagas muchas ilusiones, que en la justicia no va a pasar nada”. ¿Nada? Me conformo con que se los obligue a escribir en un pizarrón, con orejas de burro puestas, un millón de veces: “no debo creerme impune, y pegarle a la gente está mal, muy mal”. Y no voy a parar hasta lograrlo.

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