Nigeria, un ejemplo malo y caro de Boudou para zafar del FMI

Por: Alcadio Oña

Seguramente el ministro de Economía conoce el acuerdo entre Nigeria y el Club de París, como para asimilarlo a un modelo que la Argentina podría seguir. Esto es, negociar con la organización que lideran las potencias sin pasar por el Fondo Monetario. Y también debe saber que, como parte de ese arreglo, el país africano pagó una montaña de dólares al contado rabioso.

Traducido: el Gobierno haría lo mismo con reservas del Banco Central. ¿Es esto lo que Amado Boudou quiso decir? ¿O pasa, simplemente, que entra de todo en la pirotecnia que despliega para mostrarse amigable con el mundo financiero?

En octubre de 2005, Nigeria pactó con el Club de París saldarle de inmediato 6.300 millones de dólares por todas las obligaciones atrasadas. Y 6.100 millones más al año siguiente. A cambio, la organización multinacional le condonó 18.000 millones.

Así se cerró el trato sobre una deuda total de US$ 30.000 millones. Los estados acreedores cedieron, pero a la vez se alzaron de un golpe con 12.400 millones: no hicieron mal negocio, está claro.

Entre capital, intereses y punitorios, la deuda en default con el Club de París sobrepasa los 6.000 millones de dólares. Y sólo por capital, la vencida está en 5.150 millones. Para asemejarse al convenio nigeriano ¿capital e interés atrasados¿, el Gobierno debería pagar arriba de 5.200 millones de dólares en dos años.

Salta a la vista que el ejemplo de Boudou no es el mejor, ni mucho menos barato.

Y no lo es también por otras razones. Nigeria es una nación con 150 millones de personas, que en su mayor parte viven con menos de un dólar diario: pobre, en fin. Después de las estadísticas del INDEC sobre una nueva caída de la pobreza, este no es un argumento que el Gobierno pueda sostener.

Por lejos, el principal acreedor de Nigeria era Gran Bretaña. Tuvo un papel decisivo y lució evidente la intención del gobierno británico de utilizar a ese país, encima fuerte productor de petróleo, como puente para acrecentar su influencia en África.

Los mayores acreedores de la Argentina en el Club de París, con alrededor del 30 % de la deuda, son Alemania y Japón, seguidos por Holanda e Italia. Quienes conocen la entretela, dicen que Alemania y Japón no tienen ningún interés en hacérsela fácil al gobierno kirchnerista. España, que podría ayudar, es comparativamente un acreedor pequeño, con escaso poder de presión.

Hay otro supuesto que no cierra en la ecuación del ministro de Economía: la posibilidad de sacar del medio al Fondo Monetario. De hecho el FMI estuvo en el acuerdo con Nigeria. Ese país tenía un programa con el organismo, que involucraba, incluso, el monitoreo de ciertas proyecciones de política económica. A la ceremonia de firma del acuerdo asistieron los representantes de los estados acreedores, más uno por el Fondo.

Si la Argentina aspira a una refinanciación, habrá control del indeseable, pues así lo establecen las reglas del Club de París. La salida al entuerto que había imaginado Cristina Kirchner y anunció con pompa era pagar todo cash, igual que los casi US$ 10.000 millones al FMI. Se la llevó el viento de contra. Lo mismo que al decreto que validaba la operación, aunque no fue derogado.

En un ir venir permanente, el Gobierno ahora pretende un chequeo laxo y reservado del FMI sobre las cuentas públicas, un verdadero tratamiento político preferencial. Nada semejante al que hace con todos los países afiliados y Néstor Kirchner rechaza desde 2006. Parece pedir demasiado.

Más próximo y cercano a las aspiraciones de Boudou asoma un arreglo por la deuda con los bonistas que no entraron al canje, los holdouts. Hasta se piensa en algún anuncio al regreso de la Presidenta.

En este trámite hay, sin embargo, un escollo que el mismo Kirchner estableció en la operación de 2005: la ley que le prohíbe al Poder Ejecutivo reabrir el canje para los holdouts.

Ahora mismo, en el artículo 51 del proyecto de Presupuesto para 2010, puede verse un punto que remacha el cerrojo. Autoriza al Gobierno a "proseguir con la normalización de los servicios de la deuda pública (...) con los límites impuestos por la ley 26017, o sea, la que bloquea cualquier negociación.

Aun cuando se busque algún subterfugio, el tapón está firme. Y solo podría removerlo otra ley. Así es, por más que los bonistas acepten una oferta peor que la del canje de 2005 o estén dispuestos a adelantarle plata a la Argentina.

El Gobierno mete mano en todas las cajas públicas a su alcance para tapar el agujero financiero: la ANSeS, el Banco Central, el Nación y hasta el PAMI. No son, sin embargo, fuentes de financiamiento inagotables y todo el mundo percibe imprescindible encontrar otras, incluido el crédito internacional.

Detrás de eso anda Boudou, ahora en la reunión del G-20 en Estados Unidos. Los gestos pueden alentar expectativas y seguro aceitar la bicicleta financiera que aquí circula a todo vapor, pero la pirotecnia sola no alcanza. Faltan todavía los hechos concretos. Más cuando la confianza en el Gobierno escasea y todo es puesto en duda: pasa, justamente, entre aquellos a los que se quiere seducir.

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