Neuquén se devora a sí misma

El proceso de construcción del Estado ha consumido 50 años de hidrocarburos, un recurso no renovable. En todo esto tiempo, el único edificio alternativo que se construyó es de papel: está formado por ladrillos hechos de discursos. El gobierno de Sapag comienza su etapa de achique del gasto público, inexorable ciclo que sigue a las crisis de derroches.
La provincia de Neuquén tiene un Estado. Y el Estado tiene en Neuquén una costumbre: devorarse a sí mismo.

Es dueño de una renta económica alta, producto de las regalías de los recursos petroleros y gasíferos, un recurso natural no renovable. Y de los impuestos, y movimientos económicos varios que produce esta actividad central del sector económico energético.

No renovable quiere decir eso: que se termina en algún momento y jamás (nunca) se lo volverá a tener.

Neuquén y su Estado han vivido con esa espada de Damocles toda su vida de provincia, que apenas supera los 50 años. La edad en que la mayoría de las personas ha definido y muchas veces agotado sus proyectos personales más importantes.

La dirigencia iniciática de Neuquén había previsto el tema de lo "no renovable". Por eso había determinado, como política de Estado, que los recursos provenientes de esa gracia de la naturaleza con vida finita, se aplicaran en la creación de otros recursos, generados por la conjunción del trabajo y la creatividad de los hombres.

Pero el Estado neuquino no cumplió casi nunca ese mandato inicial. Lo proclamó, lo disertó, lo disimuló, lo escondió, lo hizo ir y volver, lo disfrazó. En fin: 50 años después, el recurso se ha achicado, no solo aquí, sino en muchas partes del mundo.

Lo que más ha crecido en este tiempo en Neuquén, ha sido el propio Estado, a contramano de la reducción de sus reservas naturales, y del concepto que establecía que esos recursos finitos, se aplicaran al desarrollo de infraestructura, de producción, de generación de trabajo, en fin: de economía.

Neuquén es como Saturno en la dramática pintura de Goya: se come a su hijo. Lo alimenta, lo cría, lo abastece, lo sobredimensiona, y por último se lo come.

Quienes están fuera de esa relación caníbal, los integrantes de la sociedad "civil", no solo han pugnado por participar de la comida estatista, sino que procuran desarrollarse antes que el mundo se desplome.

No saben de retórica y discursos, porque a diferencia del Saturno estatal, si no producen, sino trabajan, sino crean, sino ahorran, sino invierten, se mueren.

La Neuquén que se devora a sí misma tiene una mirada cruel sobre tales desvelos. "Acá todos viven del Estado", dice, irónica, realista, cínica.

Al mismo tiempo, esa Neuquén se revuelca y solaza en la corrupción de la gran torta estatal: la oposición, porque se hace un festín del producto que otros cocinan, aunque no admite que ya –tras varios años de manejar municipios- no ha innovado demasiado sobre la vieja receta.

El oficialismo, es decir el MPN, porque el tono dramático y la pose de víctima del centralismo, se ha incorporado de manera indisoluble a sus genes pragmáticos, y por ende oscila entre el discurso de la gran distribución para "diversificar" la economía, mientras por el otro lado sigue acopiando números y estadísticas imposibles que demuestran en realidad lo del título de esta nota: la mesa está servida, todos comen de ella, sin darse cuenta que están cenando sus propias extremidades.

Cada tanto, al ciclo "distributivo", le sigue un ciclo "acumulativo". Generalmente, en un país despiadadamente centralista (no importa si gobierna el radicalismo, el peronismo, el neoradicalismo, o el neoperonismo), le sirve a Neuquén para ir a la Justicia y reclamar por regalías mal liquidadas. Es así desde que YPF no es más estatal, y algo se puede discutir: porque antes, cuando según el progresismo estábamos en la gloria, YPF hacía y deshacía, y nadie podía cuestionarle nada, y mucho menos reclamarle.

En la Neuquén de la Tierra Nueva de Jorge Sapag, estamos por asistir a una coyuntura en la que necesita acotar la distribución, y acentuar la acumulación, para recomponer el ciclo. Es un momento donde el Estado neuquino emepenista toma conciencia, una vez más, que se ha comido casi todo su propio cuerpo, y que algo hay que hacer antes que la sangre deje de llegar al exánime cerebro.

Se usarán los mecanismos habituales. Algunos ya se han anunciado. Por ejemplo, la centralización del control del gasto en áreas generalmente dispendiosas (teléfonos, automóviles, alquileres).

Puede tranquilamente deducirse que el paquete fiscal que el gobierno no termina todavía de definir se presentará y no será para cobrar menos impuestos, sino más. También es factible que se refinancien bonos, total un canje es relativamente sencillo si se ofrece una tasa un poco más alta. Y no hay que descartar la presentación judicial casi inexorable, que ya votó como sugerencia la Legislatura: reclamar una deuda por regalías mal liquidadas –un clásico- de entre tres mil y cuatro mil millones de dólares (oxígeno para la próxima gestión de gobierno).

También se reducirá la planta política, que se había inflado hasta límites descalificadores, en muchos casos a costa de dejar "sobischistas" en la casa sin trabajar cobrando igual el sueldo, y poner en su lugar a "sapagistas" estrenando traje, celular, oficina, auto alquilado y –sobre todo- esa inigualable sensación de poder que dibuja sonrisas en los rostros de la clase media estatal neuquina.

Las escuelas serán escenario de otra tenida fuerte del control del gasto. Ya dio una pauta Rolando Figueroa en su disertación sobre el presupuesto 2009 recién aprobado en este mes de septiembre: se van 200 millones de pesos en pagar suplencias y adscripciones. La nueva ministra de Coordinación, Zuma Reina, sentenció que hay casos de cuatro cargos por maestro: es decir, suplente del suplente del suplente: el gobierno meterá mano dura en estos casos, se asegura.

Son menciones creíbles a una realidad que se dispara gracias a la corrupción combinada de funcionarios incapaces y sindicalistas cómplices, que mientras disertan sobre la justicia social y se dibujan consignas en los guardapolvos, aprovechan la distribución del maná estatal para construir sus propias variables de poder dentro del poder.

Así las cosas, se disputará la pelea por el precio del gas y del petróleo. Los gobernadores dicen que están de acuerdo, pero cada uno defiende intereses distintos. Los K siguen tranquilos dentro de la tormenta: en Argentina, que también se devora a sí misma, la oposición política se maneja a cachetazos, y vale más una billetera que la pasión que puede despertar una idea.

Comentá la nota