Dos neozonceras y una propuesta sensata

Por Eduardo Duhalde*

"Nos hacen zonzos para que no nos vengamos grandes."

Arturo Jauretche

Este año se cumplieron 35 años de la muerte de Don Arturo Jauretche, uno de los pensadores más lúcidos y originales que ha tenido nuestro país. Así como Ramón Gómez de la Serna en otro campo, supo elevar el simple juego de palabras a la instancia poética con sus Greguerías, Don Arturo nos legó una categoría político filosófica extraída de la cotidianeidad que hoy resulta ineludible: la zoncera.

El mismo definió a las zonceras como "principios introducidos en nuestra formación intelectual (...) con la apariencia de axiomas, para impedirnos pensar las cosas del país por la simple aplicación del buen sentido". Sin pretender alcanzar su altura de analista y creador, y simplemente como un homenaje, retomo su esquema de pensamiento en estas neozonceras, que nos endilgan hoy como verdades y que, como buenas zonceras que son, no resisten el análisis.

La neozoncera de la muerte del radicalismo y el peronismo. Neozoncera nacida al calor de las recurrentes crisis políticas que periódicamente han atravesado a nuestro país desde el golpe militar de 1976. A veces, es lanzada en tono acongojado (¡lamentablemente...!) y otras triunfal (¡finalmente...!), pero siempre con carácter definitivo: los partidos políticos han muerto.

La muerte a veces llega para ambos al mismo tiempo, y a veces muere uno de los dos, con lo cual se exalta la vitalidad del otro. La UCR murió así en 1930, 1946, 1958, 1966, 1973, 1976, 1989 y en 2001; y el PJ en 1955, 1958, 1963, 1966, 1976, 1983, 1999, y en la últimas elecciones. En tanto que en 1966 y en 1976, ambos partidos fueron declarados muertos por sendas dictaduras militares de las que sólo quedan funestos recuerdos. Los ocasionales enterradores olvidan que los partidos políticos no son el fruto del antojo de los dirigentes políticos o el delirio de algún cenáculo de trasnochados.

Son organizaciones en las que se proyectan imaginarios sociales y orientaciones sociológicas que se validan en la medida en que respondan a causas reales de la vida. Considerados de conjunto, el PJ y la UCR representan los anhelos del pueblo argentino de ejercer la democracia política y vivir en justicia social.

Y, más allá de algunas experiencias de partidos con otras raíces que han tenido relativo éxito en las urnas, esencialmente existe en la Argentina un sistema bipartidista no demasiado original: Europa lo tiene, formado grosso modo por socialcristianos y socialdemócratas y también Estados Unidos con los republicanos y los demócratas.

Puede ocurrir que una elección determinada -la presidencial de 2003, por caso- muestre a uno de ellos en posición muy débil: la UCR, luego de la frustrante experiencia de la Alianza, hizo la peor elección de su historia. Sin embargo, en Córdoba, en la escala institucional de la vecindad, que es donde se expresan con contundencia los sentimientos populares, casi el 90% de los municipios está gobernado por representantes de la UCR o el PJ, cifra que a nivel de país es de casi el 80%. Esta sola referencia, reinante durante décadas, es demostrativa de la absoluta zoncera que es afirmar la muerte de los partidos políticos.

La neozoncera de que el radicalismo no puede gobernar. Esta neozoncera está entre las más repetidas no sólo por algunos formadores de opinión, sino, lo que es más lamentable, entre integrantes de ambos bandos. Dice que la UCR no puede gobernar y que sólo el PJ garantiza la gobernabilidad. Veamos: los radicales -Yrigoyen / Alvear / Yrigoyen- gobernaron entre 1916 y 1930, el período más largo en el que un mismo partido político se mantuvo en el poder mediante sufragio libre. Y hubieran continuado de no haber sido derrocados por un golpe militar. Arturo Illia gobernó entre 1963 y 1966, cuando fue desplazado por otro golpe militar, y Raúl Alfonsín gobernó entre 1983 y 1989. Frente a esta realidad, los neozonzos de turno esgrimen el argumento de la fallida experiencia de la Alianza, que nos llevó a la crisis política, social y económica más profunda de nuestra vida democrática.

Se trata, en este caso, de una neo zoncera particularmente negativa, porque si fuera cierto que la UCR no puede gobernar, el PJ debería asumir una responsabilidad casi intolerable y despertaría pretensiones hegemónicas de alto costo para la sociedad argentina. Peor aún, de ser verdad que sólo el PJ garantiza la gobernabilidad, el carácter hegemónico que ello implicaría imposibilitaría cualquier acuerdo. La fuerza política que se convence de que sola puede resolver los problemas del país, y, por tanto, descree de todo pacto y consenso político, deja fuera de la agenda cualquier construcción de políticas de Estado, algo que la Argentina precisa tanto como el aire que respiramos.

Acuerdos del Bicentenario. Frente a la pobreza conceptual e ideológica de las alternativas que proponen las dos neozonceras que hemos analizado -y que lamentablemente están lejos de ser las únicas- surge desde distintos sectores de la sociedad una propuesta preñada de sensatez que, como no podía ser de otra manera en los confusos días que vivimos, corre el riesgo de perderse en el tumulto: la de los llamados Acuerdos del Bicentenario.

En nuestro país, la discusión sobre los pactos es singular: a la par de que suele atribuírseles una finalidad espuria, siempre se vuelve -al menos desde 1983- al ejemplo de los Pactos de la Moncloa. Pregunta: ¿Qué impide que los argentinos suscriban pactos similares a los que tanto alaban cuando ven que los hacen otros? Respuesta: las tendencias hegemónicas, presentes incluso en el gobierno de ese gran demócrata que fue Raúl Alfonsín, cuando se jugó con la idea del "tercer movimiento histórico". Tendencias que siguieron vivas durante el gobierno de Carlos Menem con el intento de la "re-reelección" y que han estado también en el actual gobierno, que pensaba sumar un Kirchner más otro Kirchner, más...

Creo que ha llegado la hora de que gobernadores, legisladores e intendentes se reagrupen de acuerdo a sus convicciones originarias para iniciar por separado, pero alumbrando consensos, la marcha hacia políticas de Estado. Desaparecidas las hegemonías -expresadas en grandes liderazgos- hoy, el terreno es más fértil para avanzar en la concreción de estos acuerdos, que imagino plasmados en 2011, para que el próximo gobierno constitucional pueda contar con la más contundente herramienta de gobernabilidad que haya tenido nuestra historia.

El complejo escenario actual es, también, un buen momento para acordar un nuevo sistema político mejor balanceado. Ese nuevo sistema es impensable sin nuestros partidos tradicionales, a los que seguramente hay que sumar: el socialismo y la nueva fuerza de centroderecha. Allí se debe constituir el núcleo duro, el primer anillo que proteja estos consensos básicos. Pero decir que la Argentina es bipartidista en lo político no significa que allí se acaban las representaciones de peso. También están los medios de comunicación -no puedo dejar de mencionar que en el momento en que escribo está en discusión una ley para regularlos teñida del más puro y duro hegemonismo- cuyo acompañamiento se requiere para funcionar como un segundo anillo protector de las políticas de Estado. Finalmente, el tercer anillo no puede sino ser constituido por la sociedad civil, a través de sus organizaciones de índole sindical, empresarial, de las organizaciones no gubernamentales, de las iglesias representativas de la fe de los argentinos.

Así, y sólo así, podremos arribar a un pacto que garantice, más allá de las circunstanciales victorias y derrotas electorales de unos u otros, un horizonte de previsibilidad en el tiempo, imprescindible para cualquier cosa que los argentinos llamemos crecer, mejorar, avanzar. Lo otro, son neozonceras, pero zonceras al fin de cuentas.

*Ex presidente de la Nación.

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