Neokeynesianos que no son keynesianos

Por: Horacio Tomás Liendo

Las crisis obligan a volver la mirada al más notable economista del siglo XX. Pero no necesariamente para concluir en sus mismas recetas, sino para reflexionar sobre la realidad como él lo hacía, sin atenerse a los preconceptos establecidos, resistiéndose a la comodidad de no pensar, ya que si resulta más fácil seguirlos que cuestionarlos, es muy peligroso para millones de personas que quedan encerradas en el círculo vicioso de la depresión.

Internacionalmente, los países han anunciado y están ejecutando programas de asistencia a sus economías que incluyen fuertes emisiones de deuda y de dinero para auxiliar bancos, compañías de seguros, empresas industriales o de servicios. Pueden hacerlo porque más allá de las naturales fluctuaciones de valor de sus monedas, perturbadas además por la crisis, tienen moneda, y más allá de las variaciones en las tasas de interés, tienen crédito público.

Lamentablemente, en nuestro país la moneda fue destruida y el crédito público, defraudado. Ni siquiera la circulación voluntaria de la moneda extranjera, sustituto espontáneo buscado por la población, se salvó de la destructiva acción estatal, por obra y gracia de la pesificación. Tampoco el ahorro privado de corto, mediano o largo plazo pudo sortear la voracidad fiscal, como lo demuestra en su más reciente atropello el avance sin obstáculos del proyecto oficial para eliminar el sistema de capitalización jubilatorio y volver al de reparto, destruyendo el mercado de capitales y 14 años de esfuerzo.

Así, de la mano de los autoproclamados neokeynesianos, se destruyeron uno a uno los instrumentos para hacer keynesianismo cuando es necesario. La prédica ideológica contra la deuda externa primero y, habiendo emitido deuda indexada, la manipulación del INDEC, luego, minaron la confianza en los bonos del Estado que cotizan a paridades ridículas y tienen rendimientos astronómicos cuando sabemos que la tasa de interés es directamente funcional al nivel de actividad económica y que en una recesión se deben inducir los intereses a la baja y no a la suba.

Resultado: ante la ausencia de moneda y crédito, el Estado impulsa en plena recesión un enorme superávit fiscal para afrontar los próximos vencimientos, cuando debería proponerse lo contrario.

Con su política actual, el gobierno les impide sobrevivir a quienes podrían hacerlo por sus propios medios y está incapacitado de auxiliar a quienes no pueden superar por sí mismos los obstáculos que les impone la crisis. El sistema bancario tiene un comportamiento pro cíclico. La caída de depósitos por la propensión por la liquidez y la compra de dólares obliga a los bancos a suprimir el crédito y cobrar prohibitivas tasas de interés en momentos en que las familias y las empresas necesitan fondos adicionales para sobrellevar la pérdida de ingresos por las suspensiones, despidos, caídas de precios y de ventas. Si el Banco Central alivia la tensión financiera, el resultado sería, incluso, menores niveles de liquidez por el aliento a la fuga de capitales que ello importaría.

Keynes enseñó que para romper el círculo vicioso debemos agregar y no reducir demanda. ¿Cómo hacerlo con las restricciones descriptas?

Primero, eliminando las impuestas para otras circunstancias. Por ejemplo, sigue rigiendo un encaje de 30% para el ingreso de divisas. ¿Tiene sentido? ¿No deberían eliminarse inmediatamente también las retenciones a las exportaciones? Estas son completamente contradictorias en un mundo en el que cada centavo de margen o cada mercado que se pierde es capturado por un competidor ávido. Entonces, supuestamente, las retenciones evitarían que los precios internacionales crecientes afectaran a nuestros consumidores, pero ahora los precios se destrozan y si la producción continúa cayendo, esos mismos consumidores se perjudicarían. Supuestamente financiarían al Estado, pero la caída de ventas lo perjudicaría más que la alternativa de liberar las ventas externas y evitar así una caída mayor de la actividad económica y de la recaudación. Supuestamente eran para compensar la menor productividad de las industrias respecto del campo, pero la caída de precios de los productos primarios y del consumo por pérdida de ingresosperjudicaría más a la industria que el supuesto beneficio del tipo de cambio diferencial. Ni hablar de las restricciones cuantitativas a las exportaciones, los permisos, registros, persecuciones policíacas, etcétera. Keynes exigiría levantar inmediatamente todo el aparato represivo contra la producción y el comercio.

Segundo, alentando la inversión y el consumo. La inversión es un motor esencial para superar la crisis, pero requiere condiciones favorables. Una y principal es infraestructura pública y semipública adecuada y en crecimiento. Ella impone de modo exasperante actualizar las tarifas y, en todo caso, subsidiar solamente a los sectores bajo la línea de pobreza.

Si la regla cambiaria es la flotación, asumamos sus consecuencias. Así como sosteníamos que el Banco Central no debía comprar dólares más caros que lo que valdrían en un mercado libre, tampoco debe venderlos más baratos de lo que valdrían en un mercado libre. El valor del dólar recuperará su equilibrio y las tasas de interés bajarán, reapareciendo la liquidez. La liberación del dólar implicaría la de las reservas, que si no se usan para especular en el mercado, podrían emplearse para completar el programa financiero y respaldar la deuda; su recuperación aumentaría la riqueza nacional, la solvencia de los bancos y el ingreso de capitales. Pero debemos, en cualquier caso, salir de la confusión actual de la agonía administrada que sólo tiene costos y ningún beneficio.

Si el motivo del alejamiento del FMI ( coinspirado por Keynes) fueron sus alegadas recetas recesivas, la posibilidad de obtener fondos de una recompuesta relación tendría ahora claros efectos expansivos.

Una verdadera visión keynesiana permitiría la inversión, el consumo y las exportaciones, y también permitiría atender las necesidades del desempleo y la pobreza recurriendo incluso, si fuera necesario, a la emisión de moneda o deuda, pero para poder hacerlo sin provocar un descontrol de la inflación, el tipo de cambio debería ser libre y no deberían reprimirse sus efectos sobre los precios locales de la comida y la energía, atendiendo a los sectores carenciados con subsidios directos. Lamentablemente, los neokeynesianos no son keynesianos y seguramente, provocarán, como ya lo hicieran en 2002, una depresión económica.

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