El negocio de la política

Históricamente las sesiones del Concejo Deliberante de Madryn caen abruptamente de nivel de debate cuando no deben analizar transacciones posibles o negocios vinculados al Estado y a la administración de lo público.
No se sabe por que extraña razón hay negocios que se debaten acaloradamente, y otros no. Hay sesiones de tierras que se ponen en la lupa, y otras no. Hay excepciones al Código de Planificación Urbana que se resisten, y otras no. Lo que si se sabe es que después del debate todo sigue su camino y en el 99,9 por ciento de los casos, se aprueba.

Si no, basta con que el lector se remita a los archivos legislativos de los últimos años y podrá comprobar quien tuvo la última palabra en muchas decisiones que se cuestionan aún en voz baja por las calles.

Para colmo, los períodos particularmente políticos (léase campañas) contribuyen bastante en generar espacios para "plantar" proyectos que al ser cuestionados, permite defenderlos a costa de discursos partidarios, atribuyendo las observaciones a una cuestión "política".

El origen de la política, tal como la concibieron los griegos, "es la actividad humana tendente a gobernar o dirigir la acción del estado en beneficio de la sociedad" toda, no de algunos (aunque esta última parte se lea casi siempre en griego). Es el proceso orientado ideológicamente hacia la toma de decisiones para la consecución de los objetivos de grupo (no de un grupo). Sin embargo, desde hace algunos años, la práctica política oficial nacional reinante, no sólo aspira a administrar bien los intereses públicos sino a hacer negocios con dineros o propiedades del pueblo, en todo caso sin preguntarle a sus gobernados si alguna vez pretendieron que el "elegido" se convirtiera no sólo en el administrador sino también en el empresario de todos. Una tendencia peligrosa si no existen mecanismos paralelos de consenso donde apoyar o descartar estas ideas comerciales por más buen empresario que sea al que le toque el sillón.

Ayer un despacho permitió ratificar el convenio que firmara la Municipalidad de Puerto Madryn con la empresa Madul SRL por nueve votos a favor (el oficialismo más el Polo Social). Por supuesto no sin antes dejar lugar a una acaloradísima discusión que se produjo porque la Municipalidad le otrogará un predio de 60 mil metros cuadrados más la extracción de árido de los cuencos del nuevo basural, para la instalación de una fábrica de asfalto a la empresa Madul S.A. a cambio de "un servicio de dos horas diarias de trabajo de una máquina"

En esa empresa tendría intereses el dirigente radical Aldo Malaspina, quien es uno de los oferentes que disputa la licitación para pavimentar 200 cuadras dentro de la ciudad y que además aún mantendría una abultada deuda con el Banco del Chubut en el que posee participación el Estado (por más de 9 millones de pesos). Pese a todo, la Municipalidad decidiría facilitar el negocio a cambio del servicio. (Ver Páginas 2 y 3). Increíblemente la defensa desde el oficialismo a esa extraña transacción, a cambio de un servicio tan básico como de "dos horas de máquina" fue absolutamente política. Se destacó que al radical se le ocurrió resistir la operatoria municipal porque un día antes el Frente Para la Victoria había criticado duramente la gestión del anterior gobierno. Lo que no se entendió bien es que si así fuera y si se trata de una cuestión política ¿porque al radical se le ocurriría discutir un negocio que beneficiaría a otro radical (en este caso Malaspina)? Lo cierto es que sin quedar muy conforme nadie, la cosa se cerró y así será por ahora.

Como para completar la rueda de negocios, otro de los temas que se debatió y que implicará amplio análisis, recae en el destino que se le dará al sitio del ex Rancho Cucamonga. Una licitación ambiciosa y casi a medida dicen algunos, que además se pretende comprometer por diez años, cinco más que lo habitual para espacios costeros públicos. En fin, decisiones del Estado que debemos atender de cerca para acertar o errar pero siempre lo más democráticamente posible, por la salud del sistema y del patrimonio, ¿no?

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