Negociación abierta con final cerrado

No es secreto que desde el primer día que elevó al Concejo el proyecto para regular las inversiones de grandes superficies comerciales dedicadas al rubro alimenticio, Gustavo Pulti se definió por "regular para proteger al mercado y el trabajo locales" pero sin caer en el exceso de "prohibir" ni de "impedir" que otros puedan venir a General Pueyrredon para desarrollar actividades.

Así planteadas las cosas, el espíritu de aquel proyecto era "regulatorio" y hasta "restrictivo", porque impedía a las grandes cadenas de hipermercados y supermercados abrir locales en el microcentro y en las zonas más pobladas del ejido, donde ya están instaladas otras, de capital local.

Si las grandes cadenas quieren invertir en General Pueyrredon tienen que instalarse en las afueras, pregonaba el proyecto de Pulti.

Los concejales de la oposición tuvieron la oportunidad de mejorar la letra sin cuestionar ese espíritu de "protección a lo local", que anidaba en el proyecto original y que todos, oficialistas y adversarios, apoyaron. Era cuestión de ajustar cálculos de metros cuadrados y zonas para aumentar el grado de "protección a lo local" y el texto podría haber salido por amplio consenso y hasta por unanimidad. De hecho, todavía hoy, con las posiciones extremas a las que se ha llegado, no es impensable un acuerdo en base al grueso del texto redactado por las comisiones y votado en el recinto el jueves 9.

¿Por qué entonces el intendente tuvo que llegar en estas horas a la incómoda posición de tener que echar mano al recurso del veto para impedir la vigencia de una ordenanza que "no cierra"? ¿Qué es lo que "no cierra" si con el espíritu original están todos de acuerdo? ¿Qué factor extra se filtró por una rendija y terminó por embarrar la cancha? Según la letra escrita de la ordenanza, fue la imposición del recurso denominado "factor de saturación", importado de otras legislaciones, e innecesario si lo que se buscaba era "proteger" a lo ya instalado en el área urbana.

A todas luces parece un exceso que pudo haberse evitado. ¿O no se quiso evitar este final? Se pasó del consenso sobre la necesidad de proteger, a la soberbia de la imposición. De una regulación justa y viable, a una restricción prohibitiva que solamente favorece a los de mente estrecha y cuya aplicación espantará inversores. ¿Acaso Mar del Plata no necesita inversiones que mejoren la calidad de la oferta y que generen fuentes de trabajo en esta y en cualquier otra actividad? Es cuestión de fijar reglas de juego claras para que nadie salga perjudicado, que esa es la tarea del Concejo. En cambio, demonizar la actividad comercial "no local" para caerle simpático a alguien no parece un recurso político ejemplar, amén de que es una pésima señal para el futuro.

Pulti dejará abiertos sus teléfonos hasta el último minuto con la esperanza de recibir alguna señal de que hay voluntad de corregir el exceso y que todavía es posible intentar una redacción consensuada, que contenga las expectativas de todos: no solamente de los concejales de la oposición y de las cámaras y gremios involucrados, sino también de los que tienen trabajo y los que buscan trabajo, de los consumidores y clientes que quieren elegir.

Por formación intelectual y por convicciones políticas, el intendente ha sido siempre un defensor del desarrollo económico. Y el desarrollo está atado a la libertad antes que a las prohibiciones. Nada indica en definitiva que este Ejecutivo municipal vaya a convalidar una norma que impone restricciones tan extremas que -como sugirió el informe del área de Legal y Técnica- probablemente abran la puerta a acciones judiciales contra la Municipalidad activadas por quienes consideren que se les impide instalarse y ejercer el comercio.

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