Necesitamos políticas para amortiguar sequías

Por: Carlos Reboratii

GEOGRAFO (UBA, CONICET)

Las sequías son inevitables, pero no sus efectos. Por eso, la relación con el ambiente no debe ser de degradación sino de equilibrio y sustentabilidad.

En estos últimos dos años, la Argentina está atravesando un período de sequía, especialmente fuerte en el oeste y el sur del país.

A partir de situaciones promedio que marcan las áreas geográficas con mayor o menor cantidad de lluvia anual, se puede ver que las precipitaciones responden a tres escalas de variación a lo largo del tiempo: durante el año, entre año y año y finalmente por ciclos de varios años. Mirando el primer caso, en algunos lugares del país las lluvias están regularmente distribuidas a lo largo del año, en otros llueve fundamentalmente en verano (en el Noroeste) y en otros lo hace más en invierno (en la Patagonia).

Pero no todos los años llueve la misma cantidad, y a veces las variaciones son muy fuertes, en parte debido a la irregular aparición en el Océano Pacifico de la llamada corriente del Niño y de su contraparte, la Niña. En el largo plazo, finalmente, hay ciclos de mayor o menor precipitación. La combinación de estas variaciones temporales y geográficas de las lluvias hace que a veces se produzcan situaciones muy extremas (tanto sequías como inundaciones), por las cuales pasa alternativamente nuestro país. Las sequías son, por sus efectos, especialmente negativas: en general son largas, abarcan grandes superficies y sus efectos perduran durante mucho tiempo. Y esas características se hacen cada vez más evidentes en aquellos lugares donde el clima es más árido: por ejemplo, una sequía en la que llueve el 50% de la precipitación normal es mucho más grave donde el promedio de lluvias es de 300 mm anuales que en donde llueven 1.200.

Las sequías son fenómenos naturales de origen complejo y de gran escala, lo que las hace difíciles de predecir en su magnitud y duración e imposibles de evitar, lo que no quiere decir que haya que tomarlas con fatalismo, sino concentrarse en los sistemas de adaptación y mitigación de sus efectos. El principal problema estriba en que hemos desarrollado una cultura de la abundancia de agua y no de su escasez. De esa manera, la agricultura tiende al monocultivo, la ganadería en buena medida depende de las lluvias para el agua de beber y los habitantes urbanos utilizamos agua sin ton ni son. Todo eso nos acerca a vivir en forma permanente en una situación de riesgo, a lo que están relativamente acostumbrados los productores agropecuarios, pero que es impactante cuando el problema alcanza a las ciudades.

La prevención de los efectos de las sequías incluye toda una larga lista de acciones posibles, tanto en el medio rural como el urbano. En el primer caso incluye desarrollar más las tecnologías de manejo ambiental (control del desmonte, suelos con menos labores, rotación de cultivos y usos) que ayudan a que el suelo retenga mayor humedad, lo que actúa en la agricultura como un amortiguador a la potencial falta de lluvia y para evitar la erosión del viento. También modernizar la ganadería extensiva que todavía cubre buena parte de la Argentina semiárida y que depende excesivamente de las aguadas naturales alimentadas por las lluvias.

El problema del abastecimiento a los núcleos urbanos es que éstos no sólo tienden a crecer, sino que en ellos también aumenta el consumo de agua per capita. Deberíamos concentrarnos en las políticas dirigidas a un uso más racional del agua, tanto por parte del Estado como de los empresarios y los individuos: una disminución del consumo aleja el peligro del desabastecimiento y, además, reduce los costos de potabilización.

Todo esto confluye en un tema muy simple: tenemos que ser capaces de ordenar nuestro territorio para que nuestra relación con el ambiente no sea de competencia, degradación y peligro sino de equilibrio y sustentabilidad. No se trata de ubicar a los culpables de la sequía, sino de lograr que la amortiguación o neutralización de sus efectos sea parte de una política coherente y centralizada. Porque las sequías son inevitables y si se cumplen las predicciones de los que estudian el calentamiento global, su frecuencia e intensidad aumentarán.

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