Es necesaria una convocatoria amplia para impulsar el desarrollo

Por: RodolfoTerragno

ESCRITOR, HISTORIADOR, POLITICO. EX JEFE DE GABINETE Y EX SENADOR

Seis años bastaron, en el siglo XIX, para que nuestros antepasados construyeran -de la nada-una nación. En un período similar, del 2010 al 2016, podemos hacer de esta Argentina sin ilusiones y con una extremadamente irritante desigualdad social, un país de esperanzas.

El lunes comenzará la campaña presidencial de 2011. Sin darse respiro, entrarán en ella quienes acaparen votos, este domingo, en los distritos principales. No obstante, la política argentina es muy volátil, y en dos años pueden pasar demasiadas cosas.

Basta mirar hacia atrás. En 2007, la hegemonía del oficialismo era absoluta. Nadie imaginaba que el gobierno pudiera ser jaqueado; y mucho menos por un movimiento rural. Figuras que hoy son famosas, entonces eran ignotas. El vicepresidente aparecía como un sumiso acompañante, cuya rebelión nadie pronosticaba.

En los dos años que pasaron, el mapa político cambió. Muchos votarán, dentro de 96 horas, a candidatos que 24 meses atrás ni conocían.

Cuando llegue 2011, los actuales protagonistas pueden haber dejado de serlo. Ni ellos ni la gente deberían apresurarse, hoy, a entrar en otro frenesí electoral.

No sólo porque es difícil prever qué liderazgos perdurarán, e insensato descartar que surjan otros. También porque debemos aprender a fijarnos primero en el "qué y cómo"; y sólo después en el "quién".

Las pujas precoces entre precandidatos suelen terminar en grandes desilusiones.

¿Qué país sueña cada uno de los actuales presidenciales, si es que, más allá de sus ambiciones personales, anida algún sueño? ¿Qué capacidad tiene para tornar lo soñado en realidad? ¿Qué instrumentos emplearía para hacerlo?

Mientras la política actual se reduce a una feria de vanidades, la mayoría de los argentinos siente que su vida transcurre en un pozo. No es una mera sensación. Lo confirma el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, que mide a los países según su riqueza, la forma como la distribuyen y lo que invierten en educación, salud y otros bienes sociales. Esa combinación de índices muestra que la Argentina está por debajo de países como Brunei, Barbados o Malta.

Su desigualdad es una de las más altas del mundo. La riqueza argentina, en efecto, es un pastel repartido en trozos tan disímiles que no sólo contrastan con las regulares porciones de Escandinavia, donde brilla la justicia social. Contrastan, también, con las de países donde suponemos que reina la codicia. En Estados Unidos y Gran Bretaña, el 10% más rico se lleva una tajada 9 veces mayor que el 10% más pobre. En la Argentina, esa tajada es 40 veces más grande.

La inseguridad nos es tan grave aquí como la que padecen colombianos, salvadoreños o mexicanos; pero la Argentina registra, de todos modos, una proporción de homicidios que supera a la de Costa de Marfil, Kenya, Malí o Burkina-Faso.

La inversión en distintos rubros -medida como porcentaje del producto bruto-muestra a un país rezagado; mucho más desfavorecido de lo que supone la mayoría de su dirigencia. En salud, invertimos menos que Tonga o Macedonia. Quienes nacen aquí tienen menor esperanza de vida que en Omán, Bahrein y varios países latinoamericanos; la desnutrición es mayor en la Argentina que en Lituania, Libia o Túnez; la mortandad infantil supera a la de Chipre, Eslovaquia o Grecia.

Lo que destinamos a la educación está por debajo de lo que dedican Eslovenia, Estonia, Letonia o Belarus. La ciencia y técnica no está mejor: dedicamos, a investigación y desarrollo, menos que Belarus, Ucrania o Túnez. Nos privamos, así, de aprovechar mejor la base científica y los recursos humanos que vienen de mejores épocas. Los argentinos obtienen nueve veces menos patentes que los armenios y veinte veces menos que los kazajstaníes.

El consumo de energía por habitante es inferior, en la Argentina, al de Libia o Suriname; y también al de Chile. No por eso la contaminación es menor. Aquí las emisiones de dióxido de carbono son superiores a los de esos tres países. Estos datos surgen del Informe sobre Desarrollo Humano 2007-2008 (http://hdr.undp.org/en/media/HDR20072008SPComplete.pdf).

Todo político debe analizar ese panorama, para luego imaginar soluciones. Sin ellas, nadie podría ofrecerse, con dignidad, para comandar la Nación.

A la vez, los ciudadanos que estén en condiciones de aportar ideas -cada uno desde su lugar- deberían someterlas a la consideración de tantos interesados como fuere posible.

Es muy fácil, pero innoble, quejarse de la política -banal y vacía de propuestas- pero no hacer algo para forzar un cambio.

Por mi parte, en el período que se abrirá el lunes próximo, tomaré un papel activo. Promoveré el Plan 10/16, que idealmente debería ejecutarse entre el Bicentenario de Mayo y el Bicentenario de la Independencia. Seis años bastaron, en el siglo XIX, para que nuestros antepasados construyeran -de la nada- una nación. Un período similar debería alcanzarnos para hacer, de esta Argentina sin ilusiones, un país de esperanzas. No un país perfecto. La perfección es un horizonte, que se corre cuando uno avanza. Ninguna sociedad está satisfecha; y es la insatisfacción la que hace prosperar al mundo. Por lo demás, aun las economías más avanzadas sufren crisis periódicas; y aun las sociedades más solidarias tienen injusticias. Pero los países ricos soportan mucho mejor las crisis; y allí donde hay solidaridad las injusticias se reparan o compensan más rápido.

En la vida ordinaria, el desarrollo dignifica y exime de esas penurias que sólo padecen las naciones atrasadas. Claro que la Argentina no se desarrollará de la noche a la mañana. Tomará años y demandará bríos. No obstante, un crecimiento sistémico rendirá frutos tempranos y mejorará rápidamente las condiciones en las cuales vive la mayoría.

Un plan que vaya de 2010 a 2016 tiene una ventaja: toma el final de este período presidencial, todo el que viene y el inicio del subsiguiente. A menudo se dice que el país necesita "políticas de Estado": planes que no se interrumpan al primer cambio de gobierno. Pero nadie pone ideas sobre la mesa e invita al consenso. Eso es lo que procuraré, junto a un grupo de buen voluntad, dispuesto a poner creatividad y esfuerzo. El plan se asentará sobre ciertas ideas básicas, pero no será un libro cerrado. Partirá de ciertos interrogantes que le será planteado a un universo integrado, entre otros, por: políticos, intelectuales, juristas, economistas, científicos, técnicos, empresarios, trabajadores, universitarios, sociólogos, educadores, sanitaristas (en todos los casos, sin distinción de género) y ONGs dedicadas al perfeccionamiento institucional, la justicia y la transparencia. Estos son algunos de lo interrogantes básicos, sobre los cuales sólo tenemos respuestas provisorias. Las definitivas hay que esperarlas de la interacción entre expertos pertenecientes a distintas disciplinas:

¿Cómo redistribuir ingresos sin desalentar la inversión?

¿Cómo aumentar la productividad sin causar desocupación?

¿Cómo reducir los impuestos al consumo sin desfinanciar al Estado?

¿Cómo mantener un tipo de cambio competitivo sin provocar inflación?

No existe plan cuando no se prevé el modo de contrarrestar los (inevitables) efectos colaterales de las decisiones políticas. El Plan 10/16 debe ofrecer un programa que concilie, entre otras cosas, ésas: justicia social con inversión; productividad con pleno empleo; menor carga impositiva con equilibrio fiscal; competitividad con estabilidad. La concordia entre tales virtudes es, en definitiva, lo que caracteriza a las economías más eficientes.

Sobre la base de una democracia afianzada, disponiendo de un notable potencial económico y contando con la energía de una población motivada, seis años deben alcanzarnos para modelar el país con el cual sueña la mayoría. Esa mayoría que sufre el contraste entre la Argentina que podrían tener y la que tienen.

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