Narco y abortista

Por P. Alabarces.

Tiene razón el Gobierno: el poder de la prensa es terrible. Fíjenselo que logramos desde Crítica de la Argentina: el triunfo moral de Solanas en las elecciones, la caída en picada de Tinelli y, ahora, la expulsión ignominiosa del Fino Palacios

Tiene razón el Gobierno: el poder de la prensa es terrible. Fíjense, por ejemplo, en lo que hemos logrado desde estas contratapas de Crítica de la Argentina: el triunfo moral de Solanas en las elecciones, la caída en picada de Tinelli –ya casi nadie ve ese engendro– y ahora, como remate, la expulsión ignominiosa del Fino Palacios de la policía de Macri. Como en la columna pasada fuimos por Julio Grondona, es de esperarse que consigamos su salida en los próximos meses. (Por las dudas: todo esto es irónico. En el clima paranoico que estamos viviendo, hay que extremar las precauciones para que la lectura no se dispare en cualquier dirección. Aunque, inevitablemente, siempre estaremos sujetos a las interpretaciones dicotómicas: o somos kirchneristas enriquecidos por los sobornos o somos destituyentes admiradores de Biolcati. Y la vida es mucho más compleja que eso).

Lo cierto es que, considerando ese poder, debimos haber apoyado por anticipado el fallo de la Corte sobre el consumo de drogas. Ahora, con el fallo puesto, no podemos adjudicárnoslo. Una lástima: la sentencia es irreprochable y es un rayo de luz entre tanta tiniebla. Y no se trata de devaneos garantistas o audacias jurídicas: es, apenas, la consagración de los derechos individuales que la Constitución prevé. Es decir, un fallo minuciosamente liberal. Muchas posiciones progresistas consisten simplemente en afirmar las tradiciones liberales occidentales: ocurre que este país se acostumbró tanto a llamar liberales a autoritarios recalcitrantes que los liberalismos parecen ultraizquierdismos.

El debate posterior demostró eso. Pocos entendieron que no hubo tal despenalización del consumo sino sólo la indicación de que las acciones privadas tienen protección legal, y de que la legislación argentina, empeñada en seguir los rumbos de López Rega, precisa una discusión profunda. (Dicho sea de paso: los estatutos de la AFA también los redactó López Rega. Algún día habrá que estudiar su obra en algún simposio). El argumento más ridículo, entre tantos, es el que dice que el fallo es correcto, pero no en este momento de presunto desmadre del consumo de drogas, que debe despenalizarse el consumo pero sólo si hay instituciones disponibles para reencauzar al adicto. Es como aprobar el matrimonio homosexual sólo si hay terapeutas disponibles para reconvertir a los y las gays. El debate sobre las drogas –si es que a esto se le puede llamar debate– está dominado por convencionalismos e ignorancias. Uno de los lugares comunes favoritos es el que vincula adicción con delito: "Se drogan y te matan", por ejemplo, lo que no está probado científicamente. (Digamos: si no se drogan también te pueden matar, como Videla o Franchiotti). O "roban para pagarse droga", lo que es equiparable a "roban para comer", pero sin que eso redunde en la prohibición de la pobreza. Es decir: el consumo está sistemáticamente asociado al delito, lo que por desplazamiento redunda en la penalización del consumo. Pero esa relación no tiene prueba científica, como sí la tiene la que hay entre tabaco y cáncer: a pesar de eso, las tabacaleras siguen intactas. El debate sigue dominado por Fleco y Male, los personajes del inefable doctor Miroli: lugares comunes y tonterías dominadas por la paranoia, todo recubierto por un disfraz levemente cientificista.

Yo soy un adicto, pero al tabaco: he abandonado la marihuana con una facilidad pasmosa –me hace mal, no sé por qué extraña reacción de mi estómago–, pero el cigarrillo me resulta invencible. Conozco, aunque no creo en ellas, las tradiciones que ligan drogas y creación artística: la expansión de la percepción como supuesta vía de acceso a los universos de la creatividad. Creo que el paco hace estragos: pero que eso se soluciona con drogas legales y de buena calidad, abaratadas por su legalización. Y que el refugio en el paco de tanto pibe quemado no es experimentación creativa ni camino al delito: es refugio frente a la violencia social que los expulsa de la educación, del trabajo y de la vida. La solución a eso no es el prohibicionismo sino la democratización del ingreso. Y también creo –y no es sólo creencia, sino información– que el tráfico clandestino sería imposible sin la complicidad policial y política. Y que justamente la despenalización cortaría ese circuito clandestino, que acarrea dosis inusitadas de violencia, colombiana, mexicana o bonaerense.

Las voces represivas siempre dicen "lo que pasaría" si despenalizáramos. Yo prefiero señalar lo que pasa real y actualmente: la represión del consumo ha conseguido más consumo, más violencia y más corrupción. Por lo menos, concedamos que los caminos que sugiero no han sido explorados. Y que si nos pensamos como democracias liberales y occidentales, nuestras agendas deberían ser más tolerantes. Por eso, ahora, tenemos que ir por el aborto.

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