La naranja mecánica

Por Pepe Eliaschev

Aunque la resignación se vista de tole-rancia, no consigue ocultar la mortificación que se siente en la calle, como si una nube de fatalismo sobrevolara la piel nacional.

Aunque la resignación se vista de tole-rancia, no consigue ocultar la mortificación que se siente en la calle, como si una nube de fatalismo sobrevolara la piel nacional.

Lo violento, dañino y desordenado es metabolizado como si fuera el producto de un tsunami o un meteorito, igual que el famoso “me cortaron las piernas” de Maradona. Cada vez más gente renuncia a sorprenderse de los evidentes síntomas de desagregación y oscuridad social.

Hace ya mucho que las secciones deportivas de los medios, por ejemplo, cubren noticias del micro gangs-terismo de las barras bravas junto a resultados y notas a jugadores y técnicos. Se ha naturalizado el bandolerismo de tribuna. Apartados de la crónica roja, amenazas, vandalismo y actividad criminal se insertaron en la vida deportiva, legitimados por la anestesiada sensibilidad de la población, a la que ya nada la sorprende.

Las barras bravas no son hinchadas futbolísticas compuestas por gente efusiva. Organizaciones autonomizadas del fútbol, devinieron en bandas lumpen, dispuestas a contratos de todo tipo. Gravitan, habitualmente, en torno de agrupaciones gremiales, o directamente operan para dirigencias sindicales. Audaces, violentos y desaforadas, son algo más que mero folclore, excrecencia del deporte sencilla de extirpar.

Estos pequeños grupos feroces no son algo simple y aislado. Sus desmanes y criminalidad, menor pero no irrelevante, desnudan la pésima relación de la Argentina con la legalidad.

La naranja mecánica, genial y devastadora película que Stanley Kubrick estrenó en 1971 pero sólo pudo verse en la Argentina en 1985, cuenta la peripecia de una pandilla de adolescentes criminales, desprovistos de todo criterio moral, y ajenos a cualquier preocupación por valores humanos. Sádicos, banales, crueles y cínicos, los jóvenes malhechores, acaudillados por el personaje interpretado por Malcolm McDowell, viven ejerciendo un vandalismo extremo y permanente.

Las acciones de estos tóxicos muchachos podrían iluminar el bandolerismo urbano al que Buenos Aires y la zona metropolitana se han ido acomodando. Convivimos con ese nihilismo citadino de muy ácidas características, encarnado en las penosas exhibiciones de alcoholismo y autodestrucción vistas en esa nueva joya de nuestra contemporaneidad, la llamada “noche de San Patricio” en los bares de la zona de Retiro.

Los vínculos cruzados entre conductas grupales violentas y la movilización política no son escasos y sus aspectos confusos tienden a procurar (y conseguir) una legimitación pavorosa. Esas manifestaciones de agresividad (que superan en mucho al mundo del fútbol) reverberan en la vida cotidiana ante los eventos más dispares.

En su indispensable libro Terroristi italiani. Le Brigate Rosse e la guerra totale. 1970-2008 (Rizzoli, Milán, 2008), Luigi Manconi habla de la “ritualización vacía” de la movilización política producida por las barras bravas y subraya lo que denomina “formas irregulares y desviadas de la acción colectiva”.

Esa acción colectiva espasmódica y vociferante se viene registrando en la sociedad argentina como inocultable rutina. Empapa el pensamiento y accionar de grupos que, absolutamente desilusionados de las posibilidades y eficacia del Estado de Derecho, retornan una y otra vez al petitorio enfático y prepotente.

Se valen de un mecanismo que asume y potencia al infinito la noción de antagonismo social, enésima confirmación de que la Argentina no ha resuelto su problema de vinculación con la legalidad, palabra que suscita hoy sarcasmo y vituperio, más que respeto y temor.

Atragantada por los largos años de oscuridad y violencia con los que convivió (en muchos casos sin conflicto alguno) un tramo grande de la sociedad, la Argentina se ilusiona con una permisividad supuestamente libertaria. Todo lo que se contrapone mecánicamente a la arbitra-riedad de aquel país envuelto en las sombras, es automáticamente virtuoso y aconsejable.

Cuando los hechos de violencia, desorden ruinoso y prepotencia callejera son demasiado evidentes para ser negados, este mismo pensamiento se escuda en una reticencia ambigua y deliberada, como si, de ese modo, consiguiera despegarse de criterios explícitamente antidemocráticos, cuando en definitiva refuerza la lógica transgresora de los rupturistas.

Emerge, así, la doctrina de la visibilidad: la legalidad debe ser violentada, alegan, como único método de patentizar la injusticia, comportamiento ilegal que se autojustifica en función de la emergencia. Dice Anconi (sociólogo, ensayista, dirigente político “verde” y subsecretario de Justicia durante el gobierno de centroizquierda de Romano Prodi): “el área de la extra legalidad presenta fronteras desdibujadas, oscilantes entre el ejercicio de un derecho y el abuso del mismo”.

En la Argentina, la saga interminable de comportamientos transgresores ha ido acumulando una nada desdeñable capacidad de bloquear el entero sistema de vida cotidiana. Calles, puentes y fronteras han dejado de ser espacios donde el gobierno de la ley se ejerce en toda su potestad, para convertirse en escenarios en disputa donde el Estado retrocede y termina arreglando, como cuando un patru-llero policial (siguiendo órdenes de la Casa Rosada) corta una calle o un peaje para garantizar que 30 o 40 personas se manifiesten.

El bloqueo de la vida normal es, así, la normalidad cotidiana hoy. El poder responde a acciones desmesuradas que afectan esencialmente a quienes nada pueden hacer para efectivizar el reclamo, enarbolando una cínica “descriminalización” que ha sumergido al país en una burbuja de relativismo: todo es posible y siempre hay una excusa para convivir con la infracción.

Esta ecuación terrible revela que se ha roto la capacidad social de negociar de manera positiva y pacífica. Enaltecidas la coerción y la extorsión, los “barras” amenazan de muerte a los jugadores de su club si no ganan o descienden. Grupos segmentados cortan calles o escrachan lugares si su petición no es obedientemente acatada. Los maestros dejan de dar clase. La Gendarmería protege a los corta-puentes de esa nación aparte en que se ha convertido Gualeguaychú. Las demandas más extremas, y también las más razonables, revelan el pulso de una sociedad individualista y agnóstica.

Sobre esta dolorosa corteza vivencial adquiere relieve la conducta del actual poder político argentino y su doctrina de necesidad y urgencia. La lección del kirchnerismo es, en este sentido, particularmente dañina e infecciosa: todas las leyes y las normas siempre pueden ser doblegadas al servicio de “proyectos” y “modelos”. Así aleccionada, la sociedad profundiza sus propios hábitos hoscos y arbitrarios, en camino a un estilo de vida cada vez más agresivo y violento. Pobre Argentina.

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