Ya nadie sabe adónde fueron a parar las lectoras de iris de la Legislatura

El día cuando alguien se dedique a escribir la historia de la Legislatura del Chaco, una anécdota infaltable será la de las máquinas lectoras de iris que Carlos Urlich compró y presentó como el santo remedio para las trapisondas de algunos empleados legislativos que se hacían marcar sus tarjetas de entrada y salida mediante favores de compañeros de trabajo. En realidad, resultaron un fiasco en el que el Estado quemó más de 30.000 pesos/dólares. De los equipos hoy no queda ni el rastro.
La adquisición e instalación de la promocionada tecnología fue un fracaso, al punto que durante los meses cuando funcionó accidentadamente, el personal finalmente tenía que registrar su ingreso y egreso haciéndose leer el iris, pero también marcaba tarjeta ante lo inseguro que era el sistema nuevo.

Promesa de salvación

La idea de comprar un sofisticado sistema para controlar la asistencia del personal legislativo fue anunciada por Urlich en 2001, ya en lo más profundo de la recesión económica argentina. En diciembre de aquel año el diputado radical le reveló a NORTE que pensaba comprar equipos que iban a permitir controlar la entrada de los empleados legislativos mediante un lector de huellas digitales.

El anuncio significaba poner a la Cámara de Diputados del Chaco casi a la altura del Pentágono norteamericano, o de esas películas de espías en las que los sujetos ponían sus manos sobre un censor y atravesaban puertas que se abrían y cerraban automáticamente. En realidad, lo que terminó sucediendo fue más digno de un capítulo del Súper Agente 86.

Al cabo de unos meses, Urlich cambió de idea y dijo que, en lugar de un lector de manos, iba a adquirir un lector de iris. Es decir que cada empleado iba a tener que poner uno de sus ojos frente a un visor computarizado que iba a identificar de ese modo de qué agente se trataba y a qué hora estaba ingresando en su labor diaria o saliendo de ésta, aprovechando el hecho de que la fisonomía de cada iris es única y no hay dos personas que los tengan iguales.

Urlich decía que de ese modo se iban a terminar las marcaciones de favor entre compañeros de oficina. Además, estaba fresco el escándalo nacional que se desató cuando se supo que dentro de la Legislatura había escondido un viejo reloj marcatarjetas que algunos empleados usaban para hacer figurar asistencias puntuales en días cuando en realidad llegaban muy tarde o directamente no iban a trabajar.

Final infeliz

Por todo eso, la noticia de la compra tuvo un cierto consenso social, aunque una revista de circulación nacional había dicho que la Legislatura del Chaco había pagado por los equipos un valor muy superior al de mercado. Urlich negó que fuera así.

Lo que vino después fue desalentador. Los lectores de iris se montaron, con muchas dificultades, en los pisos del ex Banco del Chaco que ocupa la estructura legislativa y en el anexo parlamentario de la calle José María Paz. "Tenían muchos problemas. A mí me leía cosas distintas según cuál ojo me leyera, y también variaba la cosa si tenía puestos los anteojos. Al final, lo que hacíamos era marcar las tarjetas también, para asegurarnos de que no figurara después cualquier cosa en los registros de entrada y salida que cargaba la computadora", contó a NORTE un trabajador legislativo al recordar la experiencia.

Tiempo atrás, el ex diputado radical José Wajsfeld quiso averiguar qué había sido del sistema, y por nota pidió que se le informara cuánto había costado instalar ese método de control de personal, a quién había sido comprado, si se compulsaron precios con otros oferentes como para elegir la opción más barata, si los equipos funcionaban y si no era así por qué razón el sistema no estaba operativo.

Nadie le contestó, de modo que insistió, hasta que se le dieron sólo algunos datos. Por ejemplo, se le dijo que el equipo había sido comprado a Ecom Chaco por 33.100 pesos, y que el 30 de julio de 2002 comenzaron las pruebas del sistema, que quedó a punto teóricamente el 5 de diciembre de ese año. Pero "a partir de allí surgieron diversos problemas técnicos", decía el informe.

El reporte mencionaba los siguientes inconvenientes: "Varias imágenes enroladas que no eran captadas por la lectora de iris, desconfiguración de las cámaras de video en forma reiterada, inconvenientes para disponer las bajas y altas de los agentes". O sea, una inversión inútil.

Hoy, en la Cámara, nadie sabe qué fue de las computadoras, de los sensores y del software. Paradójicamente, las lectoras de iris quedaron escondidas a los ojos de todos.

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