Ya nada será igual en la vida de los Obama

Peter Baker

The New York Times

CHICAGO. Hace un par de semanas Barack Obama se encaminó hacia la peluquería Hyde Park para cortarse el cabello. Saludó al personal y a los otros clientes y se sentó en la misma silla, delante del mismo peluquero que le ha cortado el cabello durante los últimos 14 años.

Pero esta semana, cuando quiso volver a cortarse el pelo, el Servicio Secreto echó un vistazo a las grandes vidrieras del negocio y a los deslumbrados turistas ansiosos de ver al presidente electo y el plan cambió de inmediato. Si Obama ya no podía ir a su peluquero, el peluquero tendría que ir a cortarle el cabello en el departamento de un amigo.

La vida del presidente electo y de su familia ha cambiado para siempre. Ni siquiera los límites de seguridad establecidos durante la campaña pueden compararse con la burbuja que lo ha envuelto en los 11 días transcurridos desde el momento de la elección. "Renegado", como lo llama el Servicio Secreto, vive ahora dentro de los estrictos límites que impone el cargo más poderoso del planeta.

Ha preferido pasar este intervalo hasta su asunción, el 20 de enero, en su casa de Hyde Park, que en ciertos aspectos fue convertida en una fortaleza para su protección. Después de dos años de discursos y actos políticos diarios, Obama se ha recluido casi como un ermitaño, escondiéndose del público y sólo localizable cuando lleva a sus hijas a la escuela o cuando sale para hacer ejercicio en el gimnasio del edificio de un amigo.

"Es una tremenda transición personal también, que excede lo que cualquiera podría imaginar", dijo Alexi Giannoulias, tesorero del estado de Illinois y amigo íntimo. "Cosas pequeñas, como ir al gimnasio, ir al cine, salir a cenar con su esposa? nada de eso volverá a ser igual."

Obama está posponiendo ese cambio todo lo que puede al quedarse en Chicago durante la transición. "No pienso pasar mucho tiempo en Washington en las próximas semanas", le dijo a alguien durante un vuelo de regreso a Chicago, luego de una visita a la Casa Blanca. De hecho, permaneció en Washington menos de cuatro horas durante su encuentro con el presidente George W. Bush.

Las consideraciones personales coinciden, además, con los cálculos políticos. Al permanecer en Chicago, le resultará más fácil evitar involucrarse en las decisiones de la administración saliente y servirá para acentuar la sensación de cambio cuando vuelva a Washington como nuevo presidente. Pero, de todas formas, su vida está cada vez más inmersa en las rutinas típicamente presidenciales. Aunque aún no tiene acceso al Air Force One, sí se traslada en una limusina blindada del gobierno, acompañada del vehículo de guerra y otros que pasan los semáforos en rojo mientras se bloquea el tránsito. Aunque el Servicio Secreto instaló hace mucho cercos de cemento alrededor de su casa de Chicago, tras las elecciones amplió el perímetro custodiado en varias manzanas e incorporó perros entrenados para olfatear explosivos.

"Todo ha cambiado -dijo Mesha Caudle, de 45 años, que vive a una cuadra de los Obama-. Es un poquito incómodo tener que dar un rodeo de tres manzanas para llegar a casa. Sin embargo, no me molesta, porque tendré al presidente por quien voté."

Con identificación

Las calles que rodean la casa de Obama fueron cerradas al tránsito. Los residentes deben mostrar su identificación mientras los agentes revisan la lista de personas autorizadas. La sinagoga Isaiah Israel, que está del otro lado de la calle, dio al Servicio Secreto una lista de 2000 miembros y visitantes regulares, que deben pasar una revisión con detectores de metales antes de cada servicio religioso. "En realidad, no es tan molesto como podría pensarse", dijo Linda Ross, directora ejecutiva del templo.

Para Obama, eso implica que ya no puede detenerse tranquilamente en Medici para comprar masas, ni salir de compras con sus hijas en la tienda Brooks. Al menos no sin elaborados preparativos previos. Se las arregló para llevar a su esposa Michelle a Spiaggia, un restaurante italiano situado en el centro de Chicago, el pasado sábado. Durante años han ido allí, en lo que llaman sus "noches de cita".

"Siempre venían sólo ellos dos", dijo Tony Mantuano, el chef y uno de los dueños. "Ahora son ellos dos y 30 agentes del Servicio Secreto."

El día de Obama empieza con el desayuno con sus hijas, dijeron los asesores, y varias veces las lleva a la escuela. Para su diaria sesión de ejercicio usa el gimnasio de Regentes Park, un edificio en el que vive su amigo Mike Signator. Más tarde, se encamina hacia su despacho de transición, donde recibe informes de inteligencia.

Tal vez nadie sabe más de eso que el peluquero de un hombre. El de Obama, Zariff, de 44 años, que no dio su apellido, fue el martes pasado al departamento de Signator para hacerle el corte habitual de 21 dólares; dijo que su antiguo cliente parecía exactamente el mismo. Cuando entró, contó Zariff, lo saludó llamándolo "señor presidente". Y Obama se rió.

"Tiene un aspecto más presidencial ahora, camina de manera diferente", dijo Zariff, quien también se convirtió en una celebridad local y piensa abrir una peluquería en Washington. Obama ya no es más el hombre que solía andar a pie por el barrio. "Creo que extraña mucho eso -dijo Zariff-. Pero ése es el precio de la fama."

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