Más Nabidad

Por Martín Caparrós.

Antes que nada, quiero agradecer a todos los que se interesaron por mi salud –mental, física, espiritual– en estas fiestas: sobre todo, a los cientos que comentaron en criticadigital.com mi columnita sobre la Nabidad.

Antes que nada, quiero agradecer a todos los que se interesaron por mi salud –mental, física, espiritual– en estas fiestas: sobre todo, a los cientos que comentaron en criticadigital.com mi columnita sobre la Nabidad. Muchos estuvieron de acuerdo, la mejoraron con aportes; muchos más expresaron su desacuerdo con entusiasmo arrollador. Como Carlitos, por ejemplo, sintético, directo: “Todo el mundo, toda la humanidad, celebra este día, y vos resentido de mierda destilás veneno por todos los poros. Pelotudo, si no te importara realmente la religión católica no le darías la pelota que le das en todas tus notas de mierda”.

Vaya a saber quién es Carlitos: cuando les parezca, mis valientes, escriban con nombre y apellido, háganse cargo. Pero su respuesta sintetiza ciertos temas. Para empezar, la ignorancia: decir que “todo el mundo, toda la humanidad” celebra este día es una clara muestra del funcionamiento de quienes creen que “todo” es el patio de su casa: ni la China, ni la India ni tantos otros se conmueven por esta fiesta cristiana. Para seguir, la contumelia: dos mierdas y un pelotudo en cuatro líneas, un toque de elegancia. Para terminar, el argumento básico: si no te importaran mis notas de mierda, dulce Carlitos, podrías perfectamente no leerlas. En cambio yo –y de eso se trata todo esto– no puedo elegir “no darle pelota” a la religión católica. Hasta hace poco nos obligaban a creer con la cruz y la espada y Torquemada; ya no pueden, pero siguen imponiendo ideas y conceptos en las vidas de los que no creemos. De eso hablábamos, eso hicimos ayer.

Y es lo que no parecen ver los numerosos conciliadores que dijeron –como Trepa– que “Nadie te obliga, ni la Iglesia, ni los curas ni nadie. Es simple, si no creés en la Navidad, esta noche cená como un día normal, mañana andá a laburar como un día normal y listo”. No es simple, Trepa, todos: claro que te obligan. El 25 de diciembre no es una fecha abierta a la elección individual. La celebración de una fiesta cristiana la convierte en un feriado nacional obligatorio –así lo llaman: “feriado nacional obligatorio”– para todos los argentinos, porque la Constitución dice, en su artículo segundo –lo segundo más importante que tiene para decir–, que “el Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano” –y hace sólo 14 años que acepta que el presidente no sea uno de ellos, y en varias provincias los chicos reciben educación religiosa en las escuelas públicas, y en muchas decisiones del Estado pesa la ideología de la Iglesia: ¿durante cuántas décadas consiguió que el divorcio, que tantos practicaban, estuviera formalmente prohibido? ¿Durante cuántas seguirá consiguiendo que el aborto, que los ricos practican sin problemas, esté fuera del alcance de los pobres porque el Estado lo prohíbe?

Alfredo –que también, como otros, me “creía más inteligente”– me dice que le molesta “esa costumbre de darle al cristianismo sin asco; dale a los curas que son delincuentes, pederastas o que también fueron torturadores, a eso yo suscribo de una, dale a las estructuras eclesiásticas de poder, no tengo drama... ¿pero las creencias, Martín? Son como tus creencias en no creer, merecen al menos ser respetadas...”. He escrito muchas veces contra las creencias en general: contra cualquier discurso que se acepte sin discusión, sin dudas. El problema con las creencias es que son creencias: la aceptación de unas nociones que se basan en una verdad revelada, incomprensible para el común de los mortales: “Dios es uno en esencia y trino en figura”, dice, por ejemplo, un catecismo católico. Entonces se hace necesario que haya intermediarios entre esa verdad y sus creyentes, personas que la expliquen y que, al explicarla, ejercen sobre los otros el poder de decirles qué está bien y qué mal, cómo deben vivir: los sacerdotes, los banqueros, los secretarios generales del partido. Frente a lo desconocido, ante el miedo al dolor o a la muerte o al sinsentido, las religiones te convencen de que no vas a poder y entonces tenés que aceptar –creer– lo que te cuentan sin más comprobación: la creencia es la forma de resignarse a que otros piensen por vos. Es el mecanismo de poder más eficiente y más sinuoso, porque los que lo sufren se someten contentos, satisfechos.

No se ofendan, muchachos, cada cual cree lo que quiere. Pero no hay ninguna razón para no tratar de pensarlo y entenderlo. Muchos me reprochan que “no respete sus creencias”. ¿En qué consiste respetar? ¿En no decir a mí me parece que eso que creen es una colección de inventos primitivos? ¿En no decir llevan miles de años obligando –sí, obligando– a tantos a creerlos? ¿En no decir son la máquina de dominación más perfecta que se ha inventado? ¿En callar lo que todos sabemos? Eso no es respeto, es sumisión o miedo. Yo, muy respetuosamente, digo lo que pienso –y la Iglesia de Roma ya no tiene el poder, que tuvo tanto tiempo, de quemarme por eso. Respetar a los creyentes no es callar, sino todo lo contrario. O si no, respetar al gobierno nacional, ¿es no decir que pienso que los Kirchner se equivocaron en tal y tal cosa, que nos engañan en tal y tal otra, que nos perjudican en esta y aquella? ¿No debería callarlo, según ustedes, por respeto a sus millones de votantes, sus numerosos creyentes? Eso no se llama respeto sino condescendencia o colaboración.

(Y muchos me reprochan que no diga las mismas cosas sobre otras religiones. Las diría, claro, pero aquí la religión del poder es el cristianismo; aquí el judaísmo o el islam no definen políticas de Estado ni imponen sus prácticas al resto. Ahí está toda la diferencia.)

Y, además, en el comentario de Alfredo, otra cuestión: lo grave no son los errores y excesos. Lo decisivo de la dictadura militar argentina no fue que algunos de sus integrantes secuestraran, torturaran y mataran; fue que tenía un plan general que incluía secuestrar, torturar y matar con el fin de rearmar de cabo a rabo a la sociedad argentina. Lo decisivo de la Iglesia católica no es que tenga curas que toquetean chicos u obispos que hacen malos negocios o capellanes que apoyan a asesinos; es que lleva dos mil años funcionando como modelo y sostén de todos los poderes. Porque es una institución que ha apoyado siempre a los reyes y dictadores más sangrientos, que ha torturado matado exterminado para mantener su monopolio, que ha reprimido sistemáticamente los avances técnicos y científicos, que se ha puesto siempre del lado del poder más reaccionario. Una institución que sigue funcionando como una teocracia absolutista, y que todavía excluye a las mujeres de cualquier lugar importante y las usa como personal subalterno.

Hace 30 años, cuando empecé a estudiar seriamente a Voltaire, me apenaba que hubiera tenido que dedicar tantos esfuerzos a su combate con la Iglesia; parecía una lucha antigua, ya muy superada. Poco a poco fui descubriendo que no lo era. Es sorprendente que una institución que ha hecho todo lo que hizo la Iglesia de Roma tenga el apoyo que todavía tiene, pero así estamos. Por eso no quería terminar este mensaje nabideño sin citar in extenso a un lector que sí firma con su nombre, un señor Conrado Schwab: “Llega la Navidad y para los judíos como Caparrós es como que salga el sol para Drácula; así las bestias se alteran y sin autocontrol destilan demonio. Tenía yo un compañero de colegio secundario judío que llegaba esta época y pregonaba que Jesús había sido en su momento un hombre como Tu-Sam, vale decir, con poderes hipnóticos y habilidades especiales, pero nada más que eso. Lamentablemente aunque yo quiera, nunca podré ser un buen cristiano porque no puedo poner la otra mejilla para que peguen, ni rezar por los enemigos. Sí en cambio puedo ser como Winston Churchill, quien, refiriéndose a los nazis, dijo: ‘Cuando uno trata con la bestia, uno tiene que devenir en bestia’. Por otra parte, el Talmud enseña que a los enemigos –a diferencia de los Cristianos que rezan por su enemigos– se los debe maldecir y encomendar a los demonios. Así pues en esta Navidad 2008 yo no quiero ya rezar por los destructores de la humanidad. Prefiero maldecirlos, y por eso ardientemente deseo que los ángeles tomen este año a Caparrós y todos los enemigos del Cristianismo y les inyecten el virus o el carcinoma más agónico que Dios haya creado para matar de la manera más agónica a todo aquel blasfemo que maldice a Jesús”. Felicitaciones, señor Conrado: no es fácil representar con semejante precisión una cultura milenaria.

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