Más muros

Por Martín Caparrós.

Los mexicanos no nos aman pero nos respetan y hasta tratan de no hacernos notar que su país, ahora, es más más importante que el nuestro. Por eso resulta mucho más indigno que el gobierno haya contestado, en este momento complicado, con la grosería de suspender los vuelos entre Buenos Aires y México.

Me acuerdo en estos días de cuánto envidiaba a los argenmex. Yo me había exiliado en el 76 –Francia, después España– y galgueaba con ganas; los amigos que se habían ido a México, en cambio, tenían buenos empleos, becas, tiempo para estudiar, lugar donde vivir, la sensación de que un Estado se ocupaba de ellos. Lo mismo pasó muchos años más tarde, a fin de los noventas, cuando la crisis económica produjo una nueva oleada migratoria: muchos miles de argentinos eligieron ese país donde podían armarse una vida con más posibilidades que en casi cualquier otro –y allí se quedaron.

No estoy hablando de una historia de amor. Los mexicanos, por supuesto, nos odian un poco, porque todos los latinoamericanos nos odian un poco, con esa mezcla de envidia por razones cada vez más ilusorias y cabreo por nuestra insistencia en seguir creyéndonos lo que ya no somos –o quizá nunca fuimos: altos, rubios, lindos, inteligentes, educados, ricos, vivarachos. No nos aman pero nos respetaban y siempre nos trataron más o menos bien, y hasta tratan de no hacernos notar que su país, ahora, es tanto más grande, más poderoso, más importante que el nuestro en el famoso concierto de las naciones. Por eso resulta mucho más indigno, más bajo, que el gobierno argentino les haya contestado, en este momento complicado, con la grosería de suspender los vuelos entre Buenos Aires y México, los dos extremos de Sudaquia, las dos ciudades más populosas del castellano. En síntesis: cuando nosotros necesitábamos su solidaridad, nos la dieron; cuando ellos la necesitan, bruto corte de mangas por si acaso.

Es la ilusión del muro, o el espejismo de tapar el sol con las manos: la quimera de que alcanza con encerrarse en el cuartito del fondo para que el mundo no nos llegue, el tiempo no nos pase por encima. Ya se vio hace unos días, en la pelea entre los santos Fernando e Isidro: a un intendente tonto se le ocurrió que alcanzaba con poner un muro para solucionar los problemas creados por años de olvidos, estupideces e injusticias –y el gobierno saltó a decirle que cómo se le había ocurrido. Pero ahora el gobierno hace lo mismo: ante la pobreza sanitaria de la Argentina, ante su incapacidad para contener cualquier epidemia –pregunten por el dengue–, lo único que se les ocurre es parar los aviones, cerrar la frontera. Si hay un país insoportable en sus regulaciones fronterizas es Estados Unidos, que tiene un tráfico con México unas 100.000 veces mayor que el argentino –y no cerró fronteras. En realidad no lo hizo casi nadie: en todo el mundo fuimos nosotros y Cuba, Perú, Ecuador, China.

Es que este gobierno cree mucho –y cree que creemos– en el viejo truco de pretender que la culpa siempre la tienen los de afuera. Lo mismo dijeron de la crisis económica –que nos afectaría menos si no hubiéramos armado un país agroexportador. Así que ahora decidieron que si no tenemos infraestructura sanitaria para detener el contagio de la fiebre chancha –y como no pueden permitirse otro escándalo en vísperas electorales–, la culpa es mexicana y les cortamos la mano, el fierro, el rostro y les cerramos la puerta. Sería bueno que algún mexicano con memoria les pidiera que cambiasen el nombre de la agrupación más kirchnerista: después de todo, Héctor Cámpora vivió más de tres años refugiado en la embajada de México en Buenos Aires, hasta que su gobierno –obstinado, solidario– consiguió que los militares lo dejaran salir para atender su enfermedad y, al fin, morir en el DF.

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