El Muñecazo.

Gallardo dejó atrás los fantasmas de su última etapa y hoy es más ídolo y más jugador que en el 2006. Si bien él mismo admite que sólo está para media hora, eso le alcanza para ser el faro de un equipo cada vez más vacío de identidad.
Se fue a París con pasaje de ida y la imagen desgastada, sin despedidas fastuosas ni pedidos de permanencia, lejos de la gloria y cerca de la jubilación. Llegó a Washington para probar en el soccer, y siguió sin generar añoranzas desde este lado del mundo. Sin embargo, volvió más bueno, más lindo, más jugador... Marcelo Gallardo dio un Muñecazo.

Convenció al técnico que no lo pidió, que priorizó a otros jugadores -Mercier, Fabbiani, Ortega- y que solamente le guardaba una camiseta para la Copa. Asimiló la confianza de compañeros que, por presente, no le podían dar la manija hasta que demostrara lo contrario. Y cautivó a los hinchas. ¿Como nunca?

En un club que se viene acostumbrando a tragar ídolos, lo suyo roza el milagro. Passarella, Merlo, Salas y Astrada pasaron temporalmente del mármol al barro... Gallardo, que a su vez había quedado marcado por lo de Mostaza, volvió a ser carne de ovaciones varias. Fue mitológico su regreso al Monumental: una vaselina contra Arsenal que ni siquiera podría haber sido escrita por su mejor biógrafo.

El Muñeco hace lo que puede. Y lo que puede lo hace en un 50% de su condición física, con 33 años, una operación de meniscos y otra de pubialgia a cuesta. Hoy sufre los partidos, literal y metafóricamente. Las veces que salió desde el arranque (Nacional de Uruguay, Nacional de Paraguay en el Monumental y Boca) no tuvo el mismo grado de incidencia que cuando ingresó en los segundos tiempos. El cree que debería esperar en el banco para marcar diferencias. Ejemplos como el del domingo le dan la razón, igual que el de Arsenal y San Martín de Tucumán.

Así es para Gorosito lo que Ortega fue para Simeone: el bombero menos esperado. Su actualidad supera a lo del último y olvidable semestre del 2006 con Passarella: promedia menos minutos por partido (44 contra 76), hizo casi la misma cantidad de goles (cuatro vs. cinco) y su puntaje Olé mejoró en proporción a la calidad de sus recientes prestaciones.

Igual, por razones tácitas en cualquier grupo, debió esperar para sentirse fuerte en el vestuario. Sin jugar, no podía asumir el rol de líder. Aguantó, entonces, para soltar la lengua. A Fabbiani le explicó que para hablar está el verde césped. Al equipo le mandó otro tipo de mensajes: "Se necesitan jugadores que sepan jugar partidos de Copa". Y al medio le exigió una dosis menor de exitismo: "Se habla de la historia de River, que es riquísima pero, ¿cuántos títulos internacionales consiguió River en la historia? A veces se machaca demasiado con este tema".

Del otro lado, este muñecazo tomó forma de bandera: "Gallardo y nadie más", rezaba el domingo un trapo pintado de bronca para un plantel que viene coleccionando noches y tardes tristes como la del jueves. ¿Será cierto que en el país de los ciegos el tuerto es rey? Gallardo no es tuerto. Tampoco, rey absoluto como Ortega. Pero es Marcelo Gallardo, el Muñeco, y eso hoy significa más que antes. Su talento y talante no se consiguen en cualquier esquina.

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