El Mundial está cerca.

Tras el papelón en La Paz, Argentina dio un paso importante hacia Sudáfrica y hubo festejo grande. Pero ojo: lo único positivo fue el resultado. En lo que resta de las Eliminatorias, el equipo deberá corregir sus errores de funcionamiento y delinear una identidad que aparece difusa.SClB
No fue ese salto que se transformó en marca registrada con los pantaloncitos cortos y el 10 en la espalda. Pero el festejo de Maradona resultó testimonial con el puño apretado, el grito al aire y el abrazo con sus ayudantes, el cuerpo a cuerpo con Verón, el saludo a los demás... Argentina tenía que ganar y ganó. No alejó fantasmas en cuanto a funcionamiento ni invitó a la ilusión por su juego. Mucho menos dio muestras de un estilo definido, pero se aferró a las necesidades y el desahogo mandó como sentimiento en ese final de desesperaciones repetidas ante una Colombia que menos mal para la Selección que ya no tiene al Pibe Valderrama, al Tren Valencia, a Freddy Rincón y al Tino Asprilla.

Sin dudas que la única noticia positiva para Argentina es el resultado... Un resultado que la deja cerca de Sudáfrica porque quedó a cinco puntos de Uruguay con 15 por disputar.

El tema son las formas, y no se trata de un nuevo caso de gataflorismo. Demasiado elocuente es lo que pasó ayer, con la muestra más cabal del gol. Apenas el tiro libre de Messi en el travesaño había sido el solitario remate al arco argentino antes del 1-0. La (casi) nada misma. Hasta que la pegada de Verón en un córner, el salto de Demichelis para exigir un despeje a la marchanta de Yepes y la cara interna del botín derecho de Daniel Díaz solucionaron demasiados problemas, interrogantes y preocupaciones. Justo el Cata, en una especie de catarsis después de casi una hora de fallas defensivas impropias de un zaguero de Selección.

Pero así está Argentina hoy. Crispada. Necesitada. Con el martillazo de Bolivia aún dándole vueltas por la cabeza. En pleno dilema sobre si las grandes figuras son tan buenas. Lo son, cómo no. El tema es si esas grandes figuras, todas, juntas pueden darle forma a un gran equipo. En el medio Maradona que no se calla nada (jamás lo hará) y descuartiza el campo de juego. Y prueba esquemas con un riesgo gigante teniendo en cuenta las pocas horas de prácticas. Y cambia de arquero más allá de revelar que su arquero es Carrizo. Y hace de Verón su nuevo líder. Y no consigue, como no ha conseguido nadie todavía, que Messi sea el que deslumbra al mundo como lo hace en el Barcelona. Y mantiene la apuesta por los tres chiquitos que casi no pisan el área. Y tranquilamente puede preguntarse, como se pregunta cualquier futbolero de ley, dónde hay un 9 de área que venga y la rompa con la celeste y blanca. Y va a tener que encontrarle una vuelta más de tuerca a su costado motivador: cuando la admiración inicial pasa, no sólo con carteles y videos en el vestuario se ganan partidos de este tipo, y Diego lo sabe mejor que nadie. A hacerlo, entonces.

A hacerlo porque julio del año que viene parece estar en el siglo XXII, pero ya golpea las puertas. Y si este triunfo fue un desahogo monumental, el ahogo en caso de no revertir esta crisis de juego (y hasta de identidad) puede ser más monumental todavía.

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