Esa mujer

Por Martín Caparrós.

Yo detesto el deporte nacional del péguele a Cristina. De hecho, me parece que ella ya se pega suficiente cuando pierde la lengua: cuando compara los goles con los muertos, famosamente, por ejemplo

La presidencia de Cristina Fernández de Kirchner es una desgracia para las mujeres argentinas.

–Uy, ¿más palos para esa señora?

Yo detesto el deporte nacional del péguele a Cristina. De hecho, me parece que ella ya se pega suficiente cuando pierde la lengua: cuando compara los goles con los muertos, famosamente, por ejemplo. Así que preferiría no sumarme al coro fácil, pero es cierto que su presidencia acabó con años de avances en la condición de la mujer en la Argentina.

Para empezar, la imagen. Cristina Fernández usó su condición de mujer desde el principio: cuando se lanzó en campaña uno de sus argumentos centrales era que por primera vez los argentinos elegiríamos a una presidenta. Elegir a una mujer ya era, en sí mismo, un signo de progreso, postulaba. Aunque no esté tan claro.

Es curioso lo que pasa con las mujeres cuando llegan al poder: nada. Quiero decir: nada que las distinga demasiado de los hombres en el poder. Se diría que, en esa frase, lo importante es "el poder", no el sexo de quien lo ejerce. En las últimas décadas, desde que empezaron a encabezar gobiernos, parece como si la mayoría de esas mujeres se hubieran propuesto desmentir cualquier atisbo de sospecha de posibilidad de acaso imaginar que su condición femenina las haría más débiles –menos capaces de poder con el poder– y se convirtieron en superhombres: Margaret Thatcher es el caso emblemático, pero también Golda Meir o Benazir Bhutto o Angela Merkel. Son mujeres que intentaron demostrar que, en el poder, ser mujer no significa casi nada. Contra cualquier postulado de que lo femenino podía ser diferente, contra aquel discurso que sostenía que los que habían hecho la guerra y la injusticia y las sombras del mundo eran los hombres, ellas contribuyeron a la idea de igualdad de géneros: que una mujer puede ser tan inclemente como el más inclemente de sus conciudadanos.

(Aunque hay más mujeres gobernando, siguen siendo muy minoritarias. De los 192 países con representación en la ONU, sólo 24 tienen líderes mujeres. Tres de ellas son reinas –que no cuentan– y las otras 19 gobiernan Irlanda, Finlandia, Islandia, Filipinas, Mozambique, Canadá, Alemania, Liberia, Chile, Argentina, Santa Lucía, las Antillas holandesas, Antigua, Bosnia, Croacia, Ucrania, Lituania, Moldavia, Australia, Haití, San Marino, Bangladesh, Gabón, y unas islas finesas que se llaman Aland).

Argentina fue el primer país del mundo en tener una presidenta: la viuda de Perón, mujer atosigada. Y seguramente fue el primero en tener dos, pero el problema es que la segunda también es la señora de. Yo siempre había pensado que Cristina Fernández tenía por lo menos tanta preparación y tanta historia política como su marido –y que, por lo tanto, su aparente condición de reina consorte era un error y un prejuicio. Pero ella se empeñó en desmentirme.

Desde el primer día se dedicó a subrayar su papel de débil mujer –débil porque mujer–: "Sé que tal vez me cueste más porque soy mujer, porque siempre se puede ser obrera, se puede ser profesional o empresaria, pero siempre nos va a costar más", dijo, en su discurso inaugural y, como suele, después lo repitió hasta el atracón. Era un poco irritante: en la Argentina hay millones de mujeres que se hacen cargo de sus casas, de sus hijos, de la subsistencia de sí mismas y de muchos más –y demuestran ser mucho menos débiles que sus hombres. Pero parecía que Cristina Fernández lo decía para subrayar su fuerza de mujer. En cambio, al poco tiempo, resultó una profecía autocumplida: su imagen empezó a sintetizar lo peor de lo supuestamente femenino –lo más bruto del prejuicio machista– cuando la presidenta se convirtió, para la opinión mayoritaria, en instrumento en manos de su hombre.

No hay –no se me ocurre– un retroceso mayor para la situación de las mujeres argentinas que el hecho de que una de ellas haya llegado a la situación de más poder posible –de mayor emancipación posible– sólo para caer en el mayor lugar común: la dependencia, la sumisión al poder de su marido. Es, como mujer –como imagen de las mujeres argentinas–, un fracaso espantoso.

Y además está su relación con las cuestiones específicas de su género: la salud y los derechos reproductivos, por ejemplo. Ginés González García, ministro de Salud de su marido, había hecho del tema uno de los ejes de su gestión y hubo, como nunca en la Argentina, políticas públicas de salud sexual, distribución masiva de anticonceptivos, intentos de verdadera educación sexual. Lo cual le valió, entre otras cosas, la solidaridad del capellán militar Baseotto, que le deseó un destino de río con piedra atada al cuello. El gobierno NK salió a defender a su ministro y se compró una pelea con la iglesia romana. Que Cristina trató de remediar: en su último acto de campaña, por ejemplo, discurseó contra el aborto y, poco antes de asumir, recibió al secretario de Estado papista, cardenal Bertone –que, so pretexto de beatificar a Ceferino Namuncurá, vino a visitar a las dos chicas australes, Bachelet y Fernández. Hay quienes dicen que el cardenal convenció a la argentina de las ventajas de acercar su política en salud reproductiva a la del Vaticano, o sea: disolverla todo lo posible. Lo cierto es que, unos días después, la presidenta anunció que Ginés sería uno de los pocos ministros que saldrían del gabinete y que lo reemplazaría una mujer con muy buenas relaciones católicas: Graciela Ocaña.

El cambio fue brusco: Ginés solía poner en el tapete la posibilidad de despenalizar el aborto. Ocaña, en cambio, retomó las ideas de su jefa. Fernández –que habla poquito del asunto– había dicho en la revista Newsweek que no estaba de acuerdo con la despenalización del aborto "porque soy católica, pero también debido a profundas convicciones". Y siguió: "Es verdad que el aborto es una cuestión que debe ser instalada en la sociedad, pero no está aún en la agenda política de la Argentina como tema de debate", dijo, como si el trabajo de los líderes no fuera, precisamente, instalar los debates que les parecen necesarios –y como si la iglesia romana no empuñara el tema como antaño la espada y la cruz.

Pero el aborto es la discusión que los políticos argentinos nunca dan, porque tienen miedo de perder votos o de pelearse con su Eminencia o de pelearse con su Eminencia y perder votos. Entonces, habitualmente, con esa elegancia que los caracteriza, se hacen los boludos. Cuando asumió, ante una pregunta muy directa, Graciela Ocaña dijo que el aborto era "un tema de política criminal, no materia de mi ministerio" –y, desde entonces, la atención del gobierno a la salud reproductiva fue raleando. Durante el año siguiente –el año pasado– grandes importaciones de anticonceptivos quedaron retenidas en el puerto, y los hospitales y centros de salud de varias provincias argentinas se desabastecieron. Al mismo tiempo las campañas oficiales bajaron la voz. Lo cual, por supuesto, no hizo mejorar nada la situación del medio millón de mujeres que, cada año, tienen que abortar clandestinas, con un peligro directamente proporcional a la pobreza de la paciente –y con más de cien muertas al año. En ese trance las diferencias de clase son decisivas: como en cualquier situación médica pero un poco más, porque un aborto no es una práctica peligrosa si se hace en buenas condiciones –las que la clase media puede pagar– y sí lo es en condiciones pobres. Ahí, también, una redistribución real de la riqueza salvaría muchas vidas.

Pero el gobierno de Cristina Fernández nunca intentó hacerla. Después, hace dos meses, su ministra Ocaña cayó a manos de la gripe y el dengue, el compañero Moyano y otras plagas y la reemplazó un ministro todavía más católico, conservador y falsificador de cifras sobre la mortalidad maternoinfantil: nada que ofrezca grandes esperanzas. Y, más allá de los asuntos sanitarios, cuestiones más generales del género tampoco reciben gran atención presidencial. Muchos países de América Latina tienen ministerios o secretarías de Estado de la Mujer; en la Argentina –donde, según Fernández, "todo les cuesta más"– sólo hay un organismo de cuarta categoría, un Consejo Nacional de la Mujer que consigue pasar perfectamente inadvertido bajo la dirección de una señora Lidia Mondelo que fue diputada menemista –cuya práctica parlamentaria sólo se recuerda por su proyecto de ley de pagar recompensas a los que denunciaran inmigrantes ilegales.

La combinación es imbatible: por un lado, el abandono de reivindicaciones específicas de las mujeres; por otro, la imagen de una mujer que obedece a su hombre. Quizás alguien tendría que contarle que, más que por sus discursos encendidos, más que por sus obras de beneficencia, más incluso que por sus tapados de visón, millones de mujeres argentinas siguieron a Eva Duarte porque, con ella, votaron por primera vez

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