Mudanzas

Por J. M. Pasquini Durán

La segunda vuelta en las presidenciales uruguayas dará comienzo mañana, domingo, a un calendario electoral en Sudamérica que pondrá a prueba la proyección de futuro del plan integracionista.

En Uruguay las encuestas auguran la victoria de la fórmula del Frente Amplio, Mujica-Astori, que vendría a suceder al primer mandato de la coalición de izquierda encabezado por Tabaré Vázquez. Dada esta continuidad y compromisos de campaña del candidato Pepe Mujica es razonable suponer que después del triunfo electoral, pronosticado por la mayoría de los encuestadores, no habrá modificaciones en las pautas de relación con la Unión Sudamericana, incluida la mochila con las críticas de Vázquez a las asimetrías entre los socios del Mercosur.

Chile, en cambio, ofrece el flanco al enigma: después de veinte años continuados de gobierno, la Concertación, con los socialistas y democristianos como fuerzas centrales, está puesta en duda por los pronosticadores profesionales. El desgaste de la gestión, hasta ahora a cargo de socialistas, y el menor atractivo de la candidatura del democristiano Eduardo Frei, descendiente del homónimo que conspiró contra Salvador Allende, habrían puesto en riesgo de quiebre a la continuidad. De ser así, los compromisos con la Unión de Michelle Bachelet, quien hoy mismo se encuentra en Roma con la presidenta Cristina para conmemorar el 25o aniversario del acuerdo del Beagle, podrían ser revisados por el futuro mandatario, de cepa conservadora. En ese caso, Chile quedaría desplazado hacia la línea pronorteamericana del Pacífico, donde operan Colombia y Perú.

Otros gobiernos, como el de Bolivia, serán sometidos al escrutinio electoral en los meses venideros, aunque la expectativa más grande está dedicada en octubre del año próximo a la salida de Lula, ya que Brasil y su presidente fueron decisivos para la suerte de la unidad sudamericana. Por la extensión territorial y el desarrollo integral, si bien tiene altos niveles de injusticia social, es el único país de la región considerado aquí y en el resto del mundo como una potencia internacional. Por su lado, los comicios argentinos todavía están demasiado lejos en el tiempo, dos años pueden ser una eternidad en este proceso como para especular sobre candidatos y mucho menos sobre resultados, pero es posible suponer que los aspirantes, con más o menos intensidad según los casos, seguirán los resultados en las naciones vecinas como si fueran propios. De no ser así, sería un acto de ligereza imperdonable para quienes aspiran a quedarse con el gobierno en el 2011, puesto que lo que ocurra en ellas irá creando el contexto para la local y las condiciones para desplegar las posibilidades de la Unión Sudamericana.

Por supuesto, a alguien jaqueado como Mauricio Macri a lo mejor no le alcanzan las energías para involucrarse en los destinos de la región. De momento, le alcanza y sobra con los problemas propios. A las dificultades naturales para gobernar Buenos Aires, una ciudad muy compleja y chúcara, Macri sumó los errores de gestión, que están reventando como burbujas en el pantano. Con un año de gestación, la Policía Metropolitana, una de las "criaturas" del macrismo, ya suma elementos tan descalificatorios como el espionaje telefónico que arrasó con su cúpula y obligó al jefe de Gobierno a pedir disculpas a los porteños. Cuando la suma de conductas inexplicables no había terminado de descargar consecuencias gravosas sobre las espaldas del líder del PRO, tuvo que enfrentar las iras del Episcopado católico.

El cardenal Bergoglio y sus muchachos estaban enfurecidos porque Macri no cuestionó el fallo judicial que autorizó el matrimonio gay. Según Marcos Peña, secretario general del Gobierno de la Ciudad, la decisión partió en tres al PRO: a favor, en contra y nosabe/no-contesta. Ante ese dilema, optaron por resolver de acuerdo con la sencilla opinión personal de Macri, a favor, una adecuada posición liberal. Fue como soplar pimienta en los ojos de los reverendos, que se alzaron dispuestos a condenar al hereje. Si no lo excomulgaron es porque tampoco hay que exagerar, basta con disciplinarlo para que sea un conservador consecuente. Los obispos no pueden aceptar en silencio estas violaciones al retrógrado código moral que sostiene la Iglesia en asuntos relacionados con sexo, pero además Bergoglio tiene ambiciones "papabiles" y prefiere mostrar el territorio bajo su mando en condiciones de pureza excelsa, a la manera de una aldea medieval bajo la Inquisición. Habiendo tantos motivos para la disconformidad con el gobierno metropolitano, en este caso es intolerable la intromisión eclesiástica.

Macri casi no tuvo tiempo de enterarse bien lo que pasaba, porque la Legislatura de la ciudad está que arde. Sometidos a sesiones maratónicas, igual que los congresistas nacionales, los legisladores de centroizquierda decidieron tomar al toro por las astas. Reclamaron comisiones con el mismo criterio que exige el PRO en el ámbito nacional y propusieron que para evitar nuevas deudas se apliquen impuestos a la renta financiera, una parte de la reforma impositiva para que paguen más los que más tienen, decisión que esperaron durante los últimos seis años no pocos de los seguidores de Kirchner, aunque en vano. También la expectativa será vana en la ciudad, pero al menos las minorías de centroizquierda probaron que no están pintadas, en vez de acogerse al estado catatónico que, en materia de propuestas, exhibe buena parte de la oposición al gobierno nacional. Nadie la corre por izquierda a la presidenta Cristina, por lo que las fuertes presiones de derecha muchas veces circulan sin contrapeso.

A diferencia de Macri, el que anda feliz estos días es Hugo Moyano, el secretario de la CGT, que a estas horas estará disfrutando de la deliciosa "pasta sciutta" romana y del vino "dei castelli", porque fue seleccionado para acompañar a la Presidenta en su visita al Vaticano por el aniversario del Beagle. Este fue sólo uno de los mimos presidenciales que recibió el buen aliado del Gobierno, además de subsidios para reponer unidades entre las pymes camioneras y, más que nada, una definición presidencial a favor de "los sindicatos fuertes". Los entendidos en la semántica política aseguran que la Presidenta hizo la opción por el aparato tradicional del gremialismo –sindicatos burocratizados que pierden afiliados y dirigentes gerenciadores, cuando no corruptos– debido a que los necesita a su lado, ya que no tiene partido donde apoyarse. Son ricos, pero su fortaleza se nutre del respaldo que reciben de los patrones y del Estado, como se vio esta semana con los camioneros. Si la interpretación semántica es correcta, no serán pocos los desilusionados.

Para empezar, la CTA, que lleva más de un lustro esperando la merecida personería gremial en nombre del principio de libertad sindical, constitutivo de la democracia. Decepcionados serán los grupos piqueteros, formados por desempleados que fueron abandonados por esos sindicatos "fuertes" apenas se quedaron sin dinero para pagar la cuota mensual, los desocupados crónicos que ni siquiera llegaron a ser afiliados, los trabajadores del subterráneo que, pese a la fortaleza que demostraron cada vez que decidieron una medida de fuerza, son considerados débiles por el Estado (¿o por el Gobierno?), y como ellos otros congéneres que aspiran a reconstruir los sindicatos sobre bases más sanas y los empleados de Kraft y de todas las empresas en lucha ante la indiferencia de las conducciones gremiales nacionales. Hay más personas que se sienten involucradas en este tipo de debates: por ejemplo, los funcionarios que forman la "Corriente Nacional y Popular", ante quienes habló Néstor Kirchner esta semana y los convocó a despertar "la épica", muchos de los cuales apretando los dientes compartirán los motivos tácticos de la Presidenta, pero es lógico que se pregunten: ¿cuál es la "épica" de Moyano y sus pares? Si hay una épica actual en movimiento está en las calles, incomodando el tránsito, librada a su suerte, en manos de los que ya no se sienten representados por los "sindicatos fuertes".

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