Mucho de poquito y nada

Por Hugo Asch

En nuestro amado país nunca se sabe, compatriotas. Simeone y Cristina arrancaron revalidando títulos, cancheros, ganadores, aclamados por multitudes y compartiendo tapas con sus respectivos cónyuges; todo genial hasta que un día de pesadilla y sin saber cómo, se sorprendieron atrapados en un imparable tobogán hacia el abismo más oscuro. Horror. De campeón a canillita en dos patadas. Only in Argentina.

“Una mala obra representada por buenos actores es mucho mejor que la mejor obra hecha por cómicos mediocres.”

Arthur Schopenhauer (1788-1860)

En nuestro amado país nunca se sabe, compatriotas. Simeone y Cristina arrancaron revalidando títulos, cancheros, ganadores, aclamados por multitudes y compartiendo tapas con sus respectivos cónyuges; todo genial hasta que un día de pesadilla y sin saber cómo, se sorprendieron atrapados en un imparable tobogán hacia el abismo más oscuro. Horror. De campeón a canillita en dos patadas. Only in Argentina.

Lo mejor de Racing fue sobrevivir y elegir un presidente democrático. A este señor Molina le costará muchísimo superar las barrabasadas cometidas por los que condujeron al club en los últimos treinta años. Necesitará suerte, paciencia, pastillas para los nervios y delanteros en serio. Nada fácil. Su vecino, Independiente, estrena casa aunque Comparada nunca ha logrado que sus huéspedes le produjeran algo de renta. El año futbolero resultó un fiasco, se gastaron millones en madera carísima –severo error de construcción– y las repetidas peleas de consorcio terminaron con el despido de varios encargados, entre ellos el bueno de Borghi. No hay mucho más que decir de los hoy decadentes clubes de Avellaneda, ciudad con respirador artificial desde que Joe el Cruel condenó a muerte a su industria en 1976. Todo tiene que ver con todo.

Maestros en ignorar los guiños del Poder que, cada tanto, distrae algunas rupias con el noble fin de mantener esperanzada y con vida a la clase media –gracias digo, junto a Estudiantes de Verón, la cooperativa Lanús e Ideas del Sur de Almagro–, los dos ricos de la comarca, River y Boca, volvieron a repartirse la torta. Con esfuerzo, es verdad; pero exhibiendo una desoladora falta de grandeza.

El caso River es apasionante, doctor Sigmund. Con los mismos jugadores terminó primero en un mini torneo berreta y último en el siguiente, de idéntico nivel. En el medio perdió a su ajada bandera, Orteguita, un muchacho que supo ser imparable en la cancha antes de repetir esas habilidades en las madrugadas gateras. Dentro la pasmosa escasez, le alcanzó con el brillante Carrizo, Buonanotte, algunos momentos lúcidos del Burrito y la tozudez de Simeone, al que le faltó entrar a marcar con su Armani negro. Fue eso... y la camiseta.

El título, obvio, fue sólo una pomadita en la herida sangrante del papelón copero contra San Lorenzo, de local y 11 contra 9. La infausta noche del silencio atroz. Después, el infierno; donde todavía se asan sin tanta prensa gracias al exótico triangular, los referís y el infalible Boca. Simeone, Ortega, Tuzzio o la Gallina Turuleca podrán irse o volver, quién sabe; pero Aguilar seguirá firme en su puesto. Menos mal.

El hegemónico Boca macrista perdió a su presidente Pompilio en medio de un clima tenso, instalado por el enganche melancólico y otra de sus divertidas guerrillas. Para colmo, las lesiones dejaron afuera a la dupla Palermo-Palacio y Mauricio Caranta fue borrado, en circunstancias más ridículas que misteriosas. Así, el arco de Boca quedó en las temblorosas manos del joven Javi García, que llegaba avalado por un par de antecedentes de peso: un título mundial con la Selección juvenil y ser amigo de Riquelme, no en ese orden de importancia, claro. Con un arquero novato, Paletta roto, Ibarra entre algodones, chicos del club y grandes que ni se hablaban, igual fueron campeones. No es poco mérito. Engolosinados, en el club piensan en nombrar capo de su PJ y por encima del pobre Ischia, al omnipresente Bianchi, su compañero de ruta y jefe de toda la vida. Uy, uy, uy. ¿No vimos esa peli, ya?

San Lorenzo se quedó sin nada y eso es grave para un grande acostumbrado al éxito. Pobre Tinelli. No tienen mal equipo, sin embargo. Solari es un crack, Barrientos volvió bárbaro de la estepa rusa, Orión cumple; Bergessio y Ledesma la rompían hasta que fueron citados a la selección; después se pincharon, como todo el equipo. ¡Otro psicoanalista, acá! Gracias a Huracán e Independiente llegaron al triangular, pero fue peor. Lo que les quitó el título fue el tercer golcito de Chávez en medio de la debacle final con Boca. ¡Oh no, man; Cuervo got the blues!

Basile fue víctima de la PlayStation, la imposible cumbia, la polka rusa y su melancolía tanguera. Out. Lo de Maradona a la Selección es una apuesta riesgosa y deslumbrante. Eso sí, el tema de sus colaboradores –con el Doctor Balbuceante más la inminente amnistía al Ex Cometero, hoy defensor de la ley y el orden–, es una desgracia. Por suerte, hay jugadores.

El mejor futbolista local fue Verón, por sobre Riquelme, Sand o Battaglia. Su incidencia sobre compañeros, rivales y público es insuperable. Significa más que la suma de sus virtudes, que son muchas. Capo. ¿El mejor equipo? Lanús, otro sin título. ¿Exagero? ¿Me creo un rana y soy un pobre gil? Quizá. Pero recuerden: esto es fútbol.

Todo está permitido acá. El mejor sueño y la peor pesadilla; la estafa más creativa, el surrealismo involuntario, la atroz violencia o la sanata sin pudores. Es la vieja canción de la Argentina, ese amor imposible. La chica que nos regala las historias sin final que llenan la tapa de los diarios, de enero a diciembre

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