Las motitos nuestras de cada día

Por: Osvaldo Pepe El fenómeno de las motos de baja cilindrada, que con ciclomotores y scooters son cerca del 80% del mercado de motos de la Argentina, requiere ser seguido de cerca: en los últimos cinco años el parque de estos vehículos creció 28,5 veces.
Se trata de una invasión que carece tanto de controles oficiales como de los consejos familiares. Falta de papeles en regla, ausencia de uso del casco y ruido por encima de los 85 decibeles son las infracciones más frecuentes, pero pareciera que quienes deben cuidar a los conductores -éstos son jóvenes y chicos por demoledora mayoría- miran para otro lado.

El boom es de tal magnitud que en algunas zonas del interior, donde el auge es mayor que en los grandes conglomerados urbanos, la motitos ya superan en cantidad a los autos circulantes. Dato más que suficiente para empezar a pensar en mecanismos de regulación y hasta de normativas nuevas, si fueren necesarias. Lo que no debería ocurrir es lo que está pasando: que estas motitos crezcan a ritmo de vértigo sin que se atiendan las consecuencias y eventuales costos del nuevo hábito. Por ejemplo, los accidentes de los usuarios van en alza y son cada vez más los jóvenes que se atienden por golpes y fracturas.

No se trata de demonizar las motitos ni de quitarles a los jóvenes el placer y el beneficio del uso.

Pero habría que poner el tema en contexto. En 2007 por primera vez se patentaron más motos que autos, y al mismo tiempo se duplicaron los accidentes graves en ellas, es decir aquellos que incluyen muertos o heridos de consideración. Se ha generado un hábito nuevo y un mercado a su alrededor. No es una mala noticia. Hagámosla definitivamente buena a través de controles constantes para que la innovación no se transforme en un dolor de cabeza.

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