Monumento a la bandera

Monumento a la bandera
Messi se prepara como nunca antes para el partido más importante de Diego. Se bajó de eventos para no perder concentración. Su día a día, el cambio del chip, su motivación... De 10.
"Sos un extraterrestre. ¿Nunca te ponés nervioso?".

Messi, con el cuerpo aún sudado por el debut oficial en el Barcelona contra el Espanyol, le contaba sus primeras sensaciones a su familia. "Estuve normal, tranquilo, papá". Fue ahí cuando Jorge, el padre, lanzó una pregunta que se repetiría varias veces en estos casi cinco años... Lionel por estos días tampoco tiene electricidad en sus manos. Jugó la final de la Champions, definió la Liga con el Madrid, participó de un Mundial con apenas 19 años. Está curtido. Aunque este Argentina-Brasil es distinto. Messi, según cuentan en su pequeño círculo, vive una motivación especial. Así lo prepara y así le aconsejan que lo haga. En decisiones puntuales no le importó la plata ni sus compromisos comerciales. La cabeza puesta en el sábado a las 21.30: poca distracción y la menor exposición posible. Sabe que es el partido más importante de Maradona como entrenador. Y también su partido más importante desde que la Selección gira en torno a él.

Que sea en Rosario le hace brotar la nostalgia. Cuestión de raíces, la escenografía no es un detalle. Mucho menos el rival (los hinchas brasileños lo aplaudieron cuando salió reemplazado en el empate de Belo Horizonte). Messi empezó a jugar el contra Brasil hace un tiempo. En Moscú, en ese abrazo del final que fue un compromiso explícito con Diego. En España, en la decisión de pedirle a Guardiola no jugar la primera fecha de la Liga con el Barcelona para pensar en el 5 de septiembre. Y en Buenos Aires, donde llegó el sábado a la noche y suspendió dos eventos con empresas que lo auspician (le pagan en euros). "La gente sólo piensa en ganarle a Brasil. El también. No tenía sentido exponerlo", explicaron cerca suyo. A diferencia de la fecha de Eliminatorias anterior, cuando salió en vivo para distintos programas desde un hotel, ahora casi no dará entrevistas particulares. Y sólo hablará con medios de su confianza. No quiere caer preso de ninguna palabra que se transforme en polémica o recarga de presión. En la primera práctica declaró para todos, en voz baja, a su estilo, y desarticuló parte de la búsqueda por escucharlo.

Messi entraría a jugarlo ya. "Quiere que el partido sea mañana a las diez de la mañana si fuera posible", cuentan. Aunque también procuran no confundir, no pensar que pasa por ansiedad sino por motivación. "La quiere romper", suman voces. A primera mirada, un deseo obvio. Pero esconde una intención más profunda: el 10 de la Selección sabe que todos le miran el número, que quizá por no tener identificación con un Boca o River aquí no tiene muchos hinchas. El momento y el rival son difíciles. En Europa todos los consideran el mejor del mundo mientras que acá genera cierta resistencia. Igual, Maradona quiere que todas las pelota pasen por él. "Leo está tranquilo, es el hombre de hielo", describen desde adentro.

Como siempre, duerme en un hotel cinco estrellas. Su gente es la conocida. Sus hermanos Rodrigo y Matías. Y Juanjo Brau, el enviado habitual del Barcelona. No cambió hábitos: no lee los diarios porque habitualmente no lo hace; no escucha la radio porque prefiere la música. Y la televisión la usa para jugar a la Play Station. No quieren aislarlo, alcanza con no exponerlo tanto. Diego dice en chiste que es más difícil hablar con Leo que con Obama. Sigue igual, sólo atiende a su gente.

El chip lo cambió en Mónaco. Después de ganar la Supercopa contra el Shakhtar con una asistencia bárbara, fue al antidóping y empezó a ver todo en celeste y blanco. Ya en el avión, con su familia, preguntó datos del partido contra Brasil. Llegó y se quedó en Buenos Aires. En Ezeiza se reencontró con sus compañeros, los que piensan y dicen en público que es el mejor del mundo. Con Maradona, quien defendió su calidad y la dificultad de jugar a un toque en la práctica. Y con Verón, una especie de guardaespaldas desde que congeniaron en la Copa América del 2007. La Bruja le habla, lo arenga, le muestra el camino. Ya lo conoce a Lionel. Sabe cuál es el secreto de sus ojos: hacerle un monumento a la bandera.

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