Montoya desafió a la "omertá" de la política y se lo llevaron puesto.

Por: Julio Blanck.

Joe Valachi nació en Rumania, en 1903, y de pequeño emigró con su familia a los Estados Unidos. En 1930 se unió a la Cosa Nostra. Su vida transcurría como integrante menor de la familia de Vito Genovese, en la grisura bárbara de esa organización. Hasta que en 1962 fue detenido en Nueva York bajo sospecha de asesinato y Don Vito intuyó que ese soldado suyo podría abrir la boca.

Tres veces lo mandó matar en prisión y las tres veces fallaron. Don Vito sabía lo que hacía: Valachi terminó declarando ante una comisión del Senado en Washington, revelando nombres y negocios de la organización. Identificó a 317 miembros de la mafia. Vivió desde entonces bajo protección del FBI y murió en prisión, pocos años después. Pasó a la historia como el primer arrepentido de la mafia, el que se atrevió a quebrar la omertá.

"Omertá", según el Word Book Dictionary, es el "código de honor siciliano que prohíbe informar sobre los delitos considerados asuntos que incumben a las personas implicadas".

Ese silencio obstinado sobre cualquier cosa que se haya visto o conocido es un principio cuya violación se castiga con la muerte. El tema, fascinante por el brutal compromiso no escrito que supone, sedujo a Mario Puzo, autor de la incomparable El Padrino y otras obras sobre la mafia, que tituló Omertá, su novela póstuma.

Sin el mínimo parangón posible con la mafia, ni con sus delitos y delincuentes, también en la política existen los códigos de silencio. Lo que se hace pero no se dice. Lo que se calla para conveniencia propia y perjuicio ajeno. Lo que se aguanta y se acepta, aun a disgusto, más allá de la lógica elemental de solidaridad y pertenencia entre miembros de un mismo espacio, como se suele decir en estos tiempos pasteurizados.

Silencio, muchas veces, ante negocios innobles. Silencio, también, cuando el rumbo político obliga a torcer las propias convicciones y se reclaman subordinación y valor con una disciplina que es propia y necesaria en los cuarteles, pero no en la vida civil. Y para el que no obedezca, y para el que proteste, y mucho peor para el que haga las dos cosas a la vez, habrá castigo puntual y ejemplarizador. Lo cual, a la vuelta de las cosas, no logrará más que darle relumbre a quien apenas haya tratado de pensar con su propia cabeza.

En estos días, llevado por la calentura de quien no es escuchado en su reclamo y siente que le pasan por encima sin contemplaciones, el que rompió la omertá de la política fue Santiago Montoya, notorio recaudador de impuestos bonaerense, que se atrevió no sólo a rechazar el feo empujón que le dieron para ser "candidato testimonial" a concejal en San Isidro, sino que, además, lo hizo público.

Acompañó el rechazo con una proclama de subordinación al liderazgo de Daniel Scioli y con críticas sencillas pero contundentes sobre las dificultades de lo que aún se conoce como kirchnerismo. "Siento que en los últimos tiempos desde el oficialismo hemos perdido parte de la capacidad de escuchar a la sociedad, a los líderes opositores, a los distintos sectores productivos y sociales del país", puso Montoya en un comunicado. Lo difundió y le cayó el rayo.

Por un rato estuvo echado de su cargo. Alguien le aconsejó bajar un cambio y como el miedo no es zonzo, Montoya redactó de apuro un segundo comunicado moderando su lenguaje, aunque insistió en "la necesidad de escuchar más a la gente".

Hábil declarante, Montoya esquivó el castigo original porque quizás, en algún lugar del poder, alguien habrá sugerido que echarlo a patadas por opinar diferente y no subordinarse a una orden tan cuestionable como la de ser candidato para después no asumir era transformarlo en víctima, categoría muy codiciada en la política. Pero la organización estaba sedienta de escarmiento. Y como Montoya siguió hablando después del segundo comunicado, al final el viernes le pidieron la renuncia y se lo llevaron puesto.

Cordobés, formado en la Fundación Mediterránea bajo la tutela de Domingo Cavallo, bonaerense por adopción y eficaz recaudador durante las gestiones de Carlos Ruckauf, Felipe Solá y ahora con Scioli, Montoya tiene ambición política y no la oculta. Tampoco oculta su adhesión juvenil a la UCeDé, página de un pasado no tan lejano que comparte con otros kirchneristas de nota como el jefe de Gabinete, Sergio Massa; el titular de la ANSeS, Amado Boudou, o el temido patrón de la AFIP, Ricardo Echegaray. Curiosidades de una fuerza que, a decir de su jefe supremo, no tiene nada que ver con los liberales que Mauricio Macri colecciona de a carradas en el PRO.

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