El monstruo del palacio

Los propios diputados oficialistas vislumbran preocupados los tiempos que se les vienen. El desafío opositor de encontrar consensos y no decepcionar a quienes los votaron el 28 de junio pasado.

Por Nelson Castro

"Estábamos todos de acuerdo menos uno", confesaba un diputado del oficialismo afectado por el duro golpe que le asestó la oposición en las últimas horas del jueves pasado. Ese "uno" fue Néstor Kirchner, quien, en su debut como legislador, demostró tener un perfecto desconocimiento de cuáles son las reglas que rigen el funcionamiento de un cuerpo colegiado como es la Cámara de Diputados. Exhibió, además, una fenomenal falta de información acerca de cómo había sido la trastienda de una larga negociación que los principales opositores habían trabajado con paciencia de orfebre a fin de adoptar una conducta compartida que, en sus aspectos esenciales, fue respetada a rajatabla en la sesión de asunción de los nuevos diputados.

Es que la oposición, en su diversidad, tuvo conciencia de que el día jueves debía producir un hecho que restaurara la vigencia del resultado de la elección del 28 de junio, el que venía siendo olímpicamente ignorado por el oficialismo en estos seis meses de interregno; interregno que, a la luz de la experiencia, habrá que evitar en el futuro a fin de salvaguardar el respeto a la voluntad popular libremente expresada en las urnas a través del voto. Impactada por la política de arrasar con todo lo que impuso el oficialismo en ese lapso, azorada por las maniobras de cooptación de legisladores de otros partidos en base a plata y a la oferta de cargos que el ex presidente en funciones desplegó y despliega con total descaro, la oposición finalmente se dio cuenta de que debía prepararse para producir un hecho contundente que pusiera algún freno a ese ejercicio desenfadado del poder. Por lo tanto, desde hace unos quince o veinte días, los principales líderes opositores comenzaron a mantener una serie de reuniones a fin de compatibilizar posiciones y arribar a un acuerdo.

Hubo dos grupos: uno integrado por la UCR, PRO, la Coalición Cívica y el PJ Federal; el otro, por Proyecto Sur, SI, Libres del Sur y otros diputados como Graciela Iturraspe y Miguel Bonasso. Hubo allí de todo un poco. Los primeros, con la excepción de la Coalición Cívica, pretendían ir por todo, es decir la presidencia de la Cámara, una mayoría en proporción 60-40 y la titularidad de las comisiones claves. Los segundos entendían que al Gobierno le correspondía la presidencia de la Cámara –en lo que coincidía la Coalición Cívica– pero aspiraban a una composición de las comisiones representativa del resultado de los comicios de junio pasado. Hubo reuniones entre Oscar Aguad, jefe del bloque de diputados de la UCR, Elisa Carrió y Felipe Solá. Hubo también una reunión del presidente de la Cámara, Eduardo Fellner, con el diputado Claudio Lozano, de Proyecto Sur. Allí no hubo acuerdo y Fellner optó por negociar con parte del primer grupo. Como ahí se encontró con una posición más dura, decidió retomar las conversaciones con Lozano.

En la oposición, a su vez, se arrimaron posturas y finalmente se acordó lo siguiente: la presidencia y la vicepresidencia segunda de la Cámara de Diputados para el Frente para la Victoria; la vicepresidencia primera para el radicalismo y la vicepresidencia tercera para el justicialismo disidente; la presidencia de las comisiones claves para el kirchnerismo pero con una composición en la que el oficialismo tendría la mitad menos uno de los integrantes.

Llegado el momento, el libreto fue seguido al pie de la letra. La primera consecuencia de ello fue que se llegó a un entendimiento con el oficialismo sobre el tema de la composición y la titularidad de las distintas comisiones así como también sobre la presidencia y las tres vicepresidencias de la Cámara.

Se pensó también qué hacer si el kirchnerismo tomaba la determinación de romper el acuerdo. Y eso fue lo que se puso en marcha en la tarde-noche del jueves.

En el oficialismo, todos menos uno comprendieron que el acuerdo al que se había llegado con la oposición era el que, a la luz de la nueva realidad política, imponía la lógica. Pero luego llegó Néstor Kirchner, y con él, la lógica de la ilógica. Su "no", rotundo y despectivo, produjo malestar en muchos miembros de su bloque. Entre ellos estuvo el del presidente de la Cámara, Eduardo Fellner, quien amenazó con renunciar. "Si querés, andá a negociar vos", le enrostró el diputado jujeño al ex presidente en funciones, a quien algún compañero de su bloque se refiere habitualmente a través de un mote ya bien conocido por muchos en los pasillos del Congreso: "el monstruo". Otro que habría expresado su desacuerdo –hecho que él niega pero varios de sus pares confirman– habría sido el jefe del bloque del Frente para la Victoria, Agustín Rossi.

Lo cierto es que se impuso, una vez más, la voluntad de Néstor Kirchner y, por lo tanto, el oficialismo decidió no bajar al recinto.

Ahí fue que la oposición puso en marcha sus acuerdos y produjo un hecho que no se verificaba en la Cámara de Diputados desde hacía seis años: el de dar quórum con la prescindencia del oficialismo. Se suscitó, pues, un momento de gran tensión ya que una vez alcanzado el quórum, y ante la ausencia de las autoridades de la Cámara, que no bajaban por presión de Néstor Kirchner, no se podía iniciar la sesión. Allí fue entonces cuando la diputada justicialista Graciela Camaño les advirtió a los integrantes del bloque oficialista que, según el reglamento, una vez obtenido el quórum, y ante la ausencia de las autoridades de la Cámara, le correspondía iniciar la sesión a ella en su calidad de presidenta de la Comisión de Asuntos Constitucionales. "Tienen quince minutos para bajar al recinto", les dijo a sus ex compañeros de bloque. Unos minutos después, alguien del oficialismo le devolvió el llamado diciéndole que quince minutos era muy poco tiempo. "No, quince no; ahora quedan diez", respondió sin inmutarse la diputada Camaño, cuya aparición en el proscenio que corresponde a la presidencia de la Cámara para dar comienzo a la sesión produjo una escena de alto impacto político. Ya iniciada la sesión, le correspondió presidirla a la diputada Lidia Satragno, "Pinky". Su performance fue impecable, no sólo por el temple y la firmeza con la cual la condujo, sino también por el conocimiento que demostró poseer del reglamento, evidencia clara de la dedicación con la que se preparó para afrontar un momento clave y difícil. Por eso fue que en los cinco días previos trabajó con un grupo de colaboradores a fin de profundizar sus conocimientos de los aspectos reglamentarios del funcionamiento de la Cámara. Hay que tener en cuenta que, de haber cometido algún error de procedimiento, la sesión podría haber sido impugnada. Y eso no ocurrió.

Con esta situación, al oficialismo no le quedó otro remedio que bajar al recinto.

De lo que se vio, se escuchó y se vivió en la sesión, hay varias cosas para señalar. Una es preguntarse quién autorizó la entrada de las barras del kirchnerismo que, a la manera de una verdadera turba, se dedicaron a insultar y descalificar a Elisa Carrió, a Felipe Solá, a Francisco de Narváez y a otros tantos legisladores opositores.

Otra es lo sucedido en el cuarto intermedio, en donde se vio claramente al jefe del bloque del Frente para la Victoria, Agustín Rossi, consultar todo con Néstor Kirchner.

"Todo pudo haber sido tanto más fácil de no haber estado Néstor", se lamentaba un diputado oficialista que reconocía que "la oposición nos pudo haber dado una verdadera paliza y quedarse con todo".

La diputada Camaño fue más lejos cuando dijo que no entendía qué hacía Néstor Kirchner formando parte de la Cámara de Diputados para agregar, sin tapujos, que "está buscando fueros".

Se plantean hacia adelante interrogantes de significación. Hay que dejar algo en claro: hablar de la oposición como entidad estable y consolidada es hablar de una irrealidad. El actual Congreso, con un poder tan repartido, habrá de ser un terreno movedizo en el que las mayorías serán circunstanciales. Néstor Kirchner, conocedor de esto, seguirá apostando a la cooptación a través de plata y cargos. "Toda negociación va ser muy difícil con el monstruo", se escuchó sincerarse a un conspicuo diputado oficialista.

La fortaleza de la oposición será la de tener la capacidad de reconocer su diversidad y obtener acuerdos de mínima sobre unos cinco o seis asuntos claves; al día de hoy esos asuntos sobre los que habría una base de entendimiento son:

* El Consejo de la Magistratura.

* El INDEK.

* La asignación universal a todos los menores.

* La modificación de los porcentajes de distribución entre las provincias de los ingresos obtenidos a través del impuesto al cheque.

Si logra este objetivo de anudar acuerdos en medio de sus disensos, dará muestras de haber comprendido el mensaje de las urnas del 28 de junio pasado. Si no, hará un aporte más a la decepción colectiva. El Gobierno apostará a su división. Hasta el jueves, hay que reconocer que lo había conseguido a repetición. Tal vez por eso Néstor Kirchner, en su arrogancia y obcecación, creyó que todo seguiría igual y que el resultado electoral del 28 de junio sería, al final, una entelequia. Sólo así se puede llegar a entender la torpeza política de haber desconocido los términos de un acuerdo decoroso para transformarlo en una estrepitosa derrota.

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