El modelo es para armar.

Por Néstor O. Scibona.

Según Néstor Kirchner, en las elecciones legislativas del 28 de junio se votará a favor o en contra del "modelo".

Según la oposición, el modelo está agotado. Las referencias cruzadas al modelo sirven para recordar que en los últimos años el PBI creció a un nivel récord de 8,3% anual promedio; y también para destacar que, pese a ese crecimiento récord, la pobreza en la Argentina ronda de nuevo el 30%. Para destacar que en ese lapso hubo 14 aumentos en la jubilación mínima, pero también que los cinco millones que la perciben se encuentran por debajo de la línea de pobreza; incluso de la trazada arbitrariamente por el Indec. Hay quienes discuten si la manipulación de estadísticas oficiales forma parte del modelo, pero de lo que no cabe duda es que ya no sirven para conocer ni el nivel de inflación real ni tampoco el de actividad económica. Según el Indec, la economía no está en recesión, pero sus cifras son inconsistentes con la fuerte desaceleración de la producción industrial y agropecuaria, de la construcción, la inversión, las exportaciones y la recaudación. Con las invocaciones al modelo se explica la creación de tres millones de empleos, pero no que casi el 40% de los trabajadores está en negro. Que la producción agrícola batió récords en los últimos años, pero que la Argentina no podrá exportar trigo en 2009 o quizás hasta deba importar carne en pocos años. Los defensores del modelo resaltan que no ha habido colapso energético pese al fuerte aumento del consumo, pero ocultan cómo se acorta el horizonte de reservas de hidrocarburos, mientras la importación de gas es moneda corriente pese a su alto costo.

La lista de opuestos podría ser interminable. Pero en la medida en que se la amplíe, resulta cada vez más difícil definir qué se entiende por el modelo que unos defienden como la panacea económica y otros consideran como el pasaporte hacia una nueva crisis.

Lo único claro es que, al igual que Menem en los 90, el matrimonio Kirchner se enamoró de los resultados de su política, sin advertir que las cosas cambian y que los errores traen consecuencias. Desde 2008 el mundo es otro y la Argentina también. La economía mundial ya no aporta viento a favor sino en contra. Aquí cambiaron las expectativas desde el conflicto con el campo y se produjo una fenomenal fuga de capitales. Los tres pilares del modelo 2003/2007 (superávit fiscal, superávit externo y dólar alto con crecientes retenciones para el agro y el petróleo) se han venido deteriorando y la reacción del gobierno fue reforzar las recetas que traían problemas (más gasto público, más presión tributaria, más subsidios, más inflación camuflada por el Indec, más intervención en la economía, más discrecionalidad en las decisiones, aislamiento internacional). La frutilla del postre fue la confiscación de los ahorros de la jubilación privada, no para mejorar la situación de los jubilados, sino para tapar baches fiscales y sustituir parcialmente desde el Estado la retracción de la inversión privada. La incertidumbre pasó a ser el común denominador del horizonte económico. Para completar el cuadro, los discursos de campaña sólo incluyen precisiones sobre el pasado y voluntarismo sobre el futuro.

Si se busca un modelo para salir de la recesión y recrear el clima de negocios, habrá que armarlo con políticas en función del nuevo contexto. ¿Se continuará desalentando la producción agroindustrial y energética, ahora que los precios internacionales se recuperan? ¿Cuáles serán los incentivos para la inversión, el consumo o la exportación? ¿Podrá la Argentina atender los compromisos externos de 2010 sin financiamiento externo ni colchón fiscal? ¿Habrá más o menos inflación, presión tributaria o controles estatales? Las respuestas se complican, pues los márgenes de maniobra se han reducido al máximo en materia fiscal, cambiaria, monetaria y salarial y ninguna salida sería eficaz en forma aislada. Mucho menos si el Gobierno continúa manejando la economía como una caja de sorpresas.

Cuando los analistas recurren a simplificaciones para adivinar cuál será la estrategia del kirchnerismo, plantean la opción entre el pragmatismo de Lula o el estatismo de Chávez como definición ideológica. Pero esto revela que la imprevisibilidad del Gobierno hace que no pueda descartarse ni una ni otra. De ahí que aguarden el resultado de las elecciones legislativas para saber si Kirchner reforzará su poder, si deberá compartirlo con los gobernadores del PJ, o bien con el peronismo disidente y la oposición no peronista.

Incógnitas preelectorales

La misma incógnita surge cuando se consulta a los protagonistas. Hay funcionarios que aseguran, en privado, que después de las elecciones el Gobierno producirá un giro para romper su aislamiento externo y bajar la desconfianza que hoy se manifiesta en el mercado cambiario. Esto implicaría abrir negociaciones con el FMI, el Club de París y los holdouts ; normalizar el Indec; establecer una regla fiscal para que el gasto no crezca más que la recaudación; anunciar un programa de recompra de deuda y bajar el nivel de confrontación con sectores productivos.

Pero también se oyen, en los alrededores de Olivos, voces que prometen más controles cambiarios, nacionalización de depósitos, crédito dirigido, estatización del comercio de granos, más uso discrecional de recursos de la Anses y más intervencionismo en empresas privadas.

El problema es que los dos escenarios resultan creíbles. Pero en materia de señales concretas, el kirchnerismo muestra estar más inclinado hacia el segundo. El aval a las nacionalizaciones de Chávez; la designación de directores de la Anses y síndicos de la Sigen en compañías privadas; la prohibición a Edesur para girar utilidades, son mucho más que discursos para obtener votos. Por eso encendieron luces de alarma en el establishment , cuya reacción pública provocó nuevas teorías conspirativas en el kirchnerismo, que cree ver una reedición urbana del conflicto con el campo, aunque esta vez salió a apaciguar las aguas.

En última instancia, el oficialismo apuesta a capitalizar las divisiones en el frente empresario, donde ya comenzaron a verse pases de facturas. No sólo desde el campo hacia la UIA, sino en las internas de varias asociaciones y cadenas productivas, en las que el Gobierno supo sembrar aliados y enemigos al favorecer negocios para algunos y complicárselos a muchos. Es decir, todo lo opuesto a un modelo. A menos que se entienda por tal a una táctica política que seguirá frenando la economía a la espera de que el panorama aclare; justo cuando en el mundo empieza a vislumbrarse que lo peor de la crisis está quedando atrás.

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