El modelo de gestión K, acosado por el tembladeral económico.

Por: Alcadio Oña.

Por donde se la mire, la economía argentina está atravesada por tantas dificultades que requerirían, cuanto menos, una hoja de ruta con políticas y objetivos expresos y un manejo coordinado de las acciones. Nada parecido a lo que se ve. Un lote de funcionarios con poca comunicación entre sí, cuando no distanciados; disociados, limitados a acatar directrices que les vienen de arriba y que las cumplen sin prácticamente ninguna posibilidad de influir o que ya han desistido de cualquier intento.

Es, al fin, el conocido, cerrado modelo de gestión kirchnerista en el que nunca contaron los equipos interconectados. Que sirvió mientras el viento soplaba a favor y ahora, que viene en contra, se manifiesta en toda su simpleza.

No es nada raro, sino todo lo contrario, que durante el día se acuerde alguna acción y que a la noche queda desbaratada en Olivos. Es del mismo sistema la línea de influencias que penetra en la Quinta. A veces basta con que alguien, a quien sí se escucha, diga que tal o cual medida favorece a tal o cual sector, para que el ambiente conspirativo barra con la iniciativa de un ministro: desde luego, hay excepciones.

También es costumbre que desde el poder central se consulte a funcionarios sobre cuestiones que competen a otras áreas, sin que los directamente involucrados se enteren. Y que no se repare en ordenes jerárquicos: aún queda algún secretario que, sólo por disciplina interna, informa a su ministro de la consulta que obviamente ya ha respondido.

Como es notorio, en Olivos se confía más en unos pocos que en muchos otros, sin que valgan cualidades técnicas. O, a la vez, que conociendo para donde corre el poder político haya quienes influyan en ciertas decisiones: sobran los ejemplos en el conflicto con el campo.

Todo es posible en un mundo de teléfonos descompuestos o donde, como mucho, pesan sólo dos. Es posible que haya cinco referentes oficiales en el área de finanzas. El funcionario que ocupa formalmente ese cargo en Economía; otro que, en el mismo ministerio, maneja la relación con el BID y el Banco Mundial; el jefe del Gabinete; el director de la ANSeS y la presidenta del Banco Nación.

Cada cual atiende su juego o el juego que le piden. Pero a esta altura hasta los más ambiciosos saben que orbitan en un firmamento de estrellas fugaces.

Así, también es posible que el ministro de Economía se entere del acuerdo con China, en Medellín, cuando ya había sido anunciado allí mismo. Si era una exclusiva del Banco Central, al menos pudo habérsele dado parte antes; justo a Carlos Fernández, que si algo jamás cometerá es pecado de infidencia.

Más de lo mismo. En la ley que impuso el blanqueo de capitales se omitió considerar que el régimen penal cambiario vigente invalida unas cuantas operaciones, si no todas. Había informes previos de otras áreas que lo advertían, pero por error u omisión quien decidió los pasó por alto. Ahí anda el Gobierno, ahora, a la búsqueda de alguna interpretación de la ley, así sea de dudosa legalidad. El blanqueo ya lleva un mes en la calle.

Fruto de la misma incoordinación, la desprolijidad y el apuro es el resultado de la retahíla de planes pro consumo lanzados por el Gobierno. Y cuesta entender, de paso, la lógica del anunciero permanente, donde valen lo mismo autos que bicicletas, un canje de títulos de la deuda que las heladeras, la coparticipación de las retenciones y los taxis. Eso si, no faltan empresarios invitados ni funcionarios convocados, que están siempre dispuestos a aplaudir.

Tal vez nunca se sepa, pero algún escozor le habrá corrido a la ministra de la Producción enterarse, por la tevé, que había un acuerdo con China. A ella y a los funcionarios que, hace tiempo, imaginan todas las fórmulas posibles para frenar el aluvión de productos chinos.

Con el batifondo en aumento, el Banco Central se apuró a volantear aclaraciones entre los empresarios: simplificadas, dicen que en ese pacto no hay nada atado al intercambio comercial. Habría negado, además, que se piense usar los yuanes en el corto plazo, un modo de aventar sospechas sobre la salud de las reservas.

En el mundo del todo cambia, el Consejo Económico y Social fue a parar al freezer. Aunque se lo hubiese proyectado con pompa y todo, a pesar del texto que habían acordado empresarios, gremialistas y funcionarios. Mucha espuma, al fin inútil: los legisladores que debían tratarlo están en campaña, faltaba la pata del campo y el Gobierno ya había perdido interés.

Con todo ese telón de fondo, la economía ingresó en zona de recesión. El Gobierno echa mano a los depósitos de los organismos públicos en el Banco Nación, para afrontar obligaciones fiscales que no puede cubrir con la recaudación impositiva. Y el ministro de Trabajo hace malabares para frenar los despidos: los ostensibles de los grandes centros urbanos, porque los que existen en el interior son inocultables. La consigna es llegar al 28 de junio como mejor se pueda.

"Es imposible hacer la plancha en un mar para surfistas", admite un funcionario a sabiendas de que se preservará la fuente. No habla de las internas, sino del encrespado mercado cambiario. ¿Qué va pasar con el dólar después del 28 de junio?, es la pregunta del momento y la que todo el tiempo le gatillaron a Martín Redrado en Medellín: "Nada, ningún salto, seguiremos manejándolo igual que ahora", buscó calmar lo que cuesta calmar.

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