Un modelo que hoy no funciona Ernesto Kritz

Las elecciones legislativas de medio término se plantean, desde la perspectiva oficial, como un acto plebiscitario del modelo.
Si bien no hay una definición precisa del modelo, puede decirse que éste postula un sistema de relaciones entre el Estado, la sociedad y el mercado, orientado a la equidad y la inclusión. Los indicadores que probablemente mejor miden su nivel de logro son la incidencia y severidad de la pobreza y la distribución del ingreso.

El punto de partida fue ciertamente muy malo. A mediados de 2003 más de la mitad de la población estaba por debajo de la línea de pobreza y, más grave todavía, una de cada cuatro personas era indigente. La desigualdad, por su parte, trepó a niveles no conocidos antes en la Argentina: la diferencia de ingresos entre el 10 por ciento más rico y el 10 por ciento más pobre llegó a 60 veces.

El crecimiento de la economía, pero sobre todo la creación de empleos (2,5 millones en cuatro años), permitió un significativo descenso de la pobreza y de la desigualdad. Entre el peor momento de la crisis social, en el último trimestre de 2002, y fines de 2006, salieron de la pobreza 8,5 millones de personas, de las cuales cerca de 5,5 millones estaban en la indigencia. La brecha de ingresos entre el 10 por ciento más rico y el 10 por ciento más pobre se redujo a 34 veces.

Pero esta mejora se interrumpió bruscamente en 2007. Es que desde entonces se perdieron dos condiciones indispensables para el descenso de la pobreza: por una parte, se pasó de una inflación baja o moderada a una bastante más alta, en especial en los alimentos básicos; por el otro lado, el mercado de trabajo comenzó a mostrar signos crecientes de debilitamiento.

Este cambio de escenario es anterior a la crisis global: entre fines de 2006 y el tercer trimestre del año pasado, la canasta básica de alimentos, valuada con los precios relevados en forma independiente, aumentó 55 por ciento (vs. 6 por ciento para el Indec); por su lado, la capacidad de generación de empleos (ésta sí, según el Indec) comenzó a disminuir en el último trimestre de 2007 y llegó a ser nula en el tercer trimestre de 2008, antes de la quiebra de Lehmann Brothers.

Los factores subyacentes en el cambio de tendencia de la pobreza son casi enteramente domésticos.

En el año y medio que siguió a la pérdida de la estabilidad de precios y el cambio de tendencia en el mercado de trabajo, volvieron a caer en la pobreza 2,1 millones de personas, es decir, una de cada cuatro que habían emergido de esa situación en los cuatro años previos. La pobreza -medida con la canasta independiente- subió de 26,9 por ciento en el segundo semestre de 2006 a 32,3 por ciento en la primera mitad de 2008; la indigencia aumentó a casi 11 por ciento.

La incidencia de la pobreza es ahora más alta que en cualquier momento de la década del noventa (promedio 25 por ciento), con excepción de la hiperinflación de 1990; la indigencia es el doble.

Si el Indec subestima la pobreza, en el caso de la distribución del ingreso dejó de publicar los datos. La última vez que lo hizo fue hace dos años. La estimación independiente, con la misma base del cálculo de la pobreza, sugiere que, al menos hasta mediados de 2008, la distribución se estabilizó en torno a los valores alcanzados en 2006. Sin embargo, estos valores revelan una desigualdad sensiblemente mayor que la existente hace dos décadas e incluso que en buena parte de la década del noventa.

La brecha de ingresos entre el 10 por ciento más rico y el 10 por ciento más pobre es ahora prácticamente la misma que en el último trimestre de 1998; seis veces más alta que a fines de 1994; 11 veces más que en octubre de 1991, y 12 veces más que en octubre de 1988. Aunque no es poco, la comparación es favorable sólo con la gran crisis de 2001-2002. La Argentina sigue siendo un país tanto o más desigual que hace una generación.

El modelo ha probado ser muy eficaz para reducir rápidamente la pobreza y la desigualdad desde una situación extrema de crisis; pero también ha mostrado, en un plazo no tan prolongado, límites para sostenerse y remover sus causas estructurales.

El camino largo de la inversión en capital humano, de la seguridad social universal y de las políticas de igualdad de oportunidades para subsanar las desigualdades de origen es probablemente el que mejor permita llegar a una sociedad más inclusiva, con bienestar para todos.

El autor es economista, especialista en economía laboral y políticas sociales. Ocupó cargos de dirección técnica y gestión en la OIT.

Comentá la nota