¿De qué modelo estamos hablando?

Los Kirchner buscan asustar a los votantes con un posible retorno a 2001, pero su discurso tiene reminiscencias de Menem 1995. En tanto, el ajuste en la economía sigue vigente. El Estado sigue absorbiendo fondos y dejando al sector privado sin dinero
La política del temor no es una originalidad nacional ni mundial. Pero hay dosis y dosis. La última vez que un gobierno argentino recurrió a ella como principal dispositivo electoral fue en 1995. Aquella vez, Carlos Menem fue reelecto por más de la mitad de los votos y una diferencia de 20 puntos sobre el también peronista José Octavio Bordón.

Eran tiempos en que, en Santa Cruz, los Kirchner compartían boleta con "el mejor presidente de la historia". En 1994, un kirchnerista -el hoy secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli- había sido miembro informante en Diputados de la privatización de los fondos jubilatorios, como años después lo sería de la privatización total de YPF, de la que el gobernador Néstor Kirchner fue el gran fogonero "federal". De ahí provienen los aún misteriosos "fondos de Santa Cruz".

En los primeros meses de 1995, el sonsonete oficial era la calamidad que se abatiría si no se ratificaba la confianza en el tándem Menem-Cavallo. Todo por el "efecto-Tequila", extraño caso de ilusión colectiva en torno de un fenómeno regional que, como tal, no existió. De 33 países para los que la Comisión Económica para América Latina (Cepal) lleva estadísticas, sólo cuatro sufrieron recesión: Argentina y México, más Uruguay (por mera vecindad con nosotros) y Antigua & Barbuda, una pequeña isla del Caribe. Los demás siguieron andando como si nada.

En la Argentina, los signos recesivos databan de mediados de 1994, pero fueron ignorados por obra de la propaganda oficial y del espejismo colectivo del uno-a-uno. El Tequila fue presentado como una calamidad regional. La excusa perfecta. Luego, entre 1995 y 1997, un fuerte repunte de las materias primas alimenticias, en un contexto de abundante liquidez mundial, dio a Menem aire para prolongar la magia convertible hasta agosto de 1998.

Desde entonces, y pese a una parva de crédito (en 1999 la Argentina, por única vez en la historia, encabezó el ranking de receptores de préstamos del Banco Mundial, superando a China y a todas las naciones de África sumadas) y un creciente déficit fiscal, el país no pudo escapar de la recesión.

La fase final de la convertibilidad, una agonía que duró casi cuatro años, es uno de los capítulos de destrucción económica más notables de la historia contemporánea. Desde las alturas de 1998 a las catacumbas de 2002, el PBI por habitante cayó cerca de 30 por ciento, magnitud comparable a las pérdidas de una nación en guerra.

Sucedía que, como recién en 1999 se animaría a decir el entonces candidato presidencial Eduardo Duhalde, el modelo estaba "agotado". Y lo estaba tal vez desde 1994, cuando se completó el cuatrienio de mayor crecimiento argentino del siglo XX. Superior incluso a cualquiera que uno quiera tomar dentro del sexenio 2003-2008. A veces, volar más alto puede sólo significar caer desde más arriba.

De Menem a Kirchner

La excursión previa es para aterrizar en un presente en el que el gobierno y su principal vocero, el ex presidente Néstor Kirchner, insisten en la hipótesis de la explosión y la vuelta a 2001 si no se preserva el "modelo". Es difícil discernir de qué modelo hablan. El ajuste económico iniciado por el kirchnerismo en 2008 es de una regresividad fenomenal.

Incluye, en un repaso no exhaustivo, suba de impuestos y tarifas en plena recesión, licuación de ingresos por inflación, aumento del precio interno de los combustibles justo cuando en el mundo descienden, anuncio de gastos y obras que, si se ejecutan, son arbitrarios y políticos. Todo mientras el Estado chupa las pocas fuentes de liquidez y deja sin aire al resto de la economía.

Ejemplo obsceno de esa duplicidad fue el reciente anuncio del gobierno de que, para combatir plagas como el dengue o la posible pandemia de gripe porcina, ampliará el número de profesionales en el plan Médicos Comunitarios (así lo refirió el jefe de Gabinete, Sergio Massa, aunque ahora se llama "Programa de Salud Familiar"), mientras los médicos ya contratados no cobran desde diciembre de 2008, como denunció un reciente artículo del diario Crítica de la Argentina.

A menos que la economía mundial se dé vuelta como un guante y vuelva a tirar de la Argentina como lo hizo entre 2002 y 2008, el "ajuste" será la marca en el orillo de la política nacional de los próximos años. El adelanto electoral y la arbitrariedad en el manejo de los fondos busca escamotear esa realidad, del mismo modo que las cifras del Indec pintan un país con inflación en baja, salarios en alza y pobreza e indigencia en sostenido descenso.

Dada nuestra historia, la palabra "ajuste" tiene claras connotaciones económicas y, peor aún, regresivas. Pero una acepción más amplia debería incorporar la modernización política e institucional, la búsqueda real de federalismo y cambios estructurales que sólo pueden tener sentido si son progresivos.

El factor Moyano

La Argentina de los últimos años asistió a una inédita concentración de poder y al raro fenómeno de un gobierno que, diciéndose progresista, mantuvo una de las tasas de IVA más altas del mundo y dilapidó subsidios que beneficiaron, fundamentalmente, a sectores de altos ingresos. Una muestra pedagógica de ese discurso esquizofrénico fue la derogación, a fin del año pasado, de la "tablita" de Machinea.

Una medida a favor de los salarios más altos incomprensible por el contexto y el momento en que fue tomada, a menos -claro- que se tenga en cuenta la relación de los Kirchner con el secretario general de la CGT, Hugo Moyano, que la pedía a voz en cuello.

El jueves, en vísperas del Día del Trabajo, Moyano pidió "no confundirse" y votar por el "modelo nacional y popular" de la presidenta Cristina Fernández. Seguramente agradecía el más reciente favor oficial, que ese día cumplía su primer mes de vigencia: la adjudicación directa, a una empresa a él vinculada (Ivetra, presidida por Daniel Llermanos, asesor legal de Moyano) de la inspección de los contenedores que entran por camión a dos terminales del puerto de Buenos Aires. Por esa suerte de "peaje", que comenzó el 1º de abril, Ivetra embolsará entre 7 y 14 millones de dólares anuales.

Moyano es, al menos por ahora, agradecido. Difícilmente lo sean los candidatos peronistas que el 28 de junio se disputarán con Kirchner el liderazgo real del PJ, para luego ver qué hacer con un "modelo" del que sólo quedan jirones.

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