Moccero se encaprichó y desoyó un dramático pedido de diálogo

Una denuncia de Francisco Franco, que significó el procesamiento de 19 empleados municipales, tensó la situación hasta límites insospechados.
Ante la posibilidad de que hubiese reacciones violentas ante la permanente descalificación que algunos funcionarios hacen de los trabajadores, la comisión del Sindicato se reunió con concejales y otros gremios para exigir una urgente reunión con el jefe comunal que pudiese distender la situación. Pero no fue posible.

El jueves fue un día por demás tenso en el conflicto que los trabajadores mantienen con el Departamento Ejecutivo, ya que la criminalización de la protesta y el enjuiciamiento de 19 empleados, convirtiéndolos en ?delincuentes? fue la gota que faltaba para colmar un vaso que hacía días se sabía que podía rebalsar.

La noticia del procesamiento de 19 empleados corrió como un reguero de pólvora y motivó que se concentraran muchos empleados en la puerta del corralón para conocer novedades. El clima era de alta temperatura, no climática sino emocional a medida que se iban conociendo más detalles sobre lo acontecido.

La realidad es que el secretario de Servicios Públicos, Francisco Franco, denunció en la Ayudantía Fiscal a 19 trabajadores, seguramente elegidos según su propio catálogo de simpatías personales, ya que fueron más de 200 los empleados que estuvieron impidiendo la salida de los camiones del Corralón el día que el funcionario radicó la denuncia.

Judicializar la protesta social en lugar de intentar encontrar una solución no es la manera de calmar los ánimos y tampoco contribuye al mantenimiento de la paz social, la que nunca se vio amenazada por los trabajadores en 51 días de paro y que comienza a peligrar a raíz de lo actuado por este funcionario, que lógicamente no hubiese hecho la denuncia si no contase con el visto bueno del Jefe comunal.

Una asamblea durísima

A las 17:30 de ese día jueves tuvo lugar una nueva asamblea en las puertas del Corralón, ya que todos mostraban un alto grado de irritabilidad ante esta nueva provocación derivada de la denuncia judicial, la que se sumaba al corte del diálogo (que de hecho el jefe comunal ya lo había cortado hacía una semana) anunciada el día anterior y la falta de contestación ante una contrapropuesta del Sindicato, que había despertado enorme confianza entre los trabajadores ya que parecía imposible que fuese rechazada por el intendente Moccero.

Fue difícil para la conducción calmar los ánimos más exaltados y canalizar la bronca para evitar desmadres que pudiesen derivar en hechos violentos.

Entre quienes más pretendían endurecer las medidas había muchas mujeres, que se han convertido en soporte y parte fundamental de esta protesta.

Finalmente, luego de un arduo debate muy bien conducido por los representantes sindicales, que denodadamente trabajaron para bajar los decibeles, decidió que a la mañana siguiente sólo se permitiría el ingreso de quienes deben marcar tarjeta en el lugar, quienes deberían retirarse en forma inmediata.

Para evitar que sucediese como el día anterior, cuando los empleados jerarquizados de Parques y Plazas, Daniel Franco y Ernesto Gotte ingresaron y luego pretendieron sacar herramientas del lugar pasándolas hacia la calle sobre un paredón trasero, los trabajadores tuvieron la prevención de decidir que fuesen las mujeres las que formasen un cordón humano para que quienes debiesen marcar tarjeta sólo ingresasen y se retirasen inmediatamente. El temor era que Franco provocase algún tumulto y se pensaba que no se iba a animar a golpear a mujeres. El tiempo indicó que la medida, si bien atenuó las consecuencias, no fue efectiva y algunas mujeres fueron empujadas por el profesor de karate.

Una larga reunión

A las 19:00 la comisión directiva del STM se reunió con concejales y referentes gremiales de la ciudad con la idea de lograr el compromiso de los mismos para solicitarle al intendente Moccero que retomase el diálogo sin resquemores ni condiciones y de esa manera evitar sucesos que podían conmocionar la situación y hacerla entrar en un callejón sin salida.

Una de las asambleas más duras desde que se inició el paro se desarrolló el jueves. La noticia del procesamiento de 19 trabajadores enervó los ánimos y se temieron desbordes que finalmente no se produjeron.

Entre los gremialistas estuvieron presentes Carlos Varela, de Papeleros, Fabián Thomas y Roberto García, de Luz y Fuerza; Ricardo Arrieta, de Uatre (se levantó en medio de la reunión muy ofuscado con los concejales oficialistas y se retiró); Mariela Holzmann, del calzado; Stella Graser, de Afip; Javier Díaz, de Gráficos; Germán Cabello, por los bancarios y Adriana Karp por los auxiliares de la educación.Daniel Muschong, Néstor Osorio y Omar Rabuini fueron los concejales oficialistas que respondieron a la invitación y por la oposición estuvieron Héctor Dalmau, Alejandra Travería y Augusto Berg por el PJ, Guillermo Sol y Carolina Radice de la UCR y la independiente Nancy Augusto.

Rubén Allende fue la voz cantante de los trabajadores y explicó con lujo de detalles la situación, a la que calificó como de alta inestabilidad, con ánimos muy encendidos y espíritus difíciles de contener ante las agresiones y provocaciones que vienen soportando los municipales de parte del jefe comunal y de algunos de sus funcionarios.

El relato alcanzó momentos de alta emoción cuando otros trabajadores sumaron su visión de la situación y si bien reconocieron que no hay intención de crear violencia, los ánimos estaban muy preparados para responder cualquier tipo de agresión. "No somos violentos, pero no somos Gandhi", resaltó Allende, quien dijo que "no vamos a dejar que toquen a ningún compañero o compañera".

Las intervenciones de los concejales opositores fueron subiendo de tono a medida que se observaba cierta resistencia de los concejales oficialistas a mediar en el conflicto y las acusaciones contra el intendente Moccero, los funcionarios Franco, Urizar y Kirchheim y los empleados Gotte y Daniel Franco fueron muy duras. Pero la mayor carga de críticas se dio contra el Jefe comunal, a quien se lo acusó de querer convertirse en el rey y dueño de Coronel Suárez y sus habitantes y en pretender solamente dar rienda suelta a sus caprichos y no asumir su responsabilidad como máximo dirigente del distrito.

Los gremios fueron de a poco comprendiendo la situación y luego de 90 minutos de reunión el clamor hacia los concejales oficialistas era casi unánime: "Hagan algo para parar esta situación ya que si se produce algún incidente ustedes serán tan responsables como el Intendente".

Si bien Muschong dijo no sentirse responsable de nada de lo que lo que pudiese suceder, ya que señaló que sus responsabilidades habían sido cumplidas siempre, se mostró dispuesto a hablar con el jefe comunal para que este se obligase a reunirse con el Sindicato a la mañana siguiente. "Casi mejor sería que nos atendiese ya", dijo Allende, con la aprobación del resto de los asistentes.

El presidente del Concejo Deliberante marchó entonces hacia el domicilio de Moccero, de donde volvió más de media hora después.

Estupor e indignación

A su llegada Muschong informó que el intendente Moccero no tenía inconvenientes en sentarse a hablar con el Sindicato, pero ponía como condición que los trabajadores liberasen la entrada del Corralón Municipal.

Representantes de varios gremios acompañaron a los municipales en su intento de reabrir el diálogo con el jefe comunal ante la posibilidad de que el conflicto estallase. Los concejales de la oposición acompañaron en la noche del jueves/viernes a los trabajadores para impedir que actitudes provocativas hacia ellos pudiesen derivar en situaciones difíciles de controlar.

Como se presumía, la exigencia caprichosa de Moccero derribó toda posibilidad de acuerdo y dio la impresión de que el jefe comunal no había comprendido el dramatismo y el peligro que se cernía sobre la situación.

Los representantes de otros gremios no podían creer lo que había sucedido y trataron por todos los medios de lograr que Muschong intentase torcer esta voluntad del jefe comunal, pero nada se logro.

Se vivió incluso un momento de tensión cuando Augusto Berg le solicitó a Muschong un gesto de dignidad, sentencia que a Muschong le cayó como un insulto y hubo entonces un fuerte intercambio de palabras entre ambos.

Los presentes quedaron casi paralizados ante la noticia y no lograban entender como se posibilitaba una jornada con problemas imprevisibles por un simple capricho. Inclusive Fabián Thomas fue muy claro al dirigirse a Muschong: "doctor, es una ridiculez, ¿qué puede cambiar que la recolección se haga a la tarde, luego del diálogo?" Por supuesto que no hubo respuesta, pero en reiteradas oportunidades Muschong dijo que no compartía ni las decisiones ni la forma de actuar de Moccero. En la palabra quedó clara su idea, en los hechos, a todos le quedaron muchas dudas.

Finalmente ante la imposibilidad de encontrar una solución, Héctor Dalmau adelantó su intención de estar al día siguiente a las 6:00 para servir como garante de que no se planteasen situaciones violentas cuando los trabajadores no adheridos al paro fuesen a fichar, actitud que fue rápidamente acompañada por Berg, Travería, Augusto y Radice.

Sin embargo, se sabía que el peligro no eran esos trabajadores sino algunos funcionarios y los capataces de Parques y Plazas, quienes son acusados por los huelguistas de tener una constante actitud provocativa.

La reunión terminó, pero la sensación fue que se habían desperdiciado casi tres horas y una nueva posibilidad de arribar a un acuerdo.

Dos testimonios angustiantes

Durante la reunión, muy dramática, hubo dos momentos marcadamente angustiantes.

El primero fue cuando un trabajador jubilado, con los ojos llenos de lágrimas y casi sin voz le pidió a Muschong su intervención. "Haga algo doctor, por favor se lo pido", sollozó el hombre y ya casi exhausto sentenció: "Doctor, por favor se lo pido, esto termina con sangre".

El otro testimonio fue de un trabajador en actividad, quien se levantó, pidió permiso para retirarse y dijo: "Yo hablo poco, pero no hablo de gusto y quiero que sepan los concejales oficialistas que no vamos a vender nuestra dignidad y que sólo muertos nos van a sacar".

A Omar Rabuini se lo notó, en esos momentos, conmocionado por los testimonios, mientras Osorio y Muschong permanecían impávidos. Sin embargo, ambos relatos lograron sintetizar el cuadro de situación.

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