Mitologías políticas

Por Beatriz Sarlo

Daniel Scioli y Gabriela Micchetti son parecidos. Tienen un discurso sin ángulos ni relieves y se presentan como dialoguistas. Pero Scioli se identifica con una imagen de gestión dinámica mientras que Michetti ha cedido esos menesteres cansadores a su jefe, Mauricio Macri.

Sin duda, en el calentamiento de motores propio de la campaña, Scioli se atrevió a pronunciar frases insólitas del tipo: "Me van a tener que pegar un tiro para que deje de trabajar"; y Michetti se ha vuelto un poco menos reposada. Los fotógrafos captaron momentos de tensión pública entre ella y Macri, que fueron explicados de modo poco creíble. Y hace unos días, en un programa conducido por María Laura Santillán, Pino Solanas tuvo que pedirle a Michetti que dejara de interrumpirlo, y agregó, de un modo poco gentil al que ella no está habituada, que no discutía sobre el tema de los ferrocarriles, sino que simplemente estaba exponiendo. Observación justísima, ya que Michetti, cuando le llegó su turno, no tenía nada que decir al respecto. Más vale que se vaya acostumbrando a estas y otras formas de la disidencia, si es que va a ser diputada y compartir el recinto con gente proclive, como Kunkel, a insultar a quienes votan en contra de los proyectos del Ejecutivo nacional.

Sobre el tono monocorde de Scioli, aunque ahora se conmueva por los oleajes de campaña, es difícil decir más de lo que se ha dicho. Evadía las preguntas comprometedoras del mismo modo cuando era menemista y cuando era duhaldista; la conversión al "modelo K" no conmovió los cimientos de su optimismo panglossiano. Bajo los proyectiles orgánicos que le arrojaron algunos grupos de enardecidos, Scioli recibió el mensaje de que ponerle el cuerpo al kirchnerismo no siempre le permitirá mantener el buen humor. Poco habituado a los ataques, se le escapó la frase desmesurada que citamos al comienzo. Si se convierte en diputado, ya no podrá desarrollar sus habituales variaciones sobre "gestión" y "gobernar para la gente"; deberá, también, afinar los recursos polémicos. Comprometido a asumir el mandato por el fallo judicial que dio luz verde a su candidatura, el diputado Scioli no podrá responder a las preguntas enumerando una larga lista de pueblos bonaerenses visitados: Alsina, Alberti, Almirante Brown, Arrecifes, Avellaneda, Ayacucho, Azul?, ni proporcionar el kilometraje semanal recorrido.

De todos modos, ubicados en competencia aunque se presenten en distritos diferentes, Daniel Scioli y Gabriela Michetti comparten una cualidad mítica: ambos volvieron de la muerte venciendo una fatalidad cruel. Hoy, raramente la política entusiasma, salvo cuando aparecen hombres o mujeres que posean rasgos precisamente exteriores a ella. Se trata de un decaimiento de la argumentación en beneficio de cualidades personales que, aunque en sí mismas no garanticen nada, son valiosas en términos de vida cotidiana: ¿quién será tan cínico que no simpatice con alguien que ha superado las adversidades del destino?

El kirchnerista Scioli y la macrista Michetti estuvieron en el límite entre la vida y la muerte. Se acercaron a ese territorio sombrío y pudieron regresar. Sufrieron pérdidas y mostraron voluntad y temple para compensarlas. En un mundo de donde se han ausentado las cualidades heroicas de la entrega y la solidaridad que posterga los intereses propios (virtudes que persisten en muchos militantes sociales o religiosos), Michetti y Scioli ofrecen el testimonio de que es posible, por lo menos, superar la adversidad que puede tocarle a alguien en términos completamente personales. A diferencia de quienes nunca pisaron el umbral, ellos saben lo que es haber estado allí y volver con el cuerpo herido de modo irreversible. Ambos pertenecen al tipo privado de héroe de nuestro tiempo.

Claude Lévi-Strauss sostuvo en Antropología estructural , uno de los más famosos libros del siglo XX, que "cada mito es el conjunto de todas sus versiones". El regreso del más allá es una peripecia que atravesaron muchos de los héroes clásicos. Scioli y Michetti, probablemente sin buscarlo o buscándolo de manera secreta incluso para ellos mismos, se han convertido en héroes de un relato menor en una época de relatos menores. Después del desastre, han vuelto a la vida con una fortaleza desconocida por los mortales que nunca nos vimos exigidos a probar nuestro temple ante esas circunstancias excepcionales. La trama de estos "milagros" contemporáneos toma el lugar de los mitos, porque presenta un valor privado e íntimo, hecho a la medida de la época.

Lo que une a Michetti y Scioli en la imaginación es este rasgo que, por un camino con más vueltas, favorece también a Nacha Guevara. Se ha negado con énfasis que ella sea la tercera en las listas de la provincia de Buenos Aires porque representó a Eva Perón en el teatro. Sin duda, no se la convocó simplemente por eso. Pero sería ingenuo negar que su inclusión esté completamente desvinculada de una dimensión simbólica que al kirchnerismo le anda faltando porque la rechazó durante sus primeros años en el poder. Nacha Guevara no es Eva y no hay votante de ninguno de los tres cinturones del Gran Buenos Aires que se confunda al respecto. Pero fue Eva en una comedia musical (adonde llegó porque Scioli puso fondos para producir la obra) y algo ha quedado de ese aura flotando alrededor de ella. No es lo mismo que se hubiera bajado del escenario después de hacer una obra sin argumento político como Qué me van a hablar de amor , en 2003, El graduado , en 2006, o No te prometo amor eterno , en 2007. Las fotos de esos espectáculos no la colocan en la política; mientras que el último musical sobre Eva Perón ofrece ilustraciones retro de la cultura popular peronista.

No se ganan elecciones con fotos de una obra de teatro, pero, como suele decirse, todo suma. Incluso las expediciones por el espiritualismo de la Nacha new age , aunque no sintonicen para nada con la tradición peronista, están perfectamente a tono con la cultura contemporánea, y mucho más todavía si se las ha difundido por la televisión de la media tarde. Esto no alcanza para convertir a alguien en político, pero la imagen de la política está en baja y lo que venga desde afuera resulta, por lo menos al comienzo, más simpático.

Lo que viene de afuera conserva, en los casos mencionados, el peso de narraciones muy típicas, tradicionales y conocidas por todos: Nacha, la que le puso el cuerpo al mito de Eva y volvió a hacerla presente para las capas medias que, cuando Eva vivía, la odiaban con las misma intensidad con que aplaudieron la obra de teatro; Scioli y Michetti que llegan después de ser víctimas de una desgracia casi fatal. En Perón o muerte , Silvia Sigal y Eliseo Verón analizaron un rasgo de los discursos del líder: se presentaba como un hombre que ha superado grandes pruebas y llega de lejos para ofrecer algo que falta y que sólo él puede dar porque, justamente, viene de afuera.

En los primeros años de gobierno, los pingüinos tenían también esa carga mítica. Los avatares de la política actual y su estrategia publicitaria siguen tejiendo las fibras de la antigua historia del héroe llegado de lejos, calificado para cumplir una tarea difícil o difundir un nuevo estilo. Sin embargo, no sería bueno confundir renovación de la política con renovación de su mitología. Una nueva política seguramente producirá nuevas narraciones y personajes que interesen la imaginación; pero ellos no producen, por sí mismos, nueva política.

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